Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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3. ¿Dónde te duele?
El fuego devoraba el aire, iluminando la noche con destellos anaranjados que se reflejaban en los árboles cercanos. El auto de Estrella, retorcido y humeante, colgaba precariamente de las ramas de un pino, balanceándose con cada ráfaga de viento. El olor a gasolina quemada y plástico derretido inundaba el lugar, mezclado con el aroma metálico de la sangre.
Ella yacía semiconsciente entre los restos del asiento, su cuerpo magullado y adolorido, pero viva. A través del humo, sus labios, aún pintados de ese rojo oscuro que Lucio amaba, se entreabrieron con un gemido débil. Cada respiración era un esfuerzo doloroso; el frío comenzaba a calarle hasta los huesos y sus pensamientos se desvanecían entre el dolor.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde la explosión, pero el dolor en su costado le recordaba que cada respiración era un esfuerzo. Cerró los ojos, intentando concentrarse en algo que no fuera el frío que comenzaba a calarle hasta los huesos. Fue entonces cuando escuchó el crujir de ramas bajo botas pesadas, el jadeo de alguien que corría cuesta arriba. Una voz ronca, desesperada, que gritaba su nombre.
- “¡Estrella! ¡Dios mío, Estrella!”, gritaba Lucio.
Lucio irrumpe en el claro, con el rostro bañado en sudor y hollín, los ojos desorbitados. Su camisa estaba rasgada en el hombro, como si hubiera tenido que abrirse paso a través de la maleza sin importarle las espinas.
Al ver el estado del auto, su pecho se hundió, pero el alivio lo inundó al distinguir su silueta entre los hierros retorcidos. Se acercó con pasos torpes, resbalando en la tierra húmeda y pegajosa, hasta arrodillarse junto a la puerta destrozada. Sus manos callosas, cortadas y manchadas de hollín y sangre, se aferraron al marco temblando, mientras evaluaba la estabilidad de los restos del vehículo.
- “¡Mierda, mi vida!”, exclamó él y su voz se quebró. “Aguanta, reina”, agregó.
Estrella parpadeó, intentando enfocar su rostro. El dolor le nublaba la vista, pero reconoció ese olor a madera y sudor, ese calor que siempre emanaba de él.
Lucio no esperó más; con un gruñido, arrancó lo que quedaba de la puerta con sus propias manos, sin importarle los cortes que le dejaban surcos rojos en los nudillos. El metal gimió, cediendo lo suficiente para que pudiera deslizarse hacia ella.
- “¡No me toques!”, logró decir ella con un hilo de voz, pero él ya la tenía entre sus brazos, evaluando cada herida con una mirada clínica que delataba más que preocupación: pánico.
- “¿Dónde te duele?”, preguntó él, pasando sus dedos por su rostro, limpiando la sangre que le escurría de una ceja.
Estrella no respondió; el dolor la mantenía muda. Pero el calor de sus manos y la cercanía de su cuerpo le hicieron sentir que, aunque el mundo ardiera a su alrededor, había un refugio seguro. Un lugar donde podía descansar, aunque fuera solo por un instante.
- “Habla, ahora, no me hagas esto”, ordenó él con desesperación.
Estrella intentó reírse, pero solo salió un quejido. Recordó cómo esas mismas manos la habían sujetado contra la pared de su departamento la última vez, cómo sus dedos le habían rozado la piel interna de los muslos antes de hundirse en ella. Ahora, en cambio, la tocaban con una urgencia distinta, como si temiera que se desvaneciera si dejaba de sentir el latido de su muñeca.
- “Todo…. Pero más aquí”, murmuró ella y se llevó una mano al costado, donde el dolor era un cuchillo al rojo vivo.
Lucio asintió, apretando los dientes. Con cuidado, le levantó la blusa rasgada, revelando la piel morada e hinchada alrededor de las costillas. El aire frío la hizo estremecerse, pero él no apartó la vista. Sus dedos, antes tan hábiles para hacerla gemir, ahora presionaban con precisión, buscando fracturas.
- “Creo que no es nada roto”, dijo Lucio, más para sí mismo que para ella. “Pero hay que sacarte de aquí ya”, añadió.
El sonido de sirenas lejanas llegó hasta ellos, pero Lucio no esperaba. Sabía que cada segundo contaba.