"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El limbo del deseo y el miedo
Después de cerrar la puerta de su habitación, Lucía permaneció varios minutos en el suelo, tocándose los labios que aún ardían por la fuerza de Dante. Su cuerpo vibraba; nunca se había sentido tan viva, tan mujer. Con el corazón todavía acelerado, se dio un baño tibio para intentar lavar la sensación del cuerpo de Dante contra el suyo, intentando recuperar la cordura. Se puso un camisón de seda sencillo y, antes de meterse en la cama, tomó su teléfono de la mesita de noche.
Fue entonces cuando el mundo se desmoronó.
Al abrir el mensaje de ese número desconocido, la sangre se le heló en las venas. Las palabras de Alessia eran como cuchillos: "...me aseguraré de que no encuentres empleo ni para limpiar los suelos de Manhattan. Aléjate de mi prometido".
Lucía soltó el teléfono como si quemara. El éxtasis de hace unos minutos se transformó en un vacío aterrador en el estómago. Estaba en el limbo. Por un lado, el hombre que amaba en secreto la había reclamado con una pasión que no podía ser fingida; por otro, la mujer más poderosa de Nueva York acababa de ponerle una diana en la espalda. Su carrera, su reputación, todo por lo que había luchado viniendo de una familia humilde de Connecticut, estaba a punto de desaparecer.
—No puedo hacerle esto a mi vida —susurró para sí misma, con lágrimas rodando por sus mejillas—. No puedo ser "la otra", la asistente que destruyó un compromiso millonario.
Tomó una decisión dolorosa. Pasó el resto de la madrugada sentada frente a su computadora portátil en la pequeña mesa de la habitación. Con una eficiencia mecánica y el corazón roto, terminó hasta el último papel pendiente de la fusión. Redactó los informes, organizó los correos y, finalmente, abrió un documento en blanco.
"Estimado señor Moretti: Por motivos personales e irrevocables, presento mi renuncia inmediata...".
Planeaba dejar la carta bajo la puerta de Dante al amanecer y desaparecer antes de que él despertara. No podía arriesgarse a verlo a los ojos; sabía que si él la tocaba de nuevo, su resolución se desvanecería.
Mientras tanto, en la suite contigua, Dante no podía dormir, pero por razones muy distintas. Él no sabía que Lucía ya había leído el mensaje, pero su instinto de protección estaba en alerta máxima. Caminaba de un lado a otro con una copa de coñac en la mano, ejecutando su plan maestro en la mente.
A las tres de la mañana, hizo dos llamadas cortas a Nueva York, aprovechando la diferencia horaria. La primera fue a su contacto en la oficina de turismo de lujo: necesitaba un itinerario de "ensueño" en París para Alessia, con citas privadas en Chanel y Dior que la mantuvieran ocupada al menos diez días lejos de Milán.
La segunda llamada fue la más importante.
—¿Isabella? —dijo Dante cuando su hermana mayor respondió—. Necesito que me hagas un favor. Mi asistente, Lucía Bennet... es la mejor que he tenido. Pero las cosas aquí se han vuelto... complicadas. Alessia la tiene en la mira. Quiero que la contrates en tu fundación en cuanto volvamos a Manhattan. Dale el puesto que quiera, págale el doble, pero mantenla bajo tu protección. Ella no puede ser tocada por los Van Doren.
—¿Es ella, verdad, Dante? —preguntó su hermana con voz perspicaz—. ¿Es la mujer que finalmente rompió tu armadura de hielo?
Dante guardó silencio un segundo, mirando hacia la pared que lo separaba de Lucía.
—Es la única persona que me hace querer ser algo más que un Moretti, Bella. Solo protégela.
Dante colgó, sintiéndose por primera vez en control de la situación. Él creía que estaba salvando el futuro de ambos. No se imaginaba que, al otro lado de la pared, Lucía estaba guardando su ropa en la maleta con las manos temblorosas, convencida de que su única salvación era huir de él para siempre.
El sol empezó a asomarse por el horizonte de Milán, iluminando una carta blanca que Lucía sostenía contra su pecho, lista para ser entregada. El juego de ajedrez estaba a punto de dar un giro que ni siquiera el gran Dante Moretti había previsto.