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Operación: Corazón Blindado

Operación: Corazón Blindado

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.

Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.

Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

ADVERTENCIA -

La Casa Blanca se ve distinta cuando llegas sin mi padre.

Más grande.

Más fría.

Más silenciosa.

El vehículo se detiene en la entrada privada y, por primera vez desde que tengo memoria, no lo veo esperándome con esa media sonrisa cansada que intenta disimular ante las cámaras.

Canadá lo tiene ocupado.

“Cumbre de Seguridad Energética del Atlántico Norte”, así la llamaron. En realidad, es una negociación tensa con el primer ministro canadiense sobre nuevas rutas de exportación de gas natural y cooperación militar en el Ártico. Rusia ha estado moviendo piezas incómodas en esa zona, y papá no piensa quedarse atrás.

Entro mientras el teléfono vibra en mi mano.

—¿Llegaste? —su voz suena ligeramente distorsionada por la conexión internacional.

—Estoy cruzando el vestíbulo ahora mismo —respondo, mirando alrededor. El eco de mis pasos resuena más de lo normal—. La casa está demasiado callada.

—Eso es porque yo no estoy dando órdenes cada cinco minutos.

—Te sorprendería cuánto ruido hace tu sola presencia.

Se ríe bajo.

—¿Cómo estuvo el fin de semana?

Paso junto a un agente en la entrada.

—Bienvenida de vuelta, señorita Whitmore.

—Gracias, Mark.

Sigo caminando por el pasillo mientras respondo:

—Fue perfecto. Bailamos. Reímos. Nadie dijo mi apellido.

—Eso me alegra.

—¿Y tú? ¿Ya convenciste a medio Canadá de que somos sus mejores aliados?

Suspira.

—El primer ministro está dispuesto a firmar el acuerdo energético, pero quiere más apoyo en defensa ártica. Quiere despliegue conjunto.

—¿Y se lo darás?

—Estoy evaluándolo. El Congreso no va a estar encantado.

Doblo hacia la escalera privada.

—Si fortaleces la cláusula de supervisión bilateral, puedes presentarlo como cooperación estratégica, no como concesión.

Silencio breve.

—Meghan.

—¿Qué?

—A veces olvido que eres mi hija y no mi asesora principal.

Sonrío.

—Soy ambas. Mala suerte para ti.

—Te extraño.

Me detengo un segundo antes de subir.

—Yo también.

—Descansa esta noche. Mañana tienes esa reunión con el Comité de Transparencia, ¿no?

—Sí. Tengo que revisar unos documentos antes de dormir.

—No trabajes hasta las tres de la mañana.

—No prometo nada.

—Meghan.

—Está bien. Intentaré dormir.

—Te quiero.

—Te quiero más.

Cuelgo.

El silencio vuelve.

En mi habitación dejo la maleta abierta sobre la cama. Me quito los tacones, el blazer, el peso invisible del fin de semana perfecto.

Me miro al espejo mientras me desmaquillo.

Aquí vuelvo a ser la hija del presidente.

Me cambio por algo cómodo, una camiseta amplia y pantalones suaves. El contraste entre Brooklyn y esta residencia histórica es casi absurdo.

Tomo el teléfono y marco a Sienna.

—¿Ya estás en el palacio? —responde sin saludar.

—Sí. Demasiado mármol para mi gusto.

—¿Sigues oliendo a libertad?

—Un poco.

—¿Te arrepientes de volver?

Me dejo caer sobre la cama.

—No. Pero aquí todo pesa distinto.

—¿Tu papá ya regresó?

—No. Sigue negociando medio hemisferio.

—Tu familia es dramáticamente importante.

—Gracias por recordármelo.

Sienna ríe.

—¿Qué haces ahora?

—Tengo que revisar unos informes para mañana.

—¿En domingo por la noche?

—El poder no descansa.

—Meghan, algún día deberías enamorarte de alguien que te obligue a descansar.

—Eso suena inconveniente.

—Eso suena humano.

Me quedo en silencio un segundo.

—Oye —dice ella más seria—. Prométeme que estás segura ahí.

—Sienna…

—Prométemelo.

Miro la puerta cerrada de mi habitación.

—Lo estoy.

No sé por qué decirlo me deja una ligera inquietud en el pecho.

—Llámame si necesitas escapar otra vez —añade.

—Siempre.

Cuelgo.

Recuerdo entonces que dejé mi computador en el despacho pequeño que uso en el ala residencial. Necesito revisar un borrador sobre la Ley de Transparencia Financiera Internacional que presentaré mañana. Hay una cláusula delicada sobre auditorías extranjeras que puede generar oposición.

Salgo al pasillo.

Demasiado silencioso.

Las luces están encendidas, pero no escucho pasos de ronda inmediatos.

Extraño.

Camino hacia el despacho.

Mi mente está en el documento, en la redacción exacta que usaré para convencer al comité.

No escucho el paso detrás de mí.

Hasta que una mano cubre mi boca.

El mundo se reduce a oscuridad y presión.

Intento gritar, pero el sonido se ahoga contra la palma áspera que me inmoviliza.

—No grites —susurra una voz masculina cerca de mi oído.

El miedo no es elegante.

No es racional.

Es brutal.

Mi corazón golpea tan fuerte que siento que me va a traicionar.

Intento clavarle el tacón en el pie, pero estoy descalza.

Idiota.

Muerdo.

Con fuerza.

Él maldice y afloja apenas el agarre.

Eso es suficiente.

Le golpeo el codo hacia atrás, girándome con torpeza. No es entrenamiento formal, es instinto puro.

Lo veo apenas: ropa oscura, rostro parcialmente cubierto.

—Dile a tu padre que se ande con mucho cuidado, princesita —dice con voz baja—. Esto es una advertencia.

El acuerdo.

Canadá.

Mi estómago se hunde.

Lo empujo con toda la fuerza que tengo y corro.

Corro sin dignidad, sin estrategia, solo con supervivencia.

—¡Seguridad! —intento gritar mientras bajo el pasillo.

Un disparo rompe el aire.

El sonido es ensordecedor en el espacio cerrado.

Siento el impacto del proyectil contra la pared, astillando yeso a centímetros de mí.

No me detengo.

No miro atrás.

Doblo hacia la escalera.

—¡Auxilio!

Otro disparo.

Entonces voces.

—¡Alto! ¡Servicio Secreto!

Pasos apresurados.

Luces encendiéndose.

Dos agentes suben las escaleras con armas desenfundadas.

—¡Señorita Whitmore! —grita uno.

—¡Hay un hombre en el pasillo norte! —respondo, mi voz temblando sin permiso.

Los agentes pasan corriendo junto a mí.

—¡Código rojo! ¡Intruso en residencia!

Me apoyo contra la pared, respirando con dificultad.

Más pasos. Más órdenes.

—¿Está herida? —pregunta una agente femenina, sujetándome por los hombros.

—No… no. Disparó. Dijo que era una advertencia.

—¿Advertencia sobre qué?

— Sobre mi padre, está en peligro...

La agente intercambia una mirada tensa con su compañero.

—Llévenla a la sala segura —ordena alguien por radio.

Me conducen escaleras abajo mientras el caos estalla detrás.

Mi teléfono vibra en mi mano.

Papá.

Lo miro.

No sé cómo voy a decirle que la advertencia ya no es política.

Es personal.

Y por primera vez desde que asumió la presidencia…

El peligro no se siente como estrategia.

Se siente como guerra.

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