Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 12
Harold
—Esos señores no quieren contratarnos —la frase cayó como una piedra en el aire y pude ver cómo Lía cambiaba su expresión, volviendo a la misma cara de disgusto que me había esforzado en aliviar hace solo unos minutos.
Lía se tensó, sus labios formaron una delgada línea y, casi temblando, ajustó el bolso en su hombro mientras su voz salía en un susurro, cargado de ansiedad y sorpresa.
—¿Por qué? —preguntó Lía, y pude notar un ligero temblor en su voz mientras ajustaba el bolso sobre su hombro, tratando de aparentar seguridad.
Gaby suspiró, como si hasta pronunciar las palabras le costara trabajo.
—Dijeron que escucharon de la modelo que usted era… fácil. Y una cualquiera… que se acuesta con el primero que se le cruza.
La reacción de Lía fue rápida e intensa. La vi quitarse las gafas con un movimiento tenso y tocándose el puente de la nariz, mientras un brillo de furia oscurecía sus ojos. Sus labios apenas se movieron, pero su voz fue cortante y llena de veneno.
—Maldita perra.
Era la primera vez que escuchaba algo así salir de su boca. Hasta ahora, siempre había visto en ella una calma controlada, una compostura elegante y sutil. Pero en ese momento, no había ninguna contención. Su rabia era palpable, y casi podía sentir cómo su energía emanaba de ella, afilada y peligrosa. La miré, fascinado, asombrado por la intensidad que escondía detrás de su habitual serenidad.
Quise intervenir, ayudarla, protegerla de esos comentarios malintencionados, pero en el fondo sabía que Lía no querría eso. Esta era su batalla, y tenía la mirada de alguien que no pensaba permitir que otros decidieran por ella. Enderezó los hombros, se irguió y caminó con pasos decididos hacia la gran puerta que daba al salón decorado para el evento. Su presencia era imponente, y cuando entró, captó la atención de inmediato. Los cinco hombres en el centro de la sala, dos mayores que reconocí de algún evento social y tres más jóvenes, la miraron al instante. Yo me mantuve a una distancia prudente, sin perder detalle.
Observé cómo avanzaba con esa confianza que siempre la caracterizaba, aunque esta vez había un filo en sus pasos, como si cada movimiento suyo fuese un desafío.
—¿Por qué no nos quieren contratar? —preguntó, su tono firme y controlado, pero sus ojos lanzaban chispas de indignación.
Los hombres se giraron para verla, y todos la miraron detenidamente. Su vestido resaltaba su figura de una manera que parecía obligarlos a fijarse en ella, pero Lía ni siquiera pestañeó. Tenía una presencia que no pasaba desapercibida; su postura, su mirada, la seguridad en cada palabra que pronunciaba… Todo en ella parecía desafiar la autoridad de esos hombres.
—Señora, es mejor que se retire. Ya estamos buscando un suplente —dijo uno de los hombres, con una frialdad que buscaba imponer distancia.
Lía alzó la barbilla y lo miró de frente, sus ojos afilados.
—Mire, usted me tiene que decir por qué me despidió. Si no es algo justificado, podría demandar —su voz fue clara y controlada, pero la amenaza en sus palabras era tan real que hasta yo sentí un escalofrío.
Uno de los hombres jóvenes soltó una risa burlona, mirándola con superioridad.
—Claro, una niña queriendo demandar —dijo, su tono cargado de cinismo—. ¿Usted no sabe quiénes somos?
Sin perder la compostura, Lía inclinó ligeramente la cabeza, dejando que una sonrisa irónica se formara en sus labios antes de responder, con voz más baja y mordaz.
—¿Trump? —su burla fue tan inesperada que el grupo quedó en silencio. Ella se cruzó de brazos de nuevo, completamente segura de sí misma—. Miren, no sé qué les habrá dicho esa… —se detuvo un momento, cerrando los ojos y tomando aire, resistiendo las ganas de decir algo peor—. Esa mujer. Déjenme decirles que es totalmente falso. Primero que todo, estoy casada, y no quiero que piensen mal de mí. No deberían dejarse llevar por una mujer celosa que busca desprestigiarme.
El grupo de hombres intercambió miradas incómodas, y Gaby, su asistente, la miraba con asombro; parecía que todos estaban impresionados, especialmente uno de los hombres más jóvenes, el que antes la había menospreciado.
—¿Usted no era soltera? —preguntó este, con una expresión que me incomodó. La forma en que la miraba me dejaba claro que había una intención en esos ojos que no me gustaba. Sentí una oleada de posesividad, y aunque ella no lo sabía, pronto llevaría nuestro hijo en su vientre, algo que dejaría claro ante todos que ella era mía. Solo mía.
