Black fue uno de los asesinos cazarrecompensas más temidos del Clan Luna Negra, hasta que un desamor y el alcohol lo empujaron al Bosque Oscuro, donde debía morir.
Pero sobrevivió… pagando un precio.
Un collar sellado con un anillo lo convierte en el guardián espiritual de Daily, la nueva y más joven líder del clan Yshir, cuyo poder es más una maldición que una bendición. Ex cazadora de monstruos y demonios, Daily está convencida de que el amor es una estupidez innecesaria.
Atados por un sello divino que ninguno pidió, deberán convivir mientras fuerzas hambrientas de poder, monstruos, demonios y antiguos secretos se alzan. Fingir que no sienten nada será parte del trato… porque cuanto más intenten romper el vínculo, más cerca estarán de perderse a sí mismos.
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El tintineo en la oscuridad
Llegando la medianoche, un joven salía tambaleándose de un bar, ahogado en alcohol. La camisa mal abrochada y el pantalón a medio caer eran prueba suficiente de su pésimo estado… aunque incluso así resultaba imposible negar que Black llamaba la atención.
Renuncié a todo lo que era.
Cambié incluso a mis propios hermanos por nada… y aun así no me arrepiento.
Porque, aunque doliera, lo volvería a hacer.
—Black, cariño, no te vayas —insistía una vampira, intentando sujetarlo—. Es tarde y es peligroso.
—Quédate con nosotras —añadió una elfa, sin éxito, mientras él se movía de un lado a otro, esquivándolas sin darse cuenta.
Desde un balcón cercano, otra elfa cruzó los brazos y gritó:
—Déjenlo. ¿No saben qué día es hoy? Además del festejo en la gran mansión, ya regresará mañana.
—Tienes razón… —respondió una de ellas, aunque la otra observó con preocupación cómo Black se alejaba—. Pero estos días no hay cazadores protegiendo la zona de la barrera…
Al escuchar eso, Black soltó una risa baja, torcida.
—¿Y desde cuándo me preocupa el peligro?
Siguió caminando, tambaleándose, con una sonrisa cargada de arrogancia. De todas formas, pensó, nunca serían mejores que yo… ni que mis hermanos.
El bosque lo recibió con una niebla espesa. Incluso el aire parecía peligroso.
La niebla se deslizaba entre los árboles como si tuviera voluntad propia, enroscándose alrededor de sus piernas y subiendo lentamente. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, como si el suelo intentara retenerlo. El silencio era antinatural; no había insectos ni viento, solo su respiración irregular y el latido insistente en sus sienes.
El aire tenía un olor metálico, viejo. Le raspaba la garganta al inhalar, obligándolo a toser. No era miedo —se dijo—, solo el alcohol haciendo de las suyas.
Aun así, tuvo la incómoda sensación de estar siendo observado. No por algo concreto, sino por el bosque entero.
—Genial —murmuró—. Ahora también alucino con árboles que juzgan.
Entonces lo escuchó.
Un sonido suave.
Un tintineo.
Un escalofrío le recorrió la columna. Algo en ese sonido despertó un recuerdo borroso, enterrado demasiado profundo.
No… no creo que sea eso, se dijo, negando con la cabeza.
Una luz dorada apareció entre la niebla y se acercó lentamente. Frente a él surgieron dos pequeñas figuras: un perrito y una lagartija. O eso creyó ver.
Black se dejó caer, quedando medio sentado sobre sus propias piernas, observando sus reflejos en el lago cercano.
—Vamos, chicos —murmuró—. ¿Por qué no se acercan? No les haré nada.
Entrecerró los ojos, dudando.
—O… tal vez son espíritus. ¿O hologramas?
La realidad era otra.
El “perro” estaba cubierto de púas, con ojos completamente amarillos, cuatro cuernos y una cola de escorpión. El otro era un lagarto cobra, de ojos rojo sangre, con espinas recorriendo su espalda y una cola que sonaba como cascabel.
Ambos llevaban un collar… y una pequeña campana dorada que brillaba en la oscuridad.
Black dio un paso adelante.
El rugido lo hizo caer al suelo. La botella se rompió y, con el miedo, llegó la lucidez.
Buscó algo con qué defenderse y vio una espada brillante en el suelo. Sin dudarlo, la tomó con fuerza y logró ponerse de pie.
—Qué tonto el que se deja morir teniendo un arma en las manos.
Por un instante, su mente volvió atrás. A cuando era el primero. El mejor de su equipo. Cuando ni siquiera necesitaba un arma para vencer.
—Lamento decirles… —gruñó— que hoy tampoco van a comer.
Las bestias atacaron.
Justo cuando la muerte parecía inevitable, una figura apareció entre la niebla, interceptando el golpe destinado a Black.
La espada que sostenía no era más que una varilla oxidada.
El tintineo volvió a sonar…
y esta vez, no provenía del bosque.