“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 6: El momento que me descolocó
Ese día en el evento en Barranquilla todo estaba bastante movido, mi llave. La gente elegante entrando, la música suave de fondo, los carros llegando uno tras otro y nosotros los de seguridad atentos a todo. Yo llevaba varias horas de turno y estaba cansado, pero firme, como siempre.
En un momento sentí que necesitaba acomodar mi uniforme, porque la camisa se me había desabrochado un poco por el calor y el movimiento del trabajo. Le pedí permiso a un compañero y me fui al baño del personal para arreglarme tranquilo.
Entré, cerré la puerta y respiré un poco. Era un baño sencillo, limpio, con espejo grande y buena iluminación. Me miré al espejo y empecé a arreglarme la camisa despacio, concentrado en verme bien presentado porque uno en el trabajo tiene que mantener la imagen.
Estaba completamente enfocado en eso, cuando de repente escuché la puerta abrirse.
Yo no reaccioné de inmediato porque pensé que era otro trabajador.
Pero cuando levanté la mirada, ahí fue cuando todo se volvió incómodo.
Entró una chica.
Era una mujer joven, muy elegante, vestida como invitada del evento. Su ropa era fina, de esas que uno nota de una vez que no son baratas. Tenía el cabello castaño claro, bien cuidado, suelto pero ordenado, y unos ojos verdes claros que llamaban demasiado la atención. Era de esas personas que uno ve y de inmediato piensa: “esta persona no es común”.
Ella también se detuvo en seco cuando me vio.
Yo me quedé quieto al instante.
En ese momento yo estaba con la camisa medio desabrochada, acomodándome el uniforme, en un espacio privado, y verla ahí de repente me tomó completamente por sorpresa.
Mi reacción fue inmediata.
Me giré un poco y me cubrí rápido, más por respeto y vergüenza que por otra cosa.
Yo no quería que me viera así, porque no era un lugar ni un momento adecuado.
—Señorita… ¿qué hace aquí? —le dije con voz firme pero respetuosa.
Ella abrió los ojos sorprendida, como si apenas estuviera entendiendo la situación.
—Ay… disculpe —respondió rápido—, no sabía que usted estaba aquí.
Su voz sonaba tranquila, pero también nerviosa. Se notaba que no había entrado con mala intención, sino por error.
Dio un pequeño paso hacia atrás, como queriendo salir de inmediato, pero se quedó un segundo más ahí.
En ese segundo, nos miramos.
Fue solo un instante, pero suficiente para que la situación se sintiera más incómoda de lo normal.
Yo, manteniendo la calma, le hablé de nuevo:
—Este es el baño del personal, señorita. El de invitados está al otro lado del pasillo.
Ella asintió rápido.
—Sí… sí, ya entendí. De verdad lo siento, fue un error —dijo bajando un poco la mirada.
Se notaba que estaba avergonzada también.
Hubo un silencio corto.
Yo terminé de acomodarme la camisa más rápido, tratando de volver a la normalidad.
Ella seguía ahí, sin salir todavía.
Y fue en ese momento cuando pasó algo extraño.
Ella me miró otra vez.
No de una forma irrespetuosa, sino como si se hubiera quedado pensando en algo.
Yo me di cuenta de eso, pero no le di mucha importancia en el momento. Uno en ese tipo de trabajos aprende a no mezclar las cosas.
—Ya puede salir tranquila —le dije con calma.
Ella asintió otra vez.
—Sí… gracias.
Pero antes de irse, se quedó un segundo más mirándome, como si quisiera decir algo más y no se atreviera.
Ese segundo se sintió largo.
Yo simplemente la miré con respeto, sin hacer nada raro, esperando a que saliera.
Finalmente, ella salió del baño despacio y cerró la puerta.
Y ahí me quedé yo solo.
Respiré profundo.
Me miré otra vez en el espejo.
“Gregorio, concéntrate en tu trabajo”, me dije en la cabeza.
Porque aunque el momento había sido incómodo, no había pasado nada malo. Solo fue un accidente, un cruce inesperado, nada más.
Me terminé de arreglar el uniforme, me lavé la cara y salí del baño.
Cuando volví a mi puesto, el evento seguía normal. Todo elegante, todo organizado, como si nada hubiera pasado.
Pero lo curioso es que, con el paso de las horas, no podía evitar recordar ese momento.
No porque yo buscara nada, sino porque fue una situación rara, inesperada, de esas que uno no planea ni entiende en el momento.
Después de un rato, la volví a ver.
Ella estaba en el evento, esta vez más tranquila, conversando con otras personas. Se veía completamente normal, como si el momento del baño no hubiera existido.
Yo la vi de lejos, pero seguí en lo mío.
Sin embargo, en un momento nuestras miradas se cruzaron otra vez.
Ella me reconoció de inmediato.
Yo también la reconocí.
Ella hizo un gesto leve con la cabeza, como saludando con respeto.
Yo respondí igual, sin palabras, solo con un pequeño gesto también.
Y ya.
Cada uno siguió en lo suyo.
Yo volví a mi trabajo, porque eso era lo importante. Mi responsabilidad era cuidar el evento, no distraerme.
Pero mientras seguía de pie en la entrada, pensé algo:
la vida a veces pone situaciones extrañas sin aviso… y uno solo tiene que seguir caminando sin complicarse.
Esa noche, cuando terminó el evento, regresé a casa cansado.
Mi mamá estaba despierta esperándome, mi hermana ya dormía.
Yo me senté un momento en silencio, pensando en todo lo que había pasado en el día.
No había sido un día difícil como otros… pero sí un día que me dejó pensando más de la cuenta.
Respiré profundo y me dije a mí mismo:
“Gregorio, sigue firme… no te distraigas del camino.”
Y así terminó otro día en Barranquilla.
Un día normal… con un momento inesperado que, sin saberlo, tal vez iba a marcar algo más adelante.