Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 12: La sombra del espejo
Punto de vista: Alexander
El sonido de la puerta del taller de diseño al cerrarse tras mi salida no logró calmar el caos que llevaba dentro del pecho.
Caminé por el pasillo de la torre con la mandíbula tensa, sintiendo todavía en la yema de los dedos el ardor eléctrico del roce con la mano de Alana.
Esa noche anterior había sido un infierno silencioso. Me había acostado esperando, como cada madrugada de los últimos seis meses, que la oscuridad de la habitación me devolviera su imagen, que el mundo onírico me regalara su risa y su cuerpo contra el mío en la terraza. Pero lo único que encontré al cerrar los ojos fue una negrura espesa, fría y vacía. Un silencio absoluto que me dejó con una sensación de pérdida insoportable.
En mi mente, creía que era una consecuencia lógica de la realidad: verla descubriéndome con Victoria, escuchar su desprecio sutil y chocar de frente contra mi propia jaula de oro había destruido el frágil puente de mis fantasías. Pensé que mi propia mente, agobiada por la culpa y el compromiso, me había cerrado las puertas de ese sueño por fin. Jamás se me habría cruzado por la cabeza que ella también lo hubiera extrañado o que hubiera pasado la noche en blanco buscando lo mismo. Para mí, el sueño era mi propio castigo privado.
Y tenerla enfrente, oliendo a ese perfume de flores silvestres mientras me hablaba con una frialdad profesional impecable, me estaba volviendo loco.
Me detuve frente a los ventanales de mi despacho privado, mirando los rascacielos de Los Ángeles bajo la luz de la mañana. Me pasé las manos por el rostro, maldiciendo en voz baja.
—Estás perdiendo el juicio, Alexander —me dije a mí mismo, apoyando la frente contra el cristal frío.
La puerta de la oficina se abrió con suavidad y Lucas entró sin pedir permiso, con una taza de café humeante en la mano y una ceja alzada con esa expresión socarrona que me daban ganas de golpearle la cara.
—Muy sutil, eh —comentó Lucas, recargándose contra el marco de la puerta mientras le daba un sorbo a su taza—. Casi congelas a los pasantes con esa mirada de pocos amigos. Y eso sin contar que le dijiste «Alana» frente a todo el mundo y con el novio —o lo que sea que sea el chico rizado— a medio centímetro de distancia a punto de saltarte a la yugular.
Me giré lentamente, cruzándome de brazos mientras lo miraba con severidad.
—Cierra la boca, Lucas.
—No, hermano, el que tiene que abrir los ojos y despertar eres tú —respondió Lucas con más seriedad, dando un paso al frente y dejando su taza sobre mi escritorio—. Te estás arriesgando demasiado. Victoria llamó hace una hora para confirmar los detalles de la prueba del menú de la boda esta noche. Y tú estás aquí, con los nervios de punta, persiguiendo con la mirada a una pasante latinoamericana como si te fuera la vida en ello.
—No la estoy persiguiendo —repliqué con voz ronca, aunque sabía perfectamente que la mentira sonaba hueca incluso para mí.
—¿Ah, no? —Lucas soltó una risa seca—. Entonces explícame por qué tienes esa cara de desenterrado y por qué le hablas con esa urgencia contenida. Alana es brillante, sí, su proyecto para Malibú es el mejor de la promoción... pero está a milímetros de convertirse en tu ruina si los Sterling huelen algo raro.
Me quedé en silencio, apretando los dientes. Tenía razón. Todo en mi vida estaba atado con hilos de seda y contratos multimillonarios. La boda con Victoria no era negociable para el consejo directivo, y cualquier escándalo con una pasante destruiría en semanas lo que mi familia tardó décadas en construir.
—Me encargaré de mantener las distancias —mentí, sintiendo un sabor amargo en la boca.
—Más te vale —advirtió Lucas antes de darse la vuelta para salir de la oficina—. Porque anoche te vi en la terraza del club de golf pensando en ella. Y un hombre que mira al vacío de esa forma con una sortija de compromiso en la mano es una bomba a punto de estallar.
Cuando Lucas cerró la puerta, el despacho volvió a quedarse en silencio.
Me acerqué al escritorio y tomé la carpeta con los cálculos que Alana me había entregado. Abrí las páginas y encontré su caligrafía perfecta, trazada a mano con una precisión que delataba su pasión por cada detalle. En una esquina de la hoja, había dibujado un pequeño esbozo rápido: una línea de olas rompiendo contra la roca del acantilado.
La tentación de llamarla a mi despacho bajo cualquier pretexto absurdo me latía en las sienes con fuerza. Quería escuchar su voz sin la armadura del profesionalismo, quería saber si ella también había sentido el vacío de la noche anterior, aunque fuera por razones distintas.
Pero me contuve. Me obligué a cerrar la carpeta, respirar hondo y recordarme a mí mismo quién era y a quién le debía explicaciones.
La prueba del menú con Victoria me esperaba esa noche. Y el abismo entre el hombre que yo soñaba ser y el rehén que la realidad obligaba a interpretar se hacía cada vez más profundo.