Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 20: Donde el miedo se parece al deseo
La noche avanzó lenta, espesa.
El campamento quedó en un silencio vigilante. El fuego ardía bajo, apenas un círculo de brasas que pintaba de cobre las sombras en los rostros cansados. La frontera respiraba alrededor, con ese murmullo que no deja dormir del todo.
Rhydian no lograba acomodarse. Cada vez que cerraba los ojos, la conversación con Severin regresaba, una y otra vez, como un pulso que no encontraba ritmo. No quería huir de lo que estaba creciendo entre ellos. Tampoco quería perderse dentro de ello.
Se incorporó y se alejó unos pasos del fuego para despejar la cabeza.
—No te alejes del perímetro.
La voz de Severin llegó desde la penumbra. No era una orden dura. Era una advertencia teñida de algo más humano.
—No me estoy yendo —respondió Rhydian—. Solo necesito aire.
Severin se acercó hasta quedar a su lado. La noche los envolvía con su frío. A lo lejos, un ave nocturna lanzó un llamado breve.
—Cuando dices que me vaya —murmuró Rhydian—, ¿lo dices de verdad?
Severin tardó en responder.
—No —admitió—. Lo digo porque no sé qué hacer si te quedas.
Rhydian giró el rostro hacia él. En la oscuridad, los ojos grises del Enigma parecían más claros.
—Eso suena a miedo.
—Lo es —dijo Severin—. Miedo a perder el control de algo que no debería importarme tanto.
Rhydian dio medio paso más cerca. No lo tocó. No cruzó del todo el espacio. El aire entre ambos se calentó de una forma casi física.
—No te pido que pierdas el control —susurró—. Te pido que no me conviertas en tu punto ciego.
Severin apretó los labios.
—No eres un punto ciego —dijo—. Eres… lo que no sé cómo mirar sin querer protegerlo.
—No necesito que me protejas —respondió Rhydian—. Necesito que me mires como alguien que puede elegir quedarse contigo.
El silencio se estiró entre ellos. La frontera parecía contener el aliento.
Un ruido entre los matorrales los tensó a ambos. No fue un ataque. Solo el paso de un animal pequeño que huyó al sentirlos. Aun así, Severin se colocó instintivamente un poco delante de Rhydian, ocupando el espacio con su cuerpo.
Rhydian lo notó.
—Eso que acabas de hacer —dijo en voz baja—. No fue cálculo.
Severin no se movió de inmediato.
—No —admitió—. No lo fue.
Rhydian apoyó una mano en el antebrazo de Severin, solo para que se girara. El contacto fue breve, firme, cargado de una electricidad que no tenía que ver con peligro externo.
Severin lo miró. El pulso del Enigma estaba más acelerado de lo habitual.
—No me pongas en el lugar de quien decide por ti —dijo Severin.
—Entonces no te pongas tú ahí solo —respondió Rhydian—. Si vas a estar delante de mí, que sea porque caminamos juntos, no porque quieras cerrarme el paso al mundo.
Severin asintió apenas. El gesto fue pequeño. Sincero.
Regresaron al campamento sin hablar. Se acomodaron para dormir a una distancia mínima, como si el espacio entre ambos ya no pudiera ampliarse sin doler. No se tocaron. No se prometieron nada.
Pero esa noche, el miedo y el deseo se parecían demasiado como para seguir fingiendo que no eran dos caras de lo mismo.