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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

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Capítulo 01

El aire en el Gran Salón de Drakthar era denso, pesado con el aroma a incienso de las ceremonias fúnebres que acababan de concluir y el hedor más persistente del miedo. Yo, Elowen, la última princesa de una línea que se creía inquebrantable, me mantenía erguida en el centro del vasto espacio, la tela de mi vestido de luto pegándose a mi piel con sudor frío. Mi padre, el Rey Theron, yacía en su tumba recién sellada, y con él, se había enterrado la verdad. O al menos, eso creían los que ahora ocupaban sus sillones de poder.

Apenas un día antes, Drakthar había sido mi hogar, un mosaico de torres de obsidiana y jardines colgantes donde la magia corría como savia por las venas de cada edificio. Ahora, era una jaula, y yo, un pájaro herido a punto de ser expulsado.

Lord Valerius, mi tío y el hermano menor de mi padre, ocupaba el Trono de Sombras. Su silueta, antes delgada y amable, ahora se proyectaba enorme y amenazante, envuelta en las ricas telas del rey, telas que no le pertenecían. Sus ojos, que una vez habían reflejado una sonrisa paternal, estaban ahora duros, como fragmentos de hielo oscuro. A su lado, Lysandra, mi prima y la que yo creía mi mejor amiga, mantenía una expresión pétrea, sus ojos evadiendo los míos con una culpa que apenas lograba disimular bajo una máscara de fría lealtad.

—Princesa Elowen —la voz de Valerius era un trueno en el silencio, resonando en el vasto salón con una autoridad recién adquirida y, a mi juicio, usurpada—. Tras la lamentable y súbita partida de mi hermano, el Rey Theron, y en vista de las... *circunstancias* que rodean su muerte, el Consejo ha tomado una decisión.

Mi corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra en mi pecho. Sabía que venía. Lo había presentido desde el momento en que encontraron a mi padre en su estudio, una daga de obsidiana clavada en el corazón, y Valerius fue el primero en "descubrir" el cuerpo. El aroma a traición había impregnado las cortinas del palacio desde entonces.

—Mi padre fue asesinado —mi voz, a pesar del nudo en mi garganta, salió firme, resonando con el dolor punzante de la injusticia—. ¡Y tú lo sabes!

Un murmullo de desaprobación recorrió las filas de nobles y cortesanos que observaban desde la distancia, sus rostros una mezcla de miedo y morbosidad. La mayoría había servido a mi padre durante décadas, pero el miedo a Valerius era palpable.

Valerius sonrió, un gesto cruel que no llegaba a sus ojos.

—Una acusación grave, sobrina. Demasiado grave para una joven que parece haber perdido el control de sus facultades. El Consejo, en su sabiduría, ha dictaminado que la causa de muerte del Rey fue un trágico accidente, un lamentable incidente que... no involucra a nadie más que al destino.

Mis manos, ocultas en los pliegues de mi vestido, se cerraron en puños. Mentira. Pura y descarada mentira. Mi padre era un maestro en el uso de la magia de las sombras, un guerrero formidable, no se "accidentaba" con una daga en el corazón en su estudio cerrado.

—En cuanto a ti, Elowen —continuó Valerius, apoyando sus codos en los reposabrazos del trono, como si cada gesto buscara grabar en piedra su nueva posición—. Dada tu juventud, tu... *historial* con ciertos experimentos mágicos que exceden lo permitido, y la necesidad de estabilidad para Drakthar, el Consejo ha votado por tu exilio. Inmediato y sin retorno.

Mis ojos volaron hacia Lysandra, esperando una chispa de apoyo, una señal de nuestra amistad. Pero su mirada seguía fija en el suelo, sus labios apretados en una línea fina. Era una herida más profunda que cualquier daga.

—¿Exilio? —apenas pude pronunciar la palabra, mi voz rota—. ¿De mi propio hogar? ¿De mi reino? ¡Soy la heredera legítima!

Valerius se rio, un sonido áspero que hizo eco en el salón.

