Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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LA SOMBRA DE UNA AMENAZA
El inframundo nunca había parecido tan silencioso.
Hades permanecía sentado en su trono, con una mano apoyada sobre el brazo de piedra y la mirada perdida en las llamas oscuras que ardían a ambos lados del salón. Había intentado concentrarse en los asuntos de su reino, pero cada vez que cerraba los ojos recordaba el rostro de Alison.
No seas tú quien me niegue las respuestas siempre.
Sus palabras lo perseguían.
No estaba acostumbrado a que alguien le exigiera explicaciones sin temblar ante él. Mucho menos estaba acostumbrado a sentirse culpable por no poder concederlas.
Durante siglos, sus decisiones habían sido incuestionables. Los mortales no le pedían explicaciones cuando llegaban a su reino. Los dioses discutían con él, lo desafiaban y, en ocasiones, intentaban utilizarlo, pero ninguno conseguía que dudara de su lugar en el mundo.
Alison había logrado algo que ni siquiera sus enemigos habían conseguido.
Lo hacía dudar de sí mismo.
—Mi señor.
Hades levantó la cabeza.
Uno de sus guardianes esperaba a unos pasos del trono.
—Habla.
—Hay una presencia en los límites del reino. No hemos podido identificarla.
La expresión de Hades cambió.
—¿Una presencia?
—No pertenece a ninguna de las almas que custodiamos. Tampoco parece una criatura del inframundo.
Hades se puso de pie.
—¿Desde cuándo está ahí?
—Desde hace poco. Se mueve entre las sombras y desaparece cada vez que intentamos acercarnos.
El dios descendió los escalones del trono.
—Refuerza las guardias. Nadie debe cruzar las puertas sin mi autorización.
—Como ordenéis.
El guardián se retiró.
Hades permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando el murmullo distante de su reino.
No era la primera vez que una criatura intentaba aproximarse a su palacio sin ser detectada. Sin embargo, había algo en aquella noticia que le provocaba una inquietud difícil de ignorar.
Los dioses estaban prestando atención a sus movimientos. Perséfone había comenzado a investigar a Alison. Zeus exigía su presencia en el Olimpo.
Y ahora alguien merodeaba por los límites de su reino.
Quizá no había relación entre aquellos acontecimientos.
Pero Hades había sobrevivido demasiado tiempo para confiar en las coincidencias.
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Alison decidió que no volvería a pasar otro día preguntándose dónde estaba Hades.
Al menos, eso se dijo mientras terminaba de arreglarse aquella mañana.
Había aprendido a vivir sin depender de nadie y no pensaba abandonar esa costumbre por un hombre que aparecía en su vida como una tormenta y desaparecía antes de que ella pudiera comprenderlo.
Sin embargo, mientras caminaba por la calle, se sorprendió mirando hacia la plaza.
Una parte de ella esperaba encontrarlo allí, apoyado contra la fuente, con aquella expresión seria que tanto le gustaba provocar.
No lo encontró.
Alison apretó los labios y siguió caminando.
Tenía asuntos propios que atender. Había libros que quería leer, lugares que deseaba conocer y decisiones que tomar sobre su futuro. No necesitaba resolver todos los misterios de Hades para continuar con su vida.
Pero necesitaba saber si podía confiar en él.
Y esa era una pregunta que no pensaba seguir evitando.
Cuando llegó a una pequeña tienda donde solía comprar papel y tinta, escuchó una voz detrás de ella.
—Alison Benet.
Se volvió.
Un hombre desconocido permanecía junto a la entrada. Vestía de manera elegante, con un abrigo oscuro y unos guantes que parecían demasiado finos para el clima. Su rostro era atractivo, aunque había algo en su mirada que hizo que Alison se sintiera incómoda.
No parecía alguien del vecindario.
—¿Nos conocemos? —preguntó ella.
El desconocido sonrió.
—Todavía no.
Alison lo observó con cautela.
—Entonces, ¿cómo sabes mi nombre?
—He escuchado hablar de ti.
—Eso no responde a mi pregunta.
La sonrisa del hombre se ensanchó ligeramente.
—Empiezo a comprender por qué has llamado la atención de ciertas personas.
Alison sintió que la conversación se volvía desagradable.
—Si tienes algo que decirme, dilo. Si no, tengo cosas que hacer.
El hombre inclinó la cabeza, como si apreciara su carácter.
—Solo quería advertirte que algunas compañías pueden resultar peligrosas.
Alison se quedó quieta.
No necesitaba que mencionara a Hades para comprender de quién hablaba.
—¿Quién eres?
—Alguien que conoce mejor que tú al hombre con el que estás pasando tanto tiempo.
Ella sintió una punzada de irritación.
—Si vienes a decirme que Hades tiene secretos, llegas tarde. Ya lo sé.
