Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 16
La lluvia fina de la medianoche repiqueteaba incesantemente contra los altos ventanales de la mansión privada. En la penumbra de su amplio despacho de roble, el padre de Isabella caminaba de un lado a otro con pasos frenéticos, apretando entre sus dedos temblorosos una copa de cristal con licor que apenas había probado. En su rostro, habitualmente sereno y dominante, se dibujaba una mueca de marcada inquietud y pánico contenido.
Durante diez años se había sentido invulnerable, confiado en que la masacre en la catedral y la muerte de Alexander habían sepultado sus secretos financieros y criminales para siempre. Sin embargo, en las últimas semanas, un aire helado y amenazante había comenzado a recorrer los pasillos del bajo mundo de la ciudad.
Movimientos invisibles pero certeros estaban desmantelando sus rutas comerciales y bloqueando sus transacciones en el extranjero. Empresas fiduciarias con capitales rusos adquirían silenciosamente las deudas de sus socios principales, dejándolo acorralado sin que pudiera identificar a su adversario. Pero lo que verdaderamente le helaba la sangre eran los rumores de los salones clandestinos: se hablaba de la llegada a la metrópoli de un nuevo e implacable líder, un ejecutor conocido simplemente como "Sasha", el único heredero y mano derecha de Valentine Rostova, el temido capo supremo de la mafia rusa.
El padre de Isabella se detuvo frente al ventanal, observando la oscuridad del jardín. La sola mención del nombre de Valentine despertaba en él un pavor visceral. Sabía que la mafia rusa no perdonaba traiciones ni intromisiones en su territorio. ¿Acaso los rusos habían descubierto el uso fraudulento de su nombre en el atentado de diez años atrás? ¿O este nuevo heredero venía a cobrar cuentas del pasado? El sudor frío le corría por la nuca; la sensación de ser una presa acechada por un depredador invisible no lo dejaba dormir.
—No puede ser... —murmuró para sí mismo con la voz rasposa, dando un trago desesperado a su copa—. Alexander está muerto. Lo vi en la morgue, lo sepultamos bajo tierra. Nadie sobrevivió a esa noche... Nadie.
Trataba de convencerse a sí mismo de que se trataba de una coincidencia comercial, pero en el fondo de sus entrañas, el instinto le gritaba que una sombra del pasado caminaba a paso firme hacia su puerta.
A varios kilómetros de allí, en la terraza privada del penthouse de lujo en el edificio Le Prestige, la atmósfera era de un dominio absoluto y sereno. La brisa nocturna movía los abrigos oscuros de dos hombres que contemplaban las luces infinitas de la metrópoli desde la altura.
Valentine Rostova, con su cabello entrecano peinado hacia atrás y su porte de monarca de las sombras, sostenía un cigarro encendido entre los dedos, dejando que el humo denso se disipara en el aire frío. A su lado, erguido con la firmeza de un guerrero de acero, Alexander mantenía la mirada fija en el horizonte urbano.
—Los informes de inteligencia confirman lo que esperábamos, Sasha —habló Valentine con su voz grave y pausada, impregnada de una autoridad indiscutible—. Tu exsuegro ha comenzado a sentir la presión de nuestra tenaza financiera. Ha cancelado sus reuniones públicas y ha triplicado la guardia armada alrededor de su residencia. El pánico está haciendo mella en su juicio.
Alexander no cambió la postura ni parpadeó. Su rostro, esculpido por diez años de entrenamiento táctico y disciplina militar, lucía impenetrable, aunque en el fondo de sus ojos azules ardía el fuego de un ajuste de cuentas impostergable.
—Sabe que alguien está cerrando el cerco, pero sigue en la ignorancia sobre mi verdadera identidad —respondió Alexander con tono frío y seco—. Cree que es una maniobra corporativa del clan ruso. No imagina que el hombre al que mandó a silenciar en la catedral está respirando el mismo aire a pocos kilómetros de su casa.
Valentine dejó escapar una bocanada de humo y giró levemente la cabeza para observar a su hijo. Había un profundo orgullo en la mirada del anciano capo. Alexander no solo había sobrevivido al veneno de la muerte y al proceso de reanimación, sino que se había transformado en el estratega más brillante e implacable que el imperio de los Rostova hubiera conocido jamás.
—Ha llegado el momento de dar el siguiente paso en el plan, hijo mío —declaró Valentine, apoyando una mano pesada y firme sobre el hombro de Alexander—. La asfixia económica ha cumplido su propósito: aislarlo de sus aliados y dejarlo sin recursos de escape. Ahora debemos forzar la confrontación en su propio terreno.
—La gala de la alta sociedad a finales de esta semana —agregó Alexander, completando la idea de su padre con precisión matemática—. Él estará allí buscando inversionistas extranjeros para salvar sus empresas en quiebra.
—Exactamente —asintió Valentine con una sonrisa gélida—. Harás tu presentación oficial ante la élite de esta ciudad no como un fantasma del pasado, sino como Sasha Rostova, el heredero absoluto de mi imperio. Te presentarás ante él, lo mirarás a los ojos y dejarás que la duda y el terror le destrocen la mente antes de darle el golpe definitivo.
Alexander apretó el puño en el bolsillo de su abrigo. La estrategia era impecable. Revelarse en un evento de semejante magnitud no solo acorralaría al culpable del atentado, sino que le abriría la puerta para reingresar al círculo social donde Isabella se movía, iniciando el proceso para liberarla de la mentira en la que había vivido durante una década.
—¿Y si intenta un movimiento desesperado? —preguntó Alexander, evaluando cada variable del escenario estratégico.
—Nuestros hombres controlarán los accesos, la seguridad privada y las comunicaciones del recinto —aseguró Valentine con total serenidad—. No podrá mover un solo dedo sin que lo sepamos. Además, tus guardaespaldas encubiertos mantienen el perímetro de Isabella y del pequeño Alex totalmente blindado. Nada tocará a tu familia.
Al escuchar el nombre de su hijo, la dureza en la expresión de Alexander se suavizó por un instante imperceptible. El recuerdo del encuentro en el parque, la voz del niño llamándolo "señor Sasha" y la sonrisa luminosa de Isabella regresaron a su mente como un bálsamo en medio de la tormenta. Todo el poder del imperio ruso, todas las maniobras financieras y cada paso táctico tenían un único y sagrado fin: proteger a ese niño de diez años y devolverle a Isabella la verdad y la paz que le fueron arrebatadas.
—Todo está listo entonces —sentenció Alexander, volviendo a fijar la mirada en las luces de la ciudad bajo la lluvia—. Él cree que los secretos que sepultó en la catedral quedaron olvidados bajo tierra. No sabe que la muerte le devolverá la visita vestida de etiqueta.
Valentine dio la última pitada a su cigarro y lo arrojó hacia el foso de la terraza, observando cómo la pequeña brasa se apagaba en la caída.
—El juego de sombras ha terminado, Sasha. Prepárate para reclamar lo que por sangre, historia y derecho le pertenece a la estirpe Rostova.
Alexander asintió en silencio, sintiendo cómo el destino aceleraba su marcha. Mientras en la mansión su enemigo se ahogaba en sospechas y pánico en medio de la penumbra, en el penthouse de los Rostova se afinaban los últimos detalles de una jugada magistral que cambiaría la vida de Isabella y de su pequeño Alex para siempre.