nada es para siempre
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6
Entraron al reservado con pasos firmes, el eco de sus zapatos resonando en el suelo pulido. Con movimientos medidos, se sentaron en la amplia mesa de madera tallada que ocupaba el centro . El ambiente se tornó denso, dominado por el lenguaje corporal y los murmullos en distintos idiomas.
Azul avanzó con paso grácil, rompiendo la tensión del aire pero cargada de profesionalismo.
—Buenos días, caballeros. Seremos sus meseras el día de hoy —anunció con una voz suave y una sonrisa perfecta.
Con movimientos fluidos, Azul dio las cartas a cada uno de los asistentes, asegurándose de mantener la distancia correcta y de proyectar la calidez que el gerente tanto le había encargado. Luego, retrocedió un par de pasos y esperó pacientemente a que todos ordenaran, manteniendo la mirada atenta a cualquier señal de los comensales. Roberta, por su parte, servía el café con una precisión impecable, cuidando que ninguna gota manchara la mantelería de lino. Ambas hacían su trabajo perfectamente; eran una máquina bien aceitada de hospitalidad.
Claro que, mientras cumplían con sus deberes, daban su recorrido visual en la mesa. El despliegue de elegancia era innegable, y como no, si había atractivo visual hasta para llevar. Entre los trajes sastre y las posturas rígidas, los dos jóvenes rusos destacaban de sobremanera.
En un momento en que los empresarios locales comenzaron a discutir los primeros puntos de la agenda , las dos amigas se replegaron discretamente hacia la estación de servicio.
—Ya los viste, Azul... Están guapísimos —susurró Roberta, apenas moviendo los labios mientras fingía acomodar unas servilletas, con los ojos brillando de emoción.
Azul no desvió la mirada de la mesa, pero su mente analítica ya había registrado cada detalle del entorno, especialmente el lenguaje corporal del rubio, quien intentaba mantener una fachada imperturbable a pesar de que sus sienes palpitaban visiblemente bajo la luz de los candiles.
—Sí, ya vi —respondió Azul en el mismo tono bajo—. Oye, ¿traes aspirinas en tu bolso?
Roberta la miró de reojo, extrañada por la petición.
—Sí... ¿Por qué? ¿te duele la cabeza?
—No, a mí no —replicó Azul, con una chispa de determinación en los ojos—. Pero quédate atenta a la mesa. Ahora vengo.
—Ok... —asintió Roberta, retomando su postura de vigilancia.
Azul caminó con paso rápido hacia las puertas batientes de la cocina, esquivando el ajetreo de los cocineros hasta encontrar al encargado de las bebidas detrás de la barra de servicio.
—Oye —llamó Azul al barman, captando su atención de inmediato.
—¿Qué pasó, Azul? ¿Qué necesitas?
—¿Me puedes preparar una de esas cosas que haces para cuando hay resaca? Ya sabes, el remedio especial de la casa —pidió, cruzándose de brazos con un gesto cómplice.
El barman sonrió, entendiendo la situación de inmediato.
—Sí, claro. Deja te lo doy, sale en un minuto.
Mientras el hombre mezclaba los ingredientes, Azul fue al bolso de Roberta, tomó las pastillas que su amiga traía y preparó la bandeja. Con total discreción, Azul le llevó las pastillas y la bebida a ese guapo rubio. No necesitaba ser doctora para saberlo: que una resaca de los mil infiernos traía al rubio al límite e intentaba ocultar con pura fuerza de voluntad.
Cuando el ruso recibió las pastillas y el vaso con la bebida tonificante, se quedó completamente extrañado. Sus ojos azules, usualmente fríos y calculadores en las reuniones, se abrieron con sorpresa. Miró el remedio y luego levantó la vista hacia la mesera, confundido por el atrevimiento y la precisión del gesto.
Azul, acortando toda diplomacia y protocolo del restaurante, se inclinó sutilmente hacia él. Con una cercanía que rompió el espacio personal, le dijo al oído en un susurro apenas audible para los demás:
—Es para su resaca. Tranquilo, lo ayudará a sobrevivir .
Se enderezó de inmediato, le dedicó una última mirada y se retiró con paso elegante hacia la barra, como si nada hubiera pasado.
El rubio se quedó congelado en su asiento, con el vaso en la mano. Y como si fuera una broma del destino, una chispa inesperada se prendió en su interior. Esa interacción tan audaz, el roce de su voz y el aroma sutil de la joven mexicana hicieron que algo dentro de él, algo que creía completamente dormido y apagado, se quemara con una urgencia arrolladora. Miró la bebida, luego la silueta de Azul a la distancia, y por primera vez en meses, su cuerpo reaccionó con un vuelco rotundo que lo dejó sin aliento.