Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 5
Capítulo 5: La cena
Mi padre, Álvaro Collins, está sentado con la espalda recta, revisando algo en su teléfono mientras sostiene un tenedor en la otra mano.
Incluso cuando está en casa parece un médico trabajando.
Mi madre, Lilian, está de pie junto a la mesa sirviendo comida.
Su barriga empieza a notarse un poco más ahora.
No es grande todavía, pero suficiente para recordar constantemente que pronto habrá otro bebé en esta casa.
Otra persona más en medio de todo esto.
—Llegaste —dice mi padre sin levantar la mirada del teléfono.
—Sí.
Me siento frente a él.
Mi madre deja el plato frente a mí.
Pollo.
Arroz.
Verduras.
Exactamente lo mismo que comemos casi todas las noches.
—¿Fuiste a dejar el pastel? —pregunta ella.
—Sí.
—¿Y?
Tardo un segundo en responder.
—La señora Gallagher abrió la puerta.
Mi madre levanta apenas una ceja.
—¿Sigue viviendo ahí?
—Sí.
Mi padre levanta la mirada por primera vez.
—¿Gallagher? —pregunta.
—Elena Gallagher —dice mi madre con una calma demasiado estudiada—. Trabajó en el hospital hace años.
Mi padre parece recordarlo.
—Ah.
Hay un pequeño silencio.
Yo tomo un poco de agua.
—Es enfermera —añado.
Mi madre hace un pequeño gesto con la mano, como si ese detalle no fuera importante.
—Sí.
El tono en que lo dice suena… extraño.
No exactamente desagradable.
Pero tampoco amable.
—Parecía simpática —digo.
Mi madre suelta una pequeña risa sin humor.
—Sí, bueno.
Ese "bueno" tiene muchas cosas escondidas.
—¿Y su familia? —pregunta mi padre.
—Su hijo estaba ahí.
Mi madre levanta la mirada hacia mí.
—¿Hijo?
—Ryan.
Mi padre asiente lentamente.
—Creo que lo vi esta mañana cuando salía al hospital.
Mi madre se sienta finalmente.
—Es universitario, si no recuerdo mal.
—Sí —digo.
No sé cómo lo sé.
Pero Chelsy lo mencionó en el colegio.
—Debe tener unos veinte o veintiún años.
Mi madre toma un sorbo de agua.
—Bueno… al menos parece que le fue mejor que a su madre.
El comentario cae en la mesa como algo pesado.
Mi padre frunce un poco el ceño.
—Lilian.
Ella se encoge de hombros.
—¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad.
Silencio.
Yo miro mi plato.
—Elena siempre fue… amable —dice mi padre después de un momento.
Mi madre lo mira.
Y hay algo en su expresión que no logro descifrar.
Algo tenso.
—Amable no te hace un buen médico —responde ella.
—Nunca intentó ser médica —dice mi padre.
—Exactamente.
Otra vez ese tono.
Esa forma de decir las cosas como si hubiera una escala invisible donde algunas personas simplemente no pertenecen.
Yo clavo el tenedor en el arroz.
—La casa se veía bonita —digo.
Mi madre me mira.
—Seguro todavía están acomodándose.
Luego añade, con una sonrisa pequeña:
—Las mudanzas son difíciles cuando no tienes muchos recursos.
Mi padre deja el tenedor en el plato.
—Lilian.
Ella lo mira.
—¿Qué?
—No es necesario.
Por un segundo el silencio vuelve a llenarlo todo.
Ese tipo de silencio que en esta casa siempre significa una cosa.
Una discusión que todavía no empieza.
Yo bajo la mirada hacia mi plato.
Porque cuando mis padres empiezan…
Es mejor no estar en medio.
Pero mientras mastico distraídamente, algo vuelve a aparecer en mi mente.
El pasillo.
La luz cálida de la casa.
Ryan apoyado en la puerta sosteniendo la caja del pastel.
"Mucho gusto, Mireya."
Sacudo un poco la cabeza.
Es ridículo pensar en eso.
Solo es el vecino nuevo.
Nada más.
---
La discusión empieza más tarde.
Mucho más tarde.
Estoy en mi cuarto intentando hacer tarea, aunque en realidad llevo quince minutos mirando la misma página sin leer una sola palabra.
La casa está demasiado silenciosa.
Eso nunca dura.
Y entonces sucede.
Primero escucho la voz de mi madre.
No está gritando todavía.
Pero su tono es cortante.
—No empieces otra vez, Álvaro.
Mi estómago se aprieta.
Dejo el lápiz sobre el escritorio.
Luego la voz de mi padre responde desde el pasillo.
