Amanda Louis lo tiene todo: una empresa que levantó desde cero, un ático con vista a toda la ciudad y la absoluta convicción de que el matrimonio es un negocio con pésimas condiciones. A punto de cumplir treinta, no quiere marido, ni suegra, ni cuñadas que le arruinen la vida. Lo único que le falta es un heredero.
Mateo Adrián tiene veintiún años, un físico que corta el aliento, una carrera de actor que no despega, un padrastro enfermo y un prestamista a la puerta. Cuando una poderosa empresaria le ofrece una fortuna para convertirse en el padre de su heredero —sin amor, sin compromisos y con un divorcio pactado después del nacimiento—, la respuesta es un no rotundo. Nadie va a comprarlo ni a utilizarlo como un simple medio para tener un hijo.
Pero las deudas no esperan, y Amanda no está acostumbrada a que le digan que no. Lo que propone es un acuerdo reproductivo disfrazado de matrimonio secreto, regido por cláusulas, fechas límite y una única misión: darle el heredero que necesita.
Sin embargo, ese contrato frío pronto se convierte en un juego peligroso de miradas, celos y noches que ninguno de los dos supo prever. Entre una jefa que jamás pide perdón y un chico que se niega a perder la dignidad, el corazón empieza a cobrar intereses imposibles de pagar.
Y mientras ellos intentan averiguar dónde termina el trato y dónde empieza el amor, el pasado llama a la puerta: un primer amor que regresa, una ex dispuesta a todo, un padre con demasiados secretos y una familia que podría separarlos antes de que se atrevan a decir la verdad.
¿Se puede contratar el amor? Amanda está a punto de descubrir cuánto cuesta.
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Cada vez más ocupados
Amanda recorría la oficina en dirección a unos empleados cuyo trabajo quería revisar. Desde uno de los escritorios, Santiago, Dionisio e Inés la espiaban a escondidas, a poca distancia.
—¿Ya ven? Fíjense. La señora Amanda nunca usa zapatos de piso, siempre anda en tacones. Pero hoy, mírenla: zapatos bajos. Si no está embarazada, ¿por qué le van a dar miedo los tacones? —les dijo Inés a Santiago y a Dionisio.
Pero no fueron los únicos que la oyeron. También estaban ahí Vilma, Astrid y Tito.
—¿De qué hablan? A ver, cuéntenme —preguntó Vilma, con una mirada pícara y llena de curiosidad.
Inés, la reina del chisme, empezó a susurrarles los rumores sobre Amanda. Todos se quedaron con la boca abierta y se la taparon por instinto.
Amanda, mientras tanto, se acercó al garrafón del agua. Se sirvió un vaso de agua caliente y se lo llevó a su despacho.
—¿Vieron? Agarró agua caliente. Seguro es para prepararse leche de embarazada. Les apuesto lo que quieran —dijo Inés.
Se fueron acercando a hurtadillas al despacho de Amanda, con la intención de espiar qué pasaba ahí dentro. Pero todos se frenaron en seco cuando uno de los jefes de división los sorprendió.
—¿A dónde van todos?
El jefe de división, de pelo largo, los interrogó con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Je, je, je... señor Yáñez —dijeron todos, con una sonrisa forzada.
—¿Regresan a sus lugares o les descuento del sueldo?
¡Zas!
Cada uno volvió corriendo a su escritorio. En su despacho, Amanda ordenaba unos archivos cuando entró Mariana.
—Mandy, aquí está la leche para embarazadas que me pediste.
—Gracias, Mari. Perdón por la molestia.
—No es nada. Tómatela. ¿Ya comiste?
—No.
—No hagas eso, ya es hora de comer.
—Es que sí quiero comer, pero quiero que Mateo me dé de comer en la boca.
Mariana soltó un suspiro.
—Mandy, Mateo es nada más tu marido por contrato. No dependas tanto de él. En cuanto nazca tu hijo, lo de ustedes se acaba. Así que tienes que ser independiente, no estar contando con él.
