Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡Alguien nos ayudo!
El ruido de los autos, el murmullo incesante de las personas con prisa y los claxon retumbando a lo lejos daba la impresión de que todo giraba con prisa aquella mañana. Las calles estaban vivas, llenas de esa energía frenética que marcaba el inicio de la jornada para todos.
Pero para Sofía, todo aquello era solo ruido sin sentido, porque su mundo, en ese instante, se reducía a los documentos que sostenía entre sus manos. Las hojas temblaban levemente bajo la presión de sus dedos, no por debilidad, sino por la adrenalina de saber que, después de años, tenía en sus manos la prueba que podría liberarla y liberar a su madre del yugo de su padre.
Había luchado en silencio, soportado humillaciones, fingiendo lealtad ante un hombre capaz de todo con tal de mantener el control. Había obedecido sus órdenes para proteger a su madre, incluso sabiendo que eso la acercaba cada vez más a su propia destrucción. Pero ahora… todo podía cambiar.
— Me habías dicho que no podías tener acceso. — Dijo Sofía sin apartar la mirada de los documentos, con la voz más fría que el aire de la mañana.
— Y así era. — Respondió el joven a su lado, este era un experto en informática, que había conocido en la universidad. — Pero, de repente, todos los obstáculos desaparecieron sin razón aparente. Fue como si alguien hubiera eliminado toda la seguridad antes de que yo llegara.
— ¿Qué quieres decir con eso? — Sofía preguntó confundida dejando de lado lo que hacía.
— Mi experiencia me dice que alguien más estuvo involucrado. — Dijo él con seriedad, apoyándose en el escritorio. — No fue un simple fallo del sistema, esto fue intervención humana.
Ella permaneció en silencio, mordiéndose el labio. No quería pensar de más.
— ¿Te refieres a que alguien nos ayudó?
El joven asintió lentamente, pero Sofía no parecía convencida, porque nada de eso tenía sentido. Nadie más a parte de ellos dos sabía lo que estaban haciendo, ni siquiera Fernanda, que apenas entendía de tecnología.
Entonces, sin quererlo, una imagen cruzó fugazmente su mente; Maximiliano. Su nombre resonó dentro de ella como un eco que no quería escuchar, pero lo descartó de inmediato. Él no sabía nada sobre su vida ni sobre el infierno que ella había vivido. Y si lo supiera… probablemente la miraría con lástima, algo que Sofía jamás permitiría.
— Puedes irte. — Dijo finalmente, queriendo poner fin a la conversación.
El joven asintió recogiendo sus cosas y salió sin más del lugar. El silencio que quedó en la oficina era abrumador. Sofía giró lentamente su silla hasta quedar frente al gran ventanal. Desde allí podía ver cómo el sol terminaba de salir detrás de los edificios, tiñendo el cielo de tonos amarillentos.
Apoyó una mano en el cristal y suspiró. Pensó en su madre, en todo lo que había perdido… y, sin querer, también pensó en él. En su mirada firme, en su voz que aún resonaba en su memoria, en la forma en que su corazón; ese que creía muerto se desbocaba cada vez que lo tenía cerca.
El recuerdo de ese beso, la calidez de sus labios aún la percibía sobre los suyos. Y por más que lo intentara, aún no podía comprender lo que había sucedido ese día, aunque al principio se sintió molesta, debía reconocer que ahora solo anhela poder volver a revivir ese momento.
Salió de sus pensamientos al escuchar la puerta abrirse, Fernanda ingresó como un torbellino arrasando todo a su paso; y sin darle tiempo a Sofía colocó la pantalla de su laptop frente a ella.
— Debes ver esto.
De inmediato comenzó a reproducirse la conferencia de prensa de Maximiliano dejando a Sofía un poco confundida.
— ¿Cuándo sucedió esto? — Pregunto aun sin creerlo.
— Fue publicada hace unos minutos. — Fernanda observó a Sofía quien se veía confundida. — ¿No te das cuenta de lo que sucede? Maximiliano hizo esto para limpiar tu nombre. De esa manera ya no quedarás como la mala del cuento. Incluso mostró el informe médico de ambos.
— Eso no cambia nada. — Refuto Sofía cerrando la pantalla de la laptop.
— Definitivamente eres un caso perdido. — Habló Fernanda con molestia.
— Sabes que solo me interesa una cosa. — Respondió Sofía con indiferencia.
Fernanda dejó salir un suspiro pesado. Ya se estaba cansando de la falta de sensatez de su hermana y de que siempre se menosprecia a sí misma. Por lo tanto, tomó sus pertenencias y salió de la oficina sin decir ni una palabra más, dejando a Sofía sin comprender.
Decidida a no pensar en nada más , se enfocó en su trabajo, necesitaba terminar de organizar algunos proyectos de inversión, esa sería la excusa perfecta para no pensar en nada.
Al caer la tarde y terminar finalmente su trabajo, Sofía recogió sus cosas con rapidez. Lo único que deseaba era salir de allí y regresar a casa, porque permanecer más tiempo en la oficina solo significaba darle espacio a sus pensamientos, y últimamente estos parecían empeñados en invadir su mente sin descanso, llenándola de ansiedad.
Con un suspiro cansado, tomó su bolso y caminó hacia la puerta de su oficina. Sin embargo, al abrirla se detuvo de golpe.
Frente a ella estaba la última persona que esperaba ver… o al menos eso era lo que trataba de repetirse a sí misma.
—¿Por qué tanta prisa? — Preguntó Maximiliano con calma, apoyado despreocupadamente en el marco de la puerta mientras la observaba con atención.
Sofía sintió cómo su pulso comenzaba a acelerarse de forma inmediata. Aquella reacción la irritó más que cualquier otra cosa, porque no era posible que su cuerpo respondiera de esa manera simplemente por tenerlo cerca. Bajó la mirada un instante, intentando recuperar la compostura, pero aquel pequeño detalle no pasó desapercibido para él. Y una leve sonrisa apareció en sus labios.
— Vayamos a comer… — Propuso con naturalidad, como si fuera algo habitual entre los dos.
Sofía parpadeó, sacudiéndose el aturdimiento. Cómo era posible que él estuviera actuando de esa manera. Sobre todo por lo que pasó entre los dos la última vez que se vieron.
— Tengo algo importante que hacer. — Respondió con rapidez, intentando mantener la distancia entre ambos.
— Eso puede esperar. — Replicó él con tranquilidad— Pero yo no.
Dio un paso hacia ella, acortando la distancia. Su presencia llenó el pequeño espacio entre ambos, envolviéndola con esa mezcla de seguridad y provocación, pero lo más desconcertante es que ahora era él quien la acorralaba.
— O… — Añadió con una ligera inclinación de la cabeza. — ¿prefieres que nos quedemos en tu oficina?
La pregunta cayó entre ellos como una chispa. Un cosquilleo inesperado recorrió el cuerpo de Sofía, provocando un escalofrío que la sacó de su aturdimiento. Levantó la mirada de inmediato, como si acabara de despertar de un sueño peligroso. Pero lo que vio en la mirada de Maximiliano la dejó sin derecho a negarse.
— N-No… — Se apresuró a responder, carraspeando suavemente. — Está bien. Vamos.
Maximiliano no pudo evitar sonreír con satisfacción mientras se hacía a un lado para dejarla pasar. Había logrado exactamente lo que quería, y Sofía lo sabía.