Más baja.
Más controlada.
—No estoy empezando nada.
—Entonces deja de mirarme así.
Silencio.
Ese tipo de silencio que dura apenas unos segundos antes de romperse.
Me levanto lentamente de la silla.
No quiero escuchar.
Pero mis pies igual caminan hacia la puerta.
La abro apenas.
Las voces vienen del comedor.
—Sabes exactamente a qué me refiero —dice mi padre.
—No, no lo sé —responde mi madre—. ¿Por qué no me iluminas?
Su tono es venenoso.
Mi padre suspira con frustración.
—Lilian…
—No empieces con ese tono condescendiente.
—¿Condescendiente? —la voz de mi padre sube un poco—. Lilian, llevamos meses así.
Meses.
No semanas.
Meses.
—Tal vez porque tú no sabes cuándo dejar las cosas en paz.
—¿Dejarlo en paz?
La silla del comedor se mueve bruscamente.
—¡Estás teniendo un hijo conmigo y ni siquiera puedo preguntarte dónde estabas anoche!
Mi corazón late más rápido.
No sabía que estaban hablando de eso.
Mi madre se ríe.
Pero no es una risa feliz.
Es fría.
—¿Ahora también vas a controlarme?
—No te estoy controlando.
—Claro que sí.
—Solo quiero la verdad.
Silencio.
Un silencio más pesado que los anteriores.
Luego mi madre dice algo más bajo.
Pero lo escucho igual.
—Tal vez no te gustaría la verdad.
Mi respiración se detiene.
Mi padre no responde de inmediato.
Cuando lo hace, su voz suena… cansada.
No enojada.
Cansada.
—Ya lo sé, Lilian.
Silencio otra vez.
Un silencio largo.
Confuso.
Mi madre habla primero.
—¿Sabes qué?
—Sí.
La respuesta de mi padre es inmediata.
Demasiado inmediata.
Y entonces entiendo algo que no estaba lista para entender.
Él sabe.
Siempre lo supo.
Mis manos empiezan a temblar.
—Entonces ¿por qué seguimos con esto? —pregunta mi madre.
—Por el bebé.
La respuesta llega tan rápido que duele escucharla.
Silencio.
Uno muy largo.
Yo cierro la puerta de mi cuarto lentamente.
No quiero escuchar más.
No debería haber escuchado nada de eso.
Me siento en la cama.
Mis padres van a tener un bebé.
Pero ni siquiera sé si quieren seguir casados.
Respiro profundo.
El cuarto se siente pequeño de repente.
Necesito aire.
Camino hacia la ventana.
La abro un poco.
El aire de la noche entra lentamente.
La calle está tranquila.
Las luces de las casas iluminan los jardines.
Y entonces escucho algo.
Un sonido suave.
Al principio pienso que viene de la calle.
Pero no.
Viene de la casa de al lado.
Una guitarra.
Las notas son lentas.
Tranquilas.
No reconozco la canción.
Pero suena… bonita.
Levanto la mirada hacia la ventana del segundo piso de la casa vecina.
La luz está encendida.
Y ahí está.
Ryan.
Sentado en una silla junto a la ventana.
Tiene la guitarra apoyada contra su pierna mientras toca con calma, mirando hacia abajo como si estuviera concentrado en cada nota.
No parece saber que alguien podría estar mirándolo desde la casa de al lado.
La música llena el silencio de la noche.
Y por un momento…
Por un momento muy pequeño…
El ruido de la discusión de mis padres desaparece de mi cabeza.
Solo queda la guitarra.
Ryan sigue tocando, completamente concentrado.
Me quedo apoyada en el marco de la ventana escuchando.
No sé cuánto tiempo pasa.
Tal vez unos minutos.
Tal vez más.
En algún momento él deja de tocar.
Levanta la cabeza un segundo y mira hacia la calle.
Por reflejo me agacho un poco detrás de la cortina.
Ridículo.
Probablemente ni siquiera puede verme desde ahí.
Cuando vuelvo a mirar, la luz de su cuarto se apaga.
La ventana queda oscura.
Y la noche vuelve a estar en silencio.
Cierro mi ventana lentamente.
Pero mientras me acuesto en la cama, todavía puedo escuchar esas notas en mi cabeza.
Es extraño.
Entre todos los gritos de esta casa…
La música del vecino fue lo único que sonó tranquilo hoy.
---
Pov: Ryan
La guitarra deja de vibrar entre mis manos.
La última nota se pierde lentamente en el cuarto.
Suspiro.
A veces tocar me ayuda a pensar.
O a no pensar.
Dejo la guitarra apoyada contra la pared y paso una mano por mi cabello.
