Valeria Álvarez ha hecho de su vida una fortaleza llena de éxitos.
Arquitecta consagrada, brillante y dueña absoluta de su vida, vive bajo una única norma: nada que la ate, nada que la distraiga, nada que comprometa la libertad que tanto le costó ganar. Sus noches pueden ser intensas, pero siempre breves; su corazón, innegociablemente cerrado.
Hasta que, en una de esas noches sin nombre, un desconocido la hace perder el control que tanto presume dominar.
Un beso que incendia.
Un toque que desarma.
Una decisión impulsiva que no quiere repetir… ni olvidar.
Lo último que espera es verlo entrar a su estudio días después.
Mucho menos descubrir que es su nuevo asistente.
Impuesto. Inamovible.
E hijo de uno de sus inversores más poderosos.
Él es joven, talentoso y peligrosamente seguro de lo que quiere: a ella.
Valeria se aferra a sus límites, a su experiencia, a su distancia.
Pero cada mirada pesa, cada roce la contradice, cada discusión los acerca más de lo que deberían.
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La reconstrucción después de la pasión
El silencio que siguió al estruendo de la pasión fue denso, casi tangible. Valeria permanecía sentada sobre el escritorio de roble, con la respiración aún agitada, mientras los latidos de su corazón intentaban encontrar un ritmo que no fuera el de la urgencia. Tomás seguía frente a ella, con las manos apoyadas a ambos lados de sus caderas, observándola con una intensidad que la hacía sentir más desnuda que la ausencia de su ropa.
—Tenemos que... —Valeria intentó hablar, pero su voz era un hilo ronco, una sombra de la autoridad que solía blandir como un látigo—. Tomás, hay gente afuera.
Él no se movió de inmediato. En cambio, se acercó para depositar un beso suave, casi reverente, en la comisura de sus labios.
—Lo sé. Pero por un segundo, quédate aquí conmigo. No te escondas todavía tras el traje gris.
Valeria cerró los ojos, luchando contra el impulso de volver a perderse en él. Sin embargo, el mundo exterior empezó a filtrarse por las rendijas de su conciencia. El sonido lejano de una aspiradora indicaba que ya no había colegas, pero sí la gente de limpieza. El pánico, ese viejo conocido que había intentado ignorar minutos antes, regresó con una fuerza gélida.
Se deslizó fuera del escritorio, sus pies descalzos tocando la alfombra de diseño. Sus piernas temblaron ligeramente. Con movimientos que carecían de su habitual elegancia mecánica, comenzó a recoger su ropa. La blusa de seda estaba arrugada, un testimonio mudo de la urgencia de Tomás. La chaqueta gris yacía cerca de la puerta, como una bandera de rendición abandonada.
Tomás la observó mientras él mismo se ajustaba la camisa y se abrochaba el cinturón. No había rastro de vergüenza en él, solo una satisfacción tranquila y una atención vigilante hacia ella.
—Déjame ayudarte —dijo, acercándose para recoger la chaqueta.
—No —respondió ella de forma instintiva, aunque luego suavizó el tono—. Necesito hacerlo yo. Necesito... volver a armarme.
Valeria se dirigió al pequeño baño privado que tenía en el despacho. Al encender la luz, el espejo le devolvió una imagen que no reconoció. Sus labios estaban hinchados y ligeramente enrojecidos producto del roce con la incipiente barba de Tomás; su cabello, antes un monumento a la perfección tirante, era ahora una maraña de ondas oscuras. Sus ojos tenían un brillo que ninguna cantidad de café o éxito profesional le había dado jamás. Era el rostro de una mujer que había sido poseída y que, en el proceso, se había encontrado a sí misma.
Se lavó la cara con agua helada, intentando que el frío borrara el rastro del calor. Con dedos temblorosos, volvió a recogerse el cabello, aunque esta vez no logró la misma rigidez que antes; algunos mechones rebeldes se negaban a volver a su sitio. Se puso la blusa, abotonándola con una meticulosidad desesperada, y se colocó la chaqueta, estirando la tela para ocultar las arrugas.
Cuando salió del baño, Tomás había hecho algo asombroso: el despacho había vuelto a parecer un lugar de trabajo. Había recogido los planos del suelo, apilándolos con un orden para nada sospechoso, y había colocado el bolígrafo de plata de Valeria exactamente en el centro de su agenda de cuero. Solo el aroma —ese perfume de deseo, madera y piel— permanecía como un intruso invisible.
—Parece que nada ha pasado —comentó Tomás, apoyado ahora en la puerta, con las manos en los bolsillos.
Valeria se sentó en su silla de piel, tratando de recuperar su postura de "arquitecta perfecta".
—Todo ha pasado, Tomás. Y ese es el problema.
En ese momento, como si el destino quisiera poner a prueba su nueva máscara, alguien llamó a la puerta. Tres golpes secos y familiares.
—¿Valeria? ¿Estás ahí? Soy Marcos. Tengo los presupuestos definitivos del ala norte.
El corazón de Valeria dio un vuelco. Miró a Tomás con ojos de pánico. Él, por el contrario, no se inmutó. Con una calma exasperante, caminó hacia la puerta y, con un movimiento fluido, giró el seguro tan silenciosamente que solo Valeria pudo escucharlo. Luego, se hizo a un lado, dándole espacio a ella para que tomara el control.
—Un momento, Marcos —dijo Valeria, sorprendiéndose de que su voz sonara casi normal, aunque un poco más baja de lo habitual—. Estoy terminando una revisión con Tomás. Danos un minuto.
—Ah, ¿está Tomás ahí? Perfecto, así lo vemos todos —respondió la voz de Samuel tras la madera.
Valeria miró a Tomás. Él le guiñó un ojo, un gesto de complicidad que por poco la hace sonreír en el momento menos oportuno. Ella respiró hondo, ajustó sus solapas por última vez y asintió. Tomás abrió la puerta.
Marcos entró, cargado con una carpeta negra. Se detuvo un segundo, olfateando el aire de manera casi imperceptible. Miró a Valeria, luego a Tomás, y finalmente al escritorio.
—Vaya, parece que han estado trabajando duro —comentó, notando quizás que los planos no estaban en el orden exacto en que Valeria solía tenerlos—. Hay un ambiente... cargado aquí. ¿Falla la ventilación?
—Es el proyecto, Marcos —intervino Tomás, dando un paso al frente con una sonrisa profesional—. Estamos en una fase crítica de la estructura. A veces, las tensiones son difíciles de contener.
Valeria bajó la vista hacia su agenda, sintiendo que sus mejillas ardían. La doble intención de Tomás era peligrosa, pero también excitante. Marcos asintió, ajeno al terremoto que acababa de ocurrir en ese mismo metro cuadrado.
Durante la siguiente media hora, Valeria tuvo que escuchar cifras, materiales y plazos. Su cuerpo todavía vibraba por el contacto de Tomás, y cada vez que él se movía para señalar algo en el plano, ella sentía un escalofrío. La recomposición era física, pero la mental era un proceso mucho más complejo. Había recuperado su traje, su despacho y su posición, pero sabía, mientras observaba la mano de Tomás deslizarse cerca de la suya sobre el papel, que la arquitecta implacable había muerto en el momento en que cerraron esa puerta.