Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Viudas
A la mañana siguiente, Leilani se levantó con una energía distinta.
Ya no era solo ilusión.
Era planificación.
Preguntó nuevamente en la posada para confirmar la dirección y caminó hacia la casa de la viuda que le habían recomendado. Estaba en una calle tranquila, no muy lejos del molino, con una fachada sencilla pero bien cuidada. Las ventanas tenían cortinas bordadas a mano, delicadas y pulcras.
Eso ya decía mucho.
Tocó la puerta.
Después de unos segundos, una mujer de cabello gris recogido en un moño bajo abrió con expresión reservada pero educada.
—¿Sí?
—Buenos días. ¿La señora Audrey? Me han hablado de sus bordados.
La mujer la observó con discreción antes de asentir.
—Pase.
El interior de la casa era modesto, pero impecable. En una mesa cercana a la ventana había bastidores, hilos de múltiples colores ordenados con precisión, agujas finas y pequeños retazos de tela doblados con cuidado.
Audrey le mostró algunos de sus trabajos sin mucha ceremonia.
Leilani quedó en silencio unos segundos.
Los bordados eran pequeños, detallados y firmes. Flores diminutas que parecían reales. Líneas delicadas que no se torcían. Incluso las fundas para cubiertos tenían patrones geométricos perfectamente alineados.
No era un trabajo improvisado.
Era talento refinado.
También le mostró manteles que había hecho para su propia casa.. discretos pero elegantes. Las costuras eran casi invisibles.
Leilani supo de inmediato.
No necesitaba buscar más.
—Son hermosos.. Justamente lo que estoy buscando.
Audrey levantó una ceja, aún cautelosa.
—¿Y qué es exactamente lo que busca, señorita…?
—Baston. Leilani Baston.
Tomó aire y decidió explicarlo con claridad.
Le contó que había abierto una tienda frente a la plaza. Que era una juguetería. Que fabricaba muñecas articuladas de madera y necesitaba ropa intercambiable para ellas.
Mientras hablaba, sacó de su bolso una de las muñecas.
La colocó sobre la mesa.
Audrey la tomó con cuidado, examinó las articulaciones, la proporción del cuerpo, la suavidad del tallado.
—Está bien hecha —admitió, casi sin darse cuenta.
—Quiero hacer distintos modelos.. Una cocinera, una reina, una militar, una doctora… Cambiar la ropa, no la muñeca. Que cada niño pueda imaginar distintas vidas.
Audrey frunció ligeramente el ceño.
—No sé si la gente de aquí compraría algo así.. Nunca hemos tenido… juguetes así.
Leilani lo esperaba.
—Tal vez no lo saben todavía.. Pero cuando los vean, cuando los niños puedan tocarlos… cambiará.
La mujer permaneció en silencio.
Leilani dio el paso decisivo.
—No le pido que crea en el negocio. Le pagaré por cada conjunto que haga. Por cada vestido terminado. Sin retrasos. Trabajo por pieza.
Eso cambió la expresión de Audrey.
La viuda no parecía una mujer soñadora. Parecía práctica.
—¿Cuánto pagaría? —preguntó con tono más profesional.
Leilani mencionó una cifra justa. Generosa, incluso.
Sabía que podía permitírselo.
Audrey la miró con atención renovada.
—¿Y la tela?
—Yo la proporcionaré. O puedo cubrir el costo si usted la adquiere. También necesitaré detalles pequeños.. botones, cintas, quizá bordados simples para distinguir cada rol.
La mujer volvió a mirar la muñeca.
La sostuvo entre sus manos un momento más largo.
Tal vez imaginó a una niña sosteniéndola.
Tal vez recordó cuando su propia casa estuvo más llena.
Finalmente suspiró.
—Haré un primer conjunto.. Para probar.
Leilani sonrió.
—Perfecto.
Sacó pequeños bocetos que había dibujado la noche anterior.. vestido sencillo con delantal, vestido más elegante con falda amplia, uniforme básico con líneas rectas, bata con bolsillos pequeños.
Audrey los examinó.
—Son proporciones inusuales… pero posibles.
—Puedo ajustar las muñecas si es necesario —respondió Leilani.
Eso pareció tranquilizarla.
Acordaron medidas exactas. Fechas de entrega. Precio por pieza.
Cuando Leilani se levantó para irse, Audrey ya estaba tomando medidas con cinta métrica improvisada.
—Volveré en unos días —dijo Leilani.
—Tendré algo listo —respondió la mujer, con un tono que ya no era escéptico, sino concentrado.
Al salir de la casa, Leilani sintió una satisfacción profunda.
No era solo que hubiera conseguido una costurera.
Era que estaba tejiendo red.
Su juguetería no sería una fantasía aislada.
Sería un pequeño ecosistema.