—¿Y aun así continúas viéndolo?
—Eso es asunto mío.
El desconocido la estudió con una curiosidad que no le gustó en absoluto.
—Tienes razón. Por ahora.
Aquellas dos últimas palabras hicieron que Alison frunciera el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que deberías pensar con cuidado antes de entregarle tu confianza a alguien que nunca te ha contado toda la verdad.
Alison dio un paso hacia él.
—No necesito que un desconocido me diga qué hacer con mi vida.
—Naturalmente.
El hombre se apartó de la entrada.
—Que tengas un buen día, Alison.
Ella lo vio alejarse entre la gente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando decidir si debía seguirlo para exigirle una explicación. Finalmente, desistió.
No sabía quién era aquel hombre ni por qué había decidido buscarla.
Pero una cosa estaba clara.
Alguien más sabía de su relación con Hades.
Y eso significaba que sus problemas ya no se limitaban a las preguntas que él se negaba a responder.
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Hades regresó al mundo mortal antes del anochecer.
No había planeado buscar a Alison, pero la noticia de aquella presencia en su reino y la creciente inquietud que sentía lo habían obligado a reconsiderar sus prioridades.
Necesitaba verla.
Necesitaba comprobar que estaba bien.
La encontró cerca de la plaza, sentada en un banco con un libro cerrado sobre las rodillas. No estaba leyendo. Tenía la mirada fija en el suelo y una expresión que él no le había visto antes.
—¿Alison?
Ella levantó la cabeza.
La sorpresa de su rostro duró apenas un instante. Después apareció una mezcla de alivio y enfado.
—Hades.
Él se sentó a su lado.
—¿Ha ocurrido algo?
Alison lo miró de reojo.
—Depende. ¿Vas a marcharte si te lo cuento?
La pregunta le dolió más de lo que esperaba.
—No, si puedo evitarlo.
Ella dejó escapar un suspiro.
—Hoy se me acercó un hombre. Sabía mi nombre y sabía que paso tiempo contigo.
Hades se quedó inmóvil.
—Descríbemelo.
Alison lo observó con atención.
—¿Por qué?
—Porque necesito saber quién era.
—¿Lo conoces?
—No lo sé.
Ella frunció el ceño.
—Hades, eso no tiene sentido. Si no lo conoces, ¿por qué necesitas saber quién es?
Él respiró profundamente.
La respuesta era sencilla: porque nadie debía acercarse a Alison para amenazarla. Porque los dioses tenían demasiadas maneras de convertir a un mortal en un instrumento de sus disputas. Porque, si alguien había comenzado a utilizarla para llegar hasta él, debía averiguarlo antes de que fuera demasiado tarde.
Pero no podía decirle todo aquello sin revelar cuánto sabía sobre los peligros que la rodeaban.
—Me preocupa que alguien intente utilizarte para hacerme daño —respondió.
Alison dejó de moverse.
—¿Por qué querrían hacerte daño?
Hades sostuvo su mirada, pero no encontró una respuesta que no abriera nuevas preguntas.
Ella soltó una risa sin humor.
—¿Lo ves? Eso es exactamente lo que me ocurre contigo. Me dices algo que parece importante y, cuando intento comprenderlo, vuelves a cerrar la puerta.
—No quiero mantenerte a oscuras.
—Pero lo haces.
Hades bajó la mirada.
Alison se levantó del banco y caminó unos pasos antes de volverse hacia él.
—No sé quién eres cuando no estás conmigo, Hades. No sé de dónde vienes realmente, qué clase de personas te rodean ni por qué pareces esperar que algo terrible ocurra cada vez que estamos juntos.
Él se puso de pie.
—Alison…
—Déjame terminar.
Su voz no era fuerte, pero tenía una firmeza que lo obligó a guardar silencio.
—Me gustas. No voy a fingir que no es así. Me gusta hablar contigo, me gusta cómo me haces sentir y me gusta descubrir las pequeñas cosas que intentas ocultar detrás de esa expresión de hombre que nunca se ríe.
Hades sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
Alison continuó:
—Pero no quiero que me guste alguien a quien tenga que perseguir para obtener una respuesta. No quiero pasarme la vida imaginando peligros que ni siquiera puedo ver. Y no voy a permitir que decidas por mí qué puedo soportar.
Él se acercó un paso.
—Nunca he querido que te sientas así.
—Entonces ayúdame a entender.
Hades la miró durante un largo momento.
Había llegado al límite de las explicaciones que podía ofrecer sin confesar su verdadera identidad. Si continuaba ocultándolo todo, terminaría perdiéndola poco a poco, no por la intervención de los dioses, sino por su propia incapacidad para confiar en ella.
