“Para heredar el imperio de la mafia, Pedro necesita ser entrenado por los gemelos Danilo y Diogo. Pero las lecciones de poder pronto se convierten en juegos de deseo, donde el placer es el arma más peligrosa y el heredero se convierte en el premio.”
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Capítulo 17
"Bien, la postura ya la entendiste," dijo Diogo, sujetando su propio fusil. "Ahora, velocidad. En la calle, no tendrás tiempo para admirar el paisaje. Tienes que cargar, amartillar y disparar en un abrir y cerrar de ojos."
Danilo cogió un cargador de una mesa cercana. "Observa." Sus manos se movieron con una velocidad y precisión hipnóticas. El clack-clack del cargador encajando y del cerrojo siendo jalado fue un solo sonido, rápido y decisivo. "Listo. Menos de dos segundos."
"Carajo," susurró Pedro, impresionado.
"Ahora tú," ordenó Diogo.
Pedro lo intentó. Sus manos eran torpes comparadas con las de ellos. El cargador se trabó, casi dejó escapar el cerrojo de sus dedos.
"Despacio," corrigió Diogo, colocando su propia arma a un lado y acercándose. Sus manos cubrieron las de Pedro, guiando sus movimientos. "Siente el encaje. No forces. Es una invitación, no una pelea." La voz era suave, pero las manos eran firmes. El calor del cuerpo de Diogo estaba nuevamente en su espalda.
Danilo observaba, con los brazos cruzados. "Sí, mucho más gentil de lo que fue cuando me enseñó eso a mí. Creo que me gané un hematoma en la costilla."
"Te lo merecías," replicó Diogo, sin quitar los ojos de las manos de Pedro. "Aquí, Pedro. De nuevo. Recuerda, es como acariciar el gatillo. Suave, pero decisivo."
Pedro intentó nuevamente, bajo las instrucciones suaves de Diogo. Esta vez, el cargador se deslizó perfectamente, y el cerrojo fue jalado con un clack satisfactorio.
"Bien," susurró Diogo, tan cerca que su aliento movió los cabellos de Pedro. "Muy bien."
Mientras Pedro practicaba el movimiento repetidamente, Danilo fue hasta el panel de armas.
"Hablando de herramientas del oficio," dijo, cogiendo una pistola personalizada, toda en negro mate con detalles en bronce. "Esta es mi favorita. Calibre .45, modificada para un retroceso más suave y un tiro más silencioso. Es... confiable."
Diogo se alejó de Pedro y cogió otra del panel, una navaja táctica con una hoja aserrada. "Y yo tengo un cariño especial por esta. No hace ruido, no falla, y siempre resuelve problemas de cerca. Es íntima."
Pedro miró de las armas a los hombres. Era como si estuvieran revelando una parte de sí mismos. "Son... ustedes en forma de arma."
Danilo sonrió. "Te diste cuenta rápido, gatito."
Fue entonces cuando, al estirar el brazo para coger otro cargador, la manga de la camiseta de Pedro se deslizó hacia arriba, revelando la punta de un tatuaje intrincado en el antebrazo.
"Ey," dijo Danilo, sus ojos fijos en el dibujo. "Tienes un tatuaje."
Pedro jaló la manga hacia abajo rápidamente, un reflejo antiguo. Pero entonces se detuvo, recordando dónde estaba. "Es que... ahora no estoy en casa de mi padre. Puedo revelar."
Diogo se interesó, acercándose. "¿Lo hiciste a escondidas de él?"
"Por supuesto," rió Pedro, un sonido de alivio. "Tengo varios."
"¿Esparcidos por el cuerpo?" preguntó Danilo, su interés claramente picado.
"Claro. Tengo uno... bien secreto," dijo Pedro, un brillo travieso en sus ojos.
Fue Diogo quien mordió el anzuelo, su voz un hilo de seda peligrosa. "Me encantaría ver dónde queda."
La declaración quedó suspendida en el aire, pesada e invitadora.
Danilo miró a su hermano, con una ceja arqueada. "Vaya, Diogo, directo al grano."
Diogo mantuvo la mirada en Pedro, una pequeña sonrisa en los labios. "Solo manifestando interés curricular. Es importante conocer... todos los detalles de nuestro alumno."
"Imagínate si queda en el trasero," dijo Danilo, riendo, pero sus ojos también estaban fijos en Pedro, evaluando su reacción.
Diogo finalmente desvió la mirada hacia su hermano, una mirada de advertencia, pero sin real enojo. "Tu mente es una cloaca, Danilo."
"¿Y la tuya es un santuario de pensamientos puros, es?" replicó Danilo. "Tú fuiste quien habló de 'ver'."
Pedro sintió el rostro calentarse, pero mantuvo la pose. La audacia de ellos era contagiosa. "Quién sabe si un día no lo descubren," dijo, desafiante. "Si son buenos chicos."
Los ojos de Diogo se oscurecieron de promesa. Los de Danilo brillaron con diversión predatoria.
"El entrenamiento de hoy," declaró Danilo, "acaba de ponerse mucho, mucho más interesante. Vamos, genio de los tatuajes secretos. Muestra lo que aprendiste con la carga. Y trata de no temblar esta vez."