Amanda se quedó callada. Mariana tenía razón: no podía depender de Mateo.
—Bueno, ahora como algo.
—Bueno, tómate primero la leche.
—Sí.
Mariana salió del despacho, y en ese momento llamó Mateo. Amanda estuvo a punto de contestar, pero se acordó de lo que Mariana le acababa de decir. Si seguía dependiendo de Mateo, después le iba a costar mucho dejarlo ir.
Así que ignoró la llamada. Estaba segura de que Mateo solo quería recordarle que comiera.
Y no se equivocaba: poco después de que se cortara la llamada, le llegó un mensaje. Mateo le preguntaba si ya había comido.
Del otro lado, Mateo no le quitaba la vista al celular, esperando la respuesta de Amanda. Le preocupaba que le hubiera pasado algo.
—¿Qué tanto haces, Mateo?
Damián ya empezaba a fastidiarse de verlo tan callado, cuando él y Rodrigo estaban viendo una película. Normalmente Mateo se metía de lleno en la película y comentaba todo con sus amigos. Pero últimamente no era así.
—¿Otra vez pensando en Amanda? —insistió Damián.
—Sí. No me contesta los mensajes.
—Por eso te digo que no te involucres. Una mujer hecha y derecha como ella no se va a andar preocupando por lo que sienta un mocoso como tú.
—A lo mejor está ocupada, Mateo —opinó Rodrigo desde su asiento.
—Tú mismo dices que está forrada de dinero, y encima es directora general. ¿De dónde va a sacar tiempo para estar atendiéndote de la mañana a la noche? —remató Damián.
Rodrigo no dijo nada, aunque, la verdad, no le gustaba la forma en que Damián lastimaba a Mateo. Pero para Damián lo que decía era la pura verdad, y tenía que decírselo. No quería que su amigo se ablandara ni que terminara con el corazón roto.
—Mejor en la noche nos vamos a un bar —propuso Damián.
Mateo volteó a verlos.
—¡Anda, Mateo! Desde que tienes dinero, nunca nos has invitado a tomar.
—Si todos los días los invito a comer, Cipriano —dijo Mateo, y le lanzó un maní con cáscara a la cabeza.
—Sí, pero a eso otro todavía no, ¿o sí?
Damián levantó las cejas con una sonrisa.
—Bueno, está bien.
Esa noche fueron a un bar al que solían ir. El lugar estaba bastante lleno. Mateo dejó que Damián pidiera todo lo que se le antojara.
Incluso que llevara mujeres a la mesa. Total, ahora tenía dinero de sobra para pagarlo. Por una vez no pasa nada si me divierto un poco, pensó.
—Mateo, ¿estás incómodo? —le preguntó Rodrigo, porque llevaba un buen rato casi sin hablar. Damián, mientras tanto, estaba en la pista con su acompañante.
—No es que esté incómodo. Nada más estoy pensando en Amanda.
—¿Sigue sin contestarte?
Mateo negó con la cabeza.
—¿Y no le has marcado?
—Sí, pero no contesta.
—¿Y si le hablas a alguien cercano? ¿Al chofer?
—El chofer me dijo hace rato que sigue en la oficina.
—Pues a lo mejor está muy ocupada. Hacía mucho que no iba.
—Sí, puede ser.
—Te quiero preguntar algo, Mateo. Sientes algo por Amanda, ¿verdad?
Era la pregunta más difícil que Rodrigo podía hacerle. Ni él mismo entendía qué sentía por Amanda. Y aunque fuera amor, estaba claro que jamás podría tenerla.
Amanda solo lo necesitaba como socio para conseguir lo que buscaba. Era imposible que una mujer así se enamorara de alguien como él.
—No sé, Rodri. Lo único que sé es que últimamente siempre estoy preocupado por ella. Porque sé que está esperando un hijo mío.
—¡Mateo!
Damián volvió a la mesa con otra mujer y le dijo que se sentara pegadita a Mateo. A la otra la mandó con Rodrigo.
—¡Vamos, otra ronda!