Entonces recuerdo algo importante.
El pastel.
Bajo las escaleras hacia la cocina.
La caja sigue sobre la mesa.
La abro.
Chocolate.
Perfecto.
—Ryan.
Levanto la mirada.
Mi madre está apoyada contra el marco de la puerta de la cocina, cruzada de brazos.
—¿Qué?
—Ese pastel no es solo para ti.
—Nunca dijiste eso.
Ella sonríe un poco.
—Lo estoy diciendo ahora.
Ignoro ese detalle y corto una porción bastante generosa.
—La vecina fue amable —dice mi madre mientras me observa.
—¿Cuál vecina?
—La chica que lo trajo.
—Ah.
La chica.
Mireya.
No parece el tipo de persona que iría tocando puertas con pasteles por voluntad propia.
Probablemente fue idea de su madre.
—Parecía educada —continúa mi madre.
Me encojo de hombros mientras pruebo el pastel.
Está muy bueno.
—Sí.
—También parecía un poco nerviosa.
—Bueno… estaba en casa de extraños.
Mi madre se sienta frente a mí.
—No creo que fuera solo eso.
Levanto una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Es observadora.
—¿Observadora?
—Sí.
Toma un sorbo de su té.
—Miraba todo.
—Eso es lo que hace la gente cuando entra a una casa nueva.
—No exactamente así.
No entiendo muy bien a dónde quiere llegar con esto.
—Mamá, solo trajo un pastel.
Ella sonríe otra vez.
—Me cayó bien.
Eso sí me sorprende un poco.
—Pensé que no te agradaba la familia.
Mi madre suspira.
—Tu madre… —dice corrigiéndose— su madre.
—La doctora Collins.
—Sí.
Su tono cambia un poco.
—Siempre fue… complicada.
—¿Complicada?
—Digamos que algunas personas creen que el hospital es una especie de competencia eterna.
—¿Y tú?
Ella se encoge de hombros.
—Yo solo soy enfermera.
Lo dice con naturalidad.
Como si no le molestara.
Pero sé que durante años trabajó turnos imposibles.
Que siempre volvió cansada a casa.
Que aun así nunca dejó de ayudar a la gente.
—Para mí eso ya es suficiente —digo.
Ella sonríe con orgullo.
Antes de que pueda decir algo más, escuchamos la puerta principal abrirse.
Mi madre mira el reloj.
—Debe ser Ashlie.
Justo entonces aparece en el pasillo.
Ashlie entra a la casa quitándose la chaqueta.
Tiene el cabello rubio recogido en una cola alta y expresión cansada.
—Hola.
—Hola —dice mi madre.
—Hola —digo yo.
Ashlie deja su bolso sobre la silla.
—Hoy el trabajo estuvo horrible.
—¿Turno largo? —pregunta mi madre.
—Larguísimo.
Entonces Ashlie ve la caja del pastel sobre la mesa.
—¿Eso es pastel?
—Sí —respondo—. Vecinos nuevos.
—Vecina nueva —corrige mi madre.
Ashlie levanta una ceja.
—¿Vecina?
—La hija de la doctora Collins.
Ashlie parece pensar un momento.
—¿Los que viven al lado?
—Sí.
—La chica trajo esto —dice mi madre.
Ashlie mira el pastel.
Luego a mí.
—¿Y ya te comiste la mitad?
—No es la mitad.
—Ryan…
—Tal vez un poco.
Ashlie se ríe suavemente y se acerca para cortar un pedazo.
—Entonces la vecina ya empezó bien —dice.
Mi madre asiente.
—Se llama Mireya.
Ashlie prueba el pastel.
—Bueno, Mireya sabe elegir buenos pasteles.
Yo me apoyo contra la mesa mientras mastico otro bocado.
—Probablemente no lo hizo ella.
—Igual lo trajo —dice mi madre.
Ashlie se encoge de hombros.
—Deberíamos invitarla algún día.
—Eso sería amable —dice mi madre.
Levanto una ceja.
—Ni siquiera la conocemos.
Ashlie sonríe.
—Entonces será una buena forma de conocerla.
Mi madre parece aprobar la idea.
Pero yo solo miro el resto del pastel en la caja.
Y por alguna razón recuerdo algo.
La chica en la puerta.
El momento en que dijo su nombre.
Mireya.
No parecía el tipo de persona que disfruta tocar puertas con cajas de pastel.
Pero había algo en su forma de mirar.
Como si estuviera acostumbrada a observar antes de hablar.
Sacudo un poco la cabeza.
Probablemente estoy pensando demasiado.
Solo es la vecina.
Nada más.