Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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La sombra de una mentira
La mañana en la mansión Saavedra comenzó con una luz grisácea y fría que se filtraba por los ventanales. El ambiente en el comedor era pesado, el tintineo de la plata contra la porcelana era el único sonido que rompía el silencio. Miranda apenas tocó su desayuno; sus ojos estaban fijos en el jardín, pero su mente seguía atrapada en las palabras que Lissandro le había confesado la noche anterior.
Lissandro, sentado al otro extremo de la mesa, la observaba con una mezcla de culpa y una determinación que intentaba no dejar ver. Él sabía que el equilibrio se había roto, pero aún no sospechaba que el verdadero peligro no era solo la organización Helios, sino el pasado que él creía haber enterrado.
—Alexa llegará en unos minutos —dijo Lissandro, rompiendo finalmente el silencio—. Víctor ha reforzado su seguridad. No saldrá de aquí sin escolta.
Miranda asintió mecánicamente, sin mirarlo.
—Lía no irá al colegio hoy —añadió ella, con voz plana—. Se quedará conmigo en la biblioteca. Si Helios cree que puede usar mi pasado para llegar a ella, no les daré ni un centímetro de ventaja.
—Es lo mejor —concedió Lissandro—. Miranda... sobre lo que hablamos anoche...
—No hay nada más que hablar, Lissandro —lo cortó ella, levantando finalmente la vista. Sus ojos eran dos pozos de hielo—. Los abogados vendrán a las diez. Quiero que cada documento de la familia De La Vega pase por mis manos. Quiero saber exactamente qué quedó de mi nombre antes de que tú aparecieras.
Lissandro sintió una punzada de inquietud. La mención de los documentos le recordaba que había rastros que preferiría que nadie viera, ni siquiera ella. Antes de que pudiera replicar, el mayordomo anunció la llegada de Alexa.
Alexa entró en el comedor con paso rápido. Se veía pálida, pero sus ojos brillaban con la misma chispa combativa que siempre la había caracterizado. Al ver a Miranda, corrió a abrazarla, un gesto que pareció ablandar la armadura de Miranda por un solo instante.
—Gracias al cielo que estás bien —susurró Alexa—. Víctor me contó lo del edificio. Casi me da un infarto.
—Estoy bien, Alexa. Pero tenemos trabajo que hacer —respondió Miranda, apartándose suavemente—. Lissandro dice que estás a salvo, pero Helios no ha terminado.
Lissandro se puso de pie, ajustándose la chaqueta del traje.
—Las dejaré a solas. Tengo una reunión con el jefe de seguridad para rastrear las últimas señales de radiofrecuencia que detectamos cerca de la propiedad de los Lara. Si Andrés sigue en la ciudad, lo encontraremos.
Cuando Lissandro abandonó la habitación, Alexa miró a Miranda con curiosidad y preocupación.
—¿Qué pasa? Estás más distante de lo habitual, incluso para ti. Y la mirada que le diste a Lissandro... parecía que querías atravesarlo con un cuchillo.
Miranda suspiró y se dejó caer en su silla, haciendo una señal a Alexa para que se sentara a su lado.
—Anoche me confesó la verdad, o al menos una parte —dijo Miranda en voz baja—. Me confesó que me usó para vengarse de Andrés. Que mi matrimonio, mi rescate... todo fue un movimiento en su tablero de ajedrez.
Alexa se quedó boquiabierta, procesando la información.
—Miranda, eso es... es horrible. Pero, ¿realmente crees que todo fue mentira? He visto cómo te mira, cómo cuida a Lía.
—No lo sé, Alexa. Pero hay algo más que me inquieta. —Miranda bajó la voz aún más—. Andrés está en mi antigua casa. Está profanando mis recuerdos. Y algo me dice que Lissandro no me ha contado toda la historia. Hay piezas que no encajan. ¿Cómo supo Lissandro exactamente cuándo aparecer para "salvarme"? ¿Cómo sabía que mi familia estaba en la quiebra absoluta antes de que se hiciera público?
Alexa frunció el ceño, su mente analítica empezando a trabajar.
—Víctor mencionó una vez que Lissandro tenía una red de informantes muy poderosa hace diez años. Si él sabía lo que los Lara estaban planeando contra ti...
—Si él lo sabía y no hizo nada para detenerlo, solo para poder quedarse conmigo cuando yo no tuviera nada... —Miranda cerró los puños sobre la mesa—. Entonces él no es mejor que Andrés.
—Necesitamos pruebas —dijo Alexa con firmeza—. Si los abogados traen los archivos de la familia De La Vega, tenemos que buscar los informes de inteligencia de esa época. Víctor tiene contactos en el archivo central de la ciudad. Puedo pedirle que busque cualquier comunicación filtrada entre la mansión Lara y las cuentas de Saavedra de hace una década.
Miranda asintió. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estaba operando bajo la sombra de Lissandro. Estaba empezando a construir su propia red de inteligencia.
—Hagámoslo —sentenció Miranda—. Si mi vida es un edificio construido sobre mentiras, prefiero quemarlo todo y ver qué queda entre las cenizas antes que seguir viviendo en una ilusión.
Mientras tanto, en su despacho, Lissandro observaba por la ventana cómo el auto de los abogados llegaba a la mansión. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso. No solo tenía que luchar contra Helios para mantener viva a su familia, sino que ahora tenía que luchar contra el tiempo para evitar que la mujer que amaba descubriera que él había sido el espectador silencioso de su propia tragedia.