Damián le pasó a Mateo un vaso de alcohol, y él se lo tomó.
—Anden, señoritas, tomen todo lo que quieran.
La mujer que estaba junto a Mateo intentó coquetearle, pero él apenas le hacía caso. Su cabeza ya estaba en otra parte.
Avanzó la noche. Amanda llegó al penthouse y no encontró a Mateo. Desde la tarde se le había juntado un montón de trabajo, y por eso había llegado tarde.
Normalmente Mateo ya estaba en casa, y hasta le tenía la cena lista. Pero esa noche había desaparecido quién sabe a dónde.
Amanda tomó el celular y vio un montón de llamadas perdidas de Mateo. De pronto se sintió culpable por no haberle contestado ni las llamadas ni los mensajes al mediodía. Se sentó en el sofá e intentó llamarlo.
«El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio».
Lo intentó otra vez, pero la respuesta fue la misma. Se le encogió el corazón, y más ahora que estaba embarazada.
Las hormonas del embarazo la hacían pensar de más. Hasta llegó a temer que Mateo hubiera tenido un accidente o que le hubiera pasado cualquier cosa allá afuera.
Se bañó e intentó dormir, pero se pasó toda la noche dando vueltas. Ni siquiera al amanecer logró descansar.
—¡Ah!
Mateo se despertó sobresaltado. Se dio cuenta de que no estaba en la cama que compartía con Amanda, sino en la suya, en su casa.
—Mateo, ¿ya te despertaste?
Su madre entró a la habitación, y él se sorprendió todavía más. Después de beber la noche anterior, no se acordaba de nada.
—¿Qué hago aquí, ma? —preguntó, desconcertado.
—¿Cómo que qué haces? Pues es normal que estés aquí, es tu casa. Además, hacía mucho que no venías, como andas tan ocupado...
Mateo seguía sin entender. Quería saber cómo había llegado ahí.
—¿Con quién vine anoche, ma?
—Con Rodrigo. Dice que tú le insistías en venir para acá. Que me extrañabas. Y encima venías borracho.
Mateo no se acordaba de nada en absoluto.
—Ya, ve a bañarte. Te espero en la mesa.
—Sí, ma.
Tomó el celular para revisar las notificaciones, pero estaba completamente descargado. Lo puso a cargar y se fue a bañar. Cuando terminó de bañarse y vestirse, fue a reunirse con su madre en el comedor.
—¿Y Rocío, ma?
—Se fue a la universidad temprano. Anda, come.
Mateo miró la mesa: su madre había cocinado un montón. En los últimos tiempos, la situación económica de la familia había mejorado. Desde que Amanda había pagado todas sus deudas, se habían quitado un gran peso de encima.
El negocio de su padrastro había vuelto a funcionar y ahora lo atendían algunos empleados, mientras él seguía con su tratamiento.
—No tienes que trabajar tanto como para casi no venir a la casa. Ya sé que te esfuerzas mucho para juntar dinero para el tratamiento de tu papá y para pagarle a quien le done el riñón. Pero tampoco te olvides de tu casa, hijo. Te extraño.
Mateo se quedó callado. La culpa lo azotaba por dentro. Culpa por mentirle a su madre: no estaba trabajando duro, solo estaba aprovechando la situación.
Y culpa también por hacerla sufrir extrañando a un hijo que, según ella, se partía el lomo por la familia.
—Anda, come. ¿Por qué tan callado? ¿No extrañabas la comida de tu mamá?
Mateo sonrió.
—Sí, ma. La extrañaba muchísimo.
Comió todo lo que quiso. Cuando terminó y se lavó los dientes, encendió el celular. Tenía un montón de llamadas de Rodrigo. Estaba a punto de devolverle la llamada cuando su amigo volvió a marcarle.
—¡Mateo!
—¿Qué pasó? —preguntó Mateo, sobresaltado, porque Rodrigo hablaba fuerte y con pánico en la voz.
—Tu mujer vino a la universidad. Anda buscando a Mireya. Cree que estás con ella.
—¿Qué?