Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 4
Dante
Gustavo me tenía harto.
No era su culpa del todo, pero su tono conciliador me revolvía más el estómago que la situación en sí. Hablaba como si estuviéramos en una terapia de pareja y no atrapados en el peor pueblo olvidado por Dios.
—Mi vuelo a Suiza sale mañana —le dije, cortante—. Haz que esa mujer venda o compre, pero yo no quiero tener absolutamente nada que ver con ella.
Gustavo suspiró, como siempre que no me salía con la mía.
—Dante, tienes que escuchar lo que vamos a decir.
—Que sea corto —respondí—. O me levanto y me voy.
Nos encontrábamos sentados en una oficina que parecía detenida en los años noventa. Muebles viejos, olor a humedad y una mujer detrás del mostrador que nos miraba como si le debiéramos dinero desde otra vida. Frente a mí, Vera Hyatt. Seria, rígida, con esa expresión de “preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta”.
Por primera vez desde que llegamos, coincidíamos en algo.
Los abogados hablaban y hablaban. Historia, documentos, sociedades, contratos viejos, promesas entre padres. Yo miraba el reloj. Vera miraba la pared. Ninguno fingía interés.
—Me vale una soberana mierda la historia de amor de nuestros padres y la finca —interrumpí, apoyando los codos sobre la mesa.
Vi cómo Vera levantaba apenas una comisura del labio. Sonrió. Maldita sea.
—Al grano —continué—. ¿Se puede vender o no?
Ella se acomodó en la silla, elegante incluso en ese sitio deprimente. Cruzó las piernas con calma estudiada.
José, su abogado, aclaró la garganta.
—Señor De Bedout, es importante que conozcan los detalles…
—Queremos vender la finca —dijo Vera, adelantándose.
Giré la cabeza hacia ella.
—Es un desastre —continuó, bajando un poco la voz—. Está en ruinas, en un pueblo que se está cayendo a pedazos y la gente es… poco amable.
Eso último no lo dijo tan bajo. Yo solté una risa seca.
Se recostó en la silla, cruzándose de brazos, desafiándome con la mirada.
—¿Los “pormenores” están escritos ahí? —pregunté, señalando la montaña de papeles.
Ambos abogados asintieron.
—Perfecto —dije—. Cuando tengamos dudas, ella y yo los leeremos y los llamamos. Pero llevamos cuatro horas escuchando una historia completamente innecesaria.
—Estoy de acuerdo —dijo Vera sin mirarme—. Digamos a qué estamos sujetos en esta absurda situación, porque no veo que las hojas disminuyan. Lo que sí veo es que vamos a pasar la noche en este pueblo y no veo hoteles. Por ende, nos queda la horrible casa llena de ratas… y no creo que mis gritos los dejen dormir, caballeros.
Gustavo se pasó una mano por el rostro.
—Hay algo que deben saber —dijo al fin.
Se hizo silencio.
—En la finca hay una mina.
Vera y yo nos miramos al mismo tiempo.
—Continúa —ordené.
Gustavo bajó aún más la voz, como si las paredes pudieran escuchar.
—Según los estudios, la mina es de esmeraldas.
Vera entrecerró los ojos.
—Hay minas de esmeraldas con producción mediocre —dijo—. No todas son rentables.
José intervino rápido.
—Las muestras recolectadas indican que la pureza de la esmeralda que se da ahí no tiene punto de comparación. Además, la finca es apta para ganado, cultivos… requiere trabajo, sí, pero—
—¿Trabajo? —interrumpí.
—Tiempo y amor —respondió José, muy poético para alguien con honorarios pagados por un año.
Continuó:
—Ya cuentan con los recursos económicos. Todo el proyecto está financiado: consultorías, expertos, infraestructura, obreros, ganado, sistemas de riego etc. Si venden ahora, perderían una inversión enorme. Además, se generarían empleos en el pueblo.
Me pasé la mano por el cabello.
Mina de esmeraldas. Capital invertido. Proyecto en marcha.
Vender ya no era una opción.
Miré a Vera. Por su expresión, estaba pensando exactamente lo mismo.
—Te compro tu parte —dije, directo.
Ella alzó una ceja.
—No está a la venta —respondió sin dudar—. ¿Quieres vender la tuya?
—No.
Silencio.
Nos miramos fijamente. Dos personas atadas a un lugar que ninguno quería, con demasiado dinero y demasiados secretos de por medio.
Gustavo tragó saliva.
—Entonces… tendrán que administrar la finca juntos.
Vera soltó una carcajada incrédula.
Yo sonreí, lento.
Esto iba a ser una guerra.
Y apenas estaba comenzando.