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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:842
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 21- Cenizas del amanecer. El Primer Movimiento.

Caminó hasta la carretera.

La arena se fue quedando atrás, deslizándose bajo sus pies como un recuerdo que ya no le pertenecía. El mar seguía rugiendo a lo lejos, pero no volvió la vista. No había despedidas para lo que nunca fue hogar.

El cielo comenzaba a aclararse. El amanecer abría el horizonte en tonos ámbar y rosados, suaves pero decididos. Era una luz distinta a la de las noches interminables que había vivido. Aquella luz prometía movimiento.

Un taxi apareció en la distancia, avanzando con lentitud por la carretera casi desierta. Sus luces atravesaban la penumbra con firmeza.

Levantó la mano.

El vehículo se detuvo.

Subió sin titubear.

El viaje fue largo.

Apoyó la frente contra la ventana y observó cómo el mundo despertaba. Los campos cubiertos de niebla parecían flotar bajo el sol naciente. Pequeñas panaderías abrían sus puertas; incluso desde el interior del automóvil percibía el aroma del pan caliente y el café recién hecho.

Todo parecía simple.

Normal.

Después, el paisaje comenzó a transformarse. Los campos dieron paso a carreteras más amplias, luego a edificios dispersos, hasta que finalmente la ciudad se desplegó ante ella como un organismo gigantesco cobrando vida.

Las luces de neón se apagaban una a una. Los semáforos cambiaban con ritmo constante. Los ciclistas cruzaban entre automóviles. Personas apresuradas caminaban con expresión concentrada, ajenas a todo lo demás.

Ese era el mundo real.

Y ella estaba regresando a él.

Bajó del taxi en una zona comercial.

Se detuvo frente al escaparate de una tienda. El reflejo le devolvió una imagen que no encajaba con el entorno: ropa desgastada, silueta demasiado frágil para el personaje que necesitaba interpretar.

No podía presentarse así.

No, si pretendía recuperar el control.

Entró.

La temperatura interior era perfecta. Música suave. Aromas sutiles. Nadie la miró con sospecha; en aquel lugar, el dinero era el único lenguaje que importaba.

Recorrió los estantes con calma. Sus dedos se deslizaron por telas de calidad, cortes estructurados, líneas limpias. Observaba, calculaba.

En el probador, frente al espejo, comenzó a reconstruirse.

Se admiro en varios conjuntos. Un traje demasiado rígido. Otro demasiado llamativo. Finalmente encontró el equilibrio: elegancia sin exceso, sofisticación sin arrogancia.

Un conjunto impecable. Zapatos de tacón firme. Un bolso discreto. Accesorios mínimos, precisos.

Se sostuvo la mirada en el espejo.

La mujer que la observaba ya no parecía una víctima.

La ropa anterior quedó abandonada en un cesto.

Sin nostalgia.

El siguiente paso fue el salón de belleza.

Mientras trabajaban en su cabello, pensó en lo irónico del momento. La habían despojado de todo, incluso de su historia. Y ahora, allí estaba, diseñando una nueva versión de sí misma.

El cabello recuperó brillo y estructura. El maquillaje fue aplicado con exactitud profesional: natural, pero impecable. Sus uñas fueron limadas, pulidas, esmaltadas en un tono sobrio.

Cuando el estilista giró la silla para mostrarle el resultado final, tardó unos segundos en reconocerse.

Era ella.

Pero no era la misma.

Salió del lugar con la espalda más recta.

El paso más firme.

El banco fue la prueba definitiva.

Entró sin prisa. Saludó con una sonrisa controlada. Solicitó acceso a sus cuentas. Firmó documentos. Recibió efectivo. Nuevas tarjetas.

Nadie hizo preguntas incómodas.

Todo estaba en orden.

Salió.

Compró ropa adicional: piezas prácticas, pero elegantes. Luego adquirió un teléfono nuevo. Lo sostuvo unos segundos antes de encenderlo.

Un dispositivo simple.

Y, sin embargo, una puerta al mundo.

Lo guardó en el bolso.

Al caer la tarde buscó alojamiento.

No eligió algo al azar. Buscó un hotel de fachada imponente, con mármol en la entrada y ventanales que reflejaban el cielo anaranjado.

Entró.

La recepción era amplia, iluminada con una calidez que contrastaba con los recuerdos estériles que aún la perseguían. Pagó una de las mejores suites sin titubear.

El ascensor ascendió en silencio.

Cuando la puerta se abrió, se encontró frente a un espacio amplio, elegante. Iluminación tenue. Muebles de diseño. Cortinas gruesas. Una cama amplia con sábanas impecables.

Cerró la puerta detrás de sí.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió seguridad.

Se acercó al ventanal.

Desde allí la ciudad parecía distinta: luces encendiéndose, tráfico constante, vida fluyendo sin saber nada de ella.

Un alivio silencioso la envolvió.

Todo lo que había sufrido la había traído hasta allí.

Y ahora estaba libre.

¿O eso creía?

Pidió cena.

No fue moderada.

Platos humeantes comenzaron a llegar uno tras otro: carne asada al punto exacto, verduras salteadas con especias aromáticas, pan recién horneado, postres delicados con capas de crema y chocolate.

En una cubeta de plata descansaba una botella de champán.

Se sentó frente a la mesa como si estuviera cerrando un trato.

Sirvió la copa.

El líquido burbujeante ascendió en espirales diminutas. Dio el primer sorbo lentamente, dejando que el sabor seco y frío recorriera su paladar.

Luego degustó la comida.

Cada bocado era intenso.

Real.

Controlado.

Comía sin prisa, disfrutando el acto en sí mismo. No era hambre lo que la movía, sino la afirmación.

Estaba viva.

Tenía dinero.

Tenía libertad.

Y tenía algo más.

Una sensación nueva.

No era felicidad.

Era determinación.

Mientras levantaba la copa una vez más, una idea se asentó con claridad inquietante:

Aquella noche no solo celebraba haber sobrevivido.

Celebraba que, por primera vez, nadie la vigilaba.

Había sobrevivido.

Y la conquista apenas comenzaba.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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