—Heredera de un linaje que ahora carece de... dirección. La magia oscura que corre por tu sangre, Elowen, siempre ha sido una preocupación. Tu padre la mantenía a raya. Tú... pareces abrazarla. Y un reino necesita un líder estable, no uno que coquetea con la oscuridad.

Era la excusa perfecta, la falacia que habían estado tejiendo en susurros durante años. Mi "magia inestable". Era cierto que mi conexión con las sombras era más profunda que la de otros usuarios de magia de Drakthar, pero mi padre siempre me había enseñado a controlarla, a verla como una extensión de la vida, no como una fuerza destructiva. La verdad era que Valerius siempre la había temido.

—No tienes derecho —murmuré, mi voz temblaba ahora con una furia apenas contenida.

—Tengo el derecho de un rey —declaró Valerius, poniéndose de pie y extendiendo una mano hacia mí—. Y mi primer decreto como tal es expulsarte. Tus posesiones te serán enviadas, las que consideremos adecuadas. Ni un paso más en las tierras de Drakthar. Si regresas, serás declarada traidora y ejecutada.

La humillación me quemaba la piel. Me sentía pequeña, insignificante, despojada de todo. Mi padre muerto, mi reino robado, mi mejor amiga... cómplice. El dolor era tan intenso que por un momento sentí que mis rodillas flaqueaban. Pero entonces, algo se encendió dentro de mí. Una chispa fría y oscura que se negaba a ser extinguida.

Levanté la barbilla, mis ojos, que normalmente eran de un azul profundo, ahora parecían absorber la luz de la sala, tornándose casi negros. Miré directamente a Valerius, y luego a Lysandra, cuya cabeza se inclinó aún más bajo mi mirada.

—Puedes tomar mi trono, tío —dije, cada palabra cargada con el peso de una promesa—. Puedes robar mi herencia. Puedes expulsarme de mis tierras. Pero no puedes matar mi nombre. Y un día, Valerius, te arrepentirás de este día. Te juro por la sangre de mi padre que volveré. Y cuando lo haga, no habrá suficiente luz en Drakthar para ocultar las sombras que traeré conmigo.

La amenaza flotó en el aire, un escalofrío que no provino de la brisa. Por un instante, vi un destello de miedo en los ojos de Valerius.

Dos guardias, con armaduras de obsidiana relucientes, se acercaron a mí. No me tocaron, no necesitaron hacerlo. La indignidad de la situación era suficiente para que mis pies se movieran por sí solos. Caminé hacia la gran puerta principal del palacio, mi paso firme a pesar del caos que sentía en mi interior. Nadie se atrevió a mirarme a los ojos. Nadie pronunció una palabra de despedida.

Cuando crucé el umbral, el sol de la tarde golpeó mi rostro, cegándome por un momento. La plaza central, normalmente bulliciosa, estaba desierta, salvo por unos pocos curiosos que se asomaban desde los callejones, sus rostros anónimos, susurros de lástima o alivio acompañándome. Más allá de la plaza, el camino se extendía hacia el Bosque Prohibido, una densa masa de árboles que se alzaba como una barrera impenetrable en el horizonte, un lugar del que los niños de Drakthar aprendían a temer desde la cuna.

Mis "pertenencias" estaban allí: un pequeño caballo tordo y una bolsa de lona raída con lo esencial. Nada que me recordara mi vida anterior, ningún objeto de valor sentimental. Ni siquiera una carta de despedida de Lysandra.

Subí al caballo con una sensación de vacío que dolía más que cualquier herida física. Miré hacia atrás, hacia las torres de obsidiana que se alzaban majestuosas, hacia las ventanas del palacio donde mi vida había sido destrozada. Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla, pero la sequé con rabia. No más lágrimas. Solo fuego.

Al adentrarme en el camino que conducía fuera de la ciudad, un viento frío sopló, levantando polvo y hojas secas. No llevaba armadura, solo la determinación de una mujer que había perdido todo, pero había ganado una causa.

Mi nombre era Elowen, princesa despojada, y mi exilio no era el final, sino el amargo comienzo de mi venganza. Drakthar lo lamentaría.

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