Madera.
Tela.
Diseño.
Trabajo compartido.
Mientras caminaba hacia la plaza, imaginó las muñecas vestidas, alineadas en los estantes que ella misma había creado con magia.
Y sonrió.
La tienda aún no había abierto oficialmente.
Pero ya estaba viva.
Cuando Leilani regresó a la tienda después de visitar a Audrey, cerró la puerta y se quedó mirando los estantes en silencio.
Los juguetes estaban bien hechos.
Las formas eran armoniosas.
Las superficies suaves.
Pero había algo que faltaba.
Vida visual.
Todo era madera natural.
Hermosa, sí… pero monocromática.
Tomó una de las muñecas y la colocó bajo la luz que entraba por el ventanal. El rostro era delicado, pero sin color parecía distante. El caballo de ruedas era sólido, pero sin detalles parecía incompleto.
—Les falta alma visible —murmuró.
No podía depender solo de la forma. Los niños se sentían atraídos por el color. Por contrastes. Por detalles que despertaran imaginación inmediata.
Necesitaba pintura.
Y no cualquier pintura.
Colores suaves pero resistentes. Que no se descascararan con facilidad. Que no mancharan manos pequeñas.
Cerró la tienda y regresó a la posada.
La señora la recibió con una sonrisa curiosa.
—¿Ahora qué necesita, señorita Baston?
Leilani no pudo evitar reír levemente.
—Pintores. O alguien que sepa trabajar color sobre madera con cuidado.
La mujer pensó un momento.
—Hay un par de hombres que pintan letreros… pero si quiere algo delicado, hay otra persona. La señora Sadie. También es viuda. Vive cerca del antiguo molino. Pinta cajas, marcos, pequeños encargos decorativos.
Otra viuda.
Leilani asintió, agradeció y partió de inmediato.
La casa de Sadie era imposible de confundir. Desde afuera se veían macetas pintadas de colores vivos, puertas con detalles florales y hasta el marco de la ventana tenía pequeñas hojas verdes dibujadas.
Tocó la puerta.
Y cuando se abrió, apareció una mujer mayor, de cuerpo grande y presencia aún mayor. Sus mejillas rosadas y su sonrisa amplia llenaban el espacio.
—¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarte, niña?
Leilani se presentó y explicó que estaba abriendo una juguetería.
Los ojos de Sadie brillaron al instante.
—¿Juguetes? ¡Eso sí que es algo nuevo por aquí!
Leilani sacó uno de los caballos y una muñeca sin pintar.
Sadie los tomó sin miedo, los giró, los inspeccionó.
—Buen trabajo.. Pero sí… les falta color.
Leilani sonrió.
—Justamente por eso estoy aquí.
Le explicó su idea.. colores suaves en los rostros, mejillas ligeramente rosadas, ojos definidos pero simples. Caballos con crines más oscuras. Ruedas con detalles discretos. Uniformes pintados con base neutra antes de vestirlos.
Sadie escuchaba con entusiasmo.
—¡Oh, me encanta! Podríamos hacer distintas combinaciones. Trenzas pintadas. Cintas. Incluso pequeños patrones en los vestidos.
Leilani sintió algo cálido en el pecho.
No era escepticismo.
Era emoción compartida.
—Le pagaré por pieza.. Trabajo constante si el negocio funciona.
Sadie ni siquiera dudó.
—Acepto.
Así, sin cálculos largos.
—Hace años que no tengo algo realmente divertido que pintar.. Esto será refrescante.
Leilani acordó llevarle las piezas en lotes pequeños para evitar errores y ajustar estilo. Hablaron de tipos de pintura, de selladores naturales para proteger la madera, de tiempos de secado.
Sadie ya estaba proponiendo ideas..
—Los caballos podrían tener manchas distintas. Así cada niño sentiría que el suyo es único.
—Las muñecas podrían tener tonos de cabello variados.. Oscuro, claro, rojizo.
—¡Eso! Diversidad.
Cuando Leilani salió de la casa, llevaba consigo algo más que un acuerdo.
Llevaba energía.
En cuestión de días había conectado con dos mujeres fuertes, trabajadoras, viudas ambas, que ahora formarían parte de su proyecto.
No era casual.
Era construcción consciente.
De regreso a la tienda, imaginó el escaparate..
Muñecas vestidas por Audrey.
Rostros pintados por Sadie.
Cuerpos creados por su magia.
No solo juguetes.
Colaboración.
Color.
Comunidad.
Abrió la puerta del local y la luz del atardecer bañó los estantes de madera clara.
Pronto ya no serían figuras neutras.
Serían historias en miniatura.
Y Leilani Baston, diseñadora con magia de madera, estaba a punto de convertir su sueño en algo que el pueblo jamás había visto.