Lía se mantuvo firme, su mirada altiva y llena de desafío.
—Actualmente, ya no. Tampoco debería importarle mi vida privada, porque a mí no me interesa la suya… ¿O no, señor? —se giró hacia uno de los hombres mayores, y su tono tomó un matiz aún más peligroso—. Podría decir muchas cosas de lo que he visto que hacen fuera de sus empresas. A cada uno de ustedes —los señaló uno por uno, sus palabras resonando con una certeza que parecía incomodarles—. El mundo es pequeño, señores. Y a diferencia de ustedes, que creen en un rumor, yo puedo verificar cada cosa que he visto. Les aseguro que a sus esposas no les gustaría nada de lo que han estado haciendo.
La tensión en el aire era casi tangible. Los hombres tragaron en seco, sus rostros tensos y sus miradas bajas, como si el peso de sus propias acciones los estuviera aplastando en ese momento. Yo, en cambio, me sentí invadido por una mezcla de admiración y deseo tan fuertes que me costaba contenerme. Esa mujer era mía, y cada vez me lo demostraba más.
No pude evitar sentir algo muy fuerte, como que esa mujer me puse dur*o, aunque eso quedaba corto. Se veía tan débil y pequeña al lado mío, pero ya entendía por qué había conseguido tanto, tenía la personalidad de una guerrera que nunca daría la espalda, ni siquiera en los peores casos.
—Bien, está nuevamente contratada —dijo uno de los hombres, y noté cómo los cinco intercambiaron miradas rápidas entre ellos, tensos, como si todos entendieran el peso de esa decisión—. Solo trate de evitar hablar de… de eso que mencionó.
Lía asintió con una sonrisa casi burlona y se cruzó de brazos con confianza.
—Claro que sí —respondió, y no pude evitar reír, esa risa que surge sin poder contenerla, de pura admiración. En el acto, todos se giraron para mirarme con sorpresa.
—Lo siento —me disculpé entre risas, aunque la sonrisa en mi rostro era imparable. Lía me miró con un puchero de ligera molestia, y eso me hizo sonreír aún más. Me acerqué a ella con pasos firmes, completamente orgulloso—. Te ves adorable, ¿sabes? —dije en voz baja, aunque lo suficientemente claro para que los demás lo escucharan. Ella negó con la cabeza, medio divertida, medio resignada, pero cuando me detuve a su lado, puse mi mano en su cintura y ella se relajó, dejando que el contacto la envolviera.
Uno de los hombres, el más mayor del grupo, me miró de arriba abajo, en su rostro una expresión mezcla de sorpresa y respeto.
—Señor Veneti, ¿qué hace por aquí? —preguntó con voz tensa. Por fin recordé de dónde lo conocía; solía jugar golf con mi abuelo, y eso de alguna forma me hizo sonreír con aún más ganas. Sabía que esos lazos familiares siempre habían ejercido un poder silencioso sobre ellos.
—Estaba acompañando a mi esposa —respondí, manteniendo una sonrisa amable pero que sabía que parecía burlona, especialmente al dirigir mi mirada hacia el hombre joven que había estado observándola con un interés que me ponía incómodo. Apreté mi agarre en la cintura de Lía, dejando claro, de una manera casi primitiva, que ella era mía.
En el mismo instante, los otros hombres parecieron entrar en razón, y en un tono de apresurada disculpa, dijeron:
—Lo sentimos mucho, señora Veneti —sus palabras salieron casi al unísono, como un esfuerzo colectivo por suavizar el error, pero Lía solo puso los ojos en blanco, no había paciencia en ella para esas disculpas a medias.
—Solo lo hacen porque saben con quién estoy casada —dijo con una sinceridad que cortó el aire—. Esas disculpas no me sirven. Pero al menos, no estoy despedida —su rostro se iluminó un poco, y levantó el pulgar en un gesto victorioso, mirándome como si quisiera un premio.
No pude evitar reírme de nuevo, su actitud me encantaba, y ella lo sabía. Me acerqué un poco más y le di un beso suave en la frente, complacido de poder hacerla sentir segura después de lo que acababa de enfrentar.
—Felicítame con un helado, tengo ganas de helado —dijo de repente, su tono ligero y caprichoso, como si ya hubiera pasado de largo todo el drama que habíamos enfrentado. Su manera de cambiar el humor me encantaba, de verdad.
Sonreí, y sin soltarla, me incliné para darle un beso en la mejilla.
—Vamos —le susurré, contento de que, a pesar de todo, siempre podríamos encontrar la forma de reír juntos.
Salimos de la sala, dejando a aquellos hombres atrás, y sentí en el aire la tensión que habíamos dejado.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.