TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 8
La cesta estaba llena de mantas suaves, y ambos cachorros dormían profundamente, ajenos al mundo.
Poco después, Aethon Sylvariel entró en el comedor.
Su presencia llenó la habitación con naturalidad.
Caminó con paso tranquilo y tomó asiento en la cabecera de la mesa.
Los sirvientes comenzaron a traer los platillos uno por uno, colocándolos cuidadosamente frente a nosotros.
Aun así…
El silencio se apoderó de la habitación.
Yo no sabía qué decir después de todo lo que había ocurrido antes.
Entonces Aethon rompió el silencio.
—Si me lo permites… —dijo con calma— me gustaría ayudarte con el tema del colgante.
Levanté la vista de inmediato.
Giré ligeramente el rostro hacia él, mirándolo con una expresión de sorpresa y atención.
Aethon continuó hablando con serenidad.
—Aunque no puedo prometerte nada con total seguridad… —dijo— podríamos ir a preguntarle al Árbol del Mundo.
Mis ojos se abrieron un poco más.
El Árbol del Mundo…
Algo dentro de mí se llenó de una extraña calidez.
—Gracias… Aethon —dije suavemente.
.
.
.
Poco después de la cena, Aethon Sylvariel me guio fuera del castillo.
La noche ya había cubierto el bosque, pero no era una oscuridad fría ni vacía… al contrario.
Era un lugar lleno de luz.
Cuando atravesamos el último arco de piedra del jardín, el paisaje frente a mí me dejó completamente sin palabras.
Ante nosotros se extendía un lago tranquilo, cuya superficie reflejaba el cielo nocturno como si fuera un espejo perfecto. Las estrellas titilaban sobre el agua, mezclándose con pequeños destellos de luz que flotaban en el aire.
Pero lo que realmente capturó mi atención fueron las criaturas luminosas.
Altas formas flotaban sobre el lago y entre los árboles, semejantes a medusas gigantes hechas de luz cristalina. Sus cúpulas brillaban con tonos suaves de azul, violeta y turquesa, mientras de ellas descendían largos filamentos transparentes que parecían hilos de estrellas.
Esos delicados tentáculos luminosos se movían lentamente en el aire, soltando pequeñas partículas brillantes que caían como polvo mágico sobre el lago.
Algunas flotaban cerca del agua…
otras se elevaban entre los árboles del bosque…
y otras simplemente vagaban en silencio por el aire nocturno.
Sus luces se reflejaban en la superficie del lago, creando un paisaje tan hermoso que parecía un sueño vivo.
Todo era silencioso… tranquilo… casi sagrado.
Mis ojos recorrían el lugar con asombro.
Era demasiado hermoso.
Sin embargo… por más que miraba alrededor…
aún no veía el Árbol del Mundo.
Entonces Aethon Sylvariel se detuvo y habló suavemente con la pequeña elfa Lily que nos había acompañado.
—Quédate aquí —le dijo con calma.
La elfa inclinó la cabeza obedientemente.
Luego se acercó a la cesta donde dormían mis hijos.
Entonces Aethon tomó con cuidado la pequeña cesta, donde mis hijos dormían profundamente, y me los entregó en brazos.
Yo los sostuve con cuidado contra mi pecho, aún confundida.
Antes de que pudiera preguntar nada…
Aethon se inclinó ligeramente hacia mí.
—Con permiso.
Y sin darme tiempo a reaccionar, se inclinó ligeramente y me levantó en brazos, como si fuera una princesa en un cuento antiguo.
Solté una pequeña exclamación de sorpresa.
Iba a protestar, pero antes de que pudiera decir una sola palabra… él ya estaba caminando hacia el lago.
Yo abrí los ojos con incredulidad.
Porque cuando dio el primer paso…
no se hundió en el agua.
El agua permaneció firme bajo sus pies, formando pequeñas ondas brillantes a cada paso.
Aethon Sylvariel caminaba sobre el lago como si fuera tierra firme.
—¿C-cómo…? —susurré sin poder terminar la frase.
Mi sorpresa fue tan grande que por un momento olvidé incluso respirar.
Las criaturas luminosas comenzaron a acercarse lentamente a nosotros.
Sus filamentos brillantes se movían con gracia alrededor de nuestro camino, iluminando la noche con destellos suaves y mágicos.
Poco a poco, la luz comenzó a rodearnos.
Era cálida… suave… casi viva.
Los pequeños destellos flotaban alrededor de nosotros como si nos estuvieran guiando.
Instintivamente cerré los ojos.
Apreté suavemente a mis hijos contra mi pecho, asegurándome de que estuvieran protegidos.
Y con la otra mano me aferré a Aethon.
La luz se volvió cada vez más intensa.
Las criaturas brillaban más fuerte.
El aire parecía vibrar con una energía antigua…
y por un instante sentí como si el mundo mismo nos estuviera observando.
Ese mismo instante, antes de que la luz los cubriera por completo…
Aethon Sylvariel sonrió suavemente al sentir a Aelina Moonveil aferrarse a él.
Poco después, cerca de mi rostro, escuché a Aethon decir con su voz profunda y atrayente:
—Hemos llegado… abre los ojos.
Obedecí lentamente.
Y lo que vi me dejó sin aliento.
Frente a nosotros se alzaba algo imposible de describir con simples palabras.
El Árbol del Mundo era inmenso, tan colosal que parecía sostener el cielo con sus propias ramas.
Su tronco antiguo se elevaba hacia las alturas como una montaña viva, cubierto por líneas de luz azulada que latían suavemente, como si el árbol poseyera un corazón propio.
Sus raíces gigantes abrazaban la tierra y el lago que lo rodeaba, extendiéndose en todas direcciones como ríos antiguos cargados de magia. Entre ellas brillaban pequeñas luces doradas, como fragmentos de estrellas caídas.
Pero lo que realmente robaba el aliento era su copa.
Las ramas se abrían hacia el firmamento como si quisieran abrazar el universo, y cada hoja resplandecía con un brillo turquesa profundo. Miles de diminutas luces titilaban entre el follaje, formando algo que parecía un cielo lleno de galaxias vivas.
Era como si todo el cosmos hubiera echado raíces en aquel lugar.
Una brisa suave recorrió el lago, haciendo que las luces del árbol se reflejaran en el agua como un mar infinito de estrellas.
Mi corazón latía con fuerza.
En mi quinta vida… nunca había tenido la oportunidad de verlo.
Pero ahora…
el Árbol del Mundo estaba frente a mí.
Y Aethon había cumplido el sueño que jamás pensé que podría alcanzar.
Entonces Aethon comenzó a elevarse.
No volaba… caminaba.
Las ramas del Árbol del Mundo se movían suavemente bajo sus pies, inclinándose y acomodándose como si lo reconocieran, como si quisieran sostenerlo. Cada vez que daba un paso, una nueva rama se extendía para recibirlo, permitiéndole ascender poco a poco hacia lo alto.
Y todo eso lo hacía mientras me llevaba en sus brazos.
Era una escena que jamás imaginé presenciar.