—Hay cosas de mi vida que no puedo abandonar —dijo finalmente—. Mi ausencia no significa que haya dejado de pensar en ti. Y cuando me marcho, no siempre tengo la libertad de elegir cuándo regresar.
Alison lo escuchó sin interrumpirlo.
—No te estoy pidiendo que abandones tus responsabilidades —respondió—. Te estoy pidiendo que dejes de tratarme como si yo fuera una responsabilidad más que debes controlar.
Hades cerró los ojos un instante.
Aquella frase le mostró con una claridad dolorosa el error que estaba cometiendo.
Había intentado protegerla tomando todas las decisiones por ambos. Había confundido el cuidado con el control y el silencio con la seguridad.
Y Alison se negaba a aceptar aquel papel.
—Tienes razón —dijo.
Ella lo miró, sorprendida.
—Deja de decir eso como si fuera a resolverlo todo.
—No lo resolverá. Pero no voy a fingir que estoy equivocado solo porque no sé qué hacer.
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Alison pareció relajarse un poco.
Hades extendió la mano, pero no la tocó. Dejó que fuera ella quien decidiera si quería acercarse.
Después de unos segundos, Alison tomó sus dedos.
El gesto fue pequeño, pero él lo recibió como una oportunidad que no merecía dar por segura.
—No puedo contártelo todo hoy —dijo—. Pero voy a dejar de pedirte que confíes en mí sin darte ninguna razón para hacerlo.
Alison lo observó.
—¿Es una promesa?
Hades asintió.
—Sí.
Ella apretó suavemente su mano.
—Entonces no la rompas.
Él quiso responder que preferiría enfrentarse a cualquier ejército antes que decepcionarla.
Pero sabía que las palabras no bastaban.
Esta vez tendría que demostrarlo.
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Muy lejos de la plaza, Perséfone contemplaba una superficie de agua oscura.
La imagen mostraba a Alison y Hades sentados juntos, con las manos entrelazadas. La reina observó la escena sin pestañear.
Había enviado a alguien para averiguar qué clase de mujer era aquella mortal. No esperaba que el resultado de aquella investigación le provocara una inquietud tan profunda.
Alison no poseía poderes extraordinarios. No parecía conocer los secretos del mundo divino ni tener idea de la magnitud de la fuerza que la rodeaba.
Y, aun así, Hades había comenzado a cambiar sus decisiones por ella.
Perséfone apartó la mirada del agua.
—¿Qué tienes que no pueda ofrecerte yo? —susurró.
La pregunta no obtuvo respuesta.
Durante siglos, había intentado comprender la distancia entre ella y su esposo. Había culpado a las obligaciones de su reino, a su carácter reservado y a las heridas que ambos se habían causado.
Pero nunca había imaginado que una mortal pudiera atravesar aquella distancia con tanta facilidad.
No quería reconocerlo.
No quería aceptar que Hades pudiera encontrar en otra persona una felicidad que jamás había conseguido construir con ella.
La reina cerró los dedos sobre el borde de la fuente.
El agua tembló.
—Si él no es capaz de alejarse por voluntad propia…
Se interrumpió.
Todavía no estaba preparada para terminar aquella frase.
Una parte de ella comprendía que cualquier acción contra Alison podía provocar una reacción de Hades que ya no podría controlar. Otra parte, más oscura y herida, comenzaba a convencerse de que la mortal era el origen de todos sus problemas.
Perséfone se alejó de la fuente.
No tomaría una decisión aquella noche.
Pero había dejado de pensar en Alison como una simple distracción.
Ahora la consideraba una amenaza.
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Hades acompañó a Alison hasta su casa.
Durante el camino hablaron de cosas sencillas: de un libro que ella quería terminar, de una tienda que acababa de abrir y de un perro callejero que había decidido seguirla durante varias calles.
Él escuchó cada palabra con una atención que no habría imaginado posible unas semanas atrás.
Cuando llegaron a la puerta, Alison se volvió hacia él.
—Gracias por escucharme hoy.
—Gracias por decirme lo que pensabas.
Ella sonrió.
—No te acostumbres. A veces también puedo quedarme callada.
—Eso me parece poco probable.
Alison le dio un golpe suave en el brazo.
—¡Hades!
Él soltó una risa y ella terminó riéndose también.
La tensión de la tarde pareció desvanecerse por unos segundos.
Entonces Alison se puso seria.
—¿Vas a volver mañana?
Hades sintió el peso de la pregunta.
No sabía qué órdenes recibiría del Olimpo ni qué nuevas amenazas podrían surgir. No podía garantizar que el mundo de los dioses le permitiera permanecer junto a ella.
Pero podía elegir no esconderse detrás de aquella incertidumbre.
—Voy a intentarlo. Y si no puedo venir, encontraré la manera de hacértelo saber.
Alison lo estudió antes de asentir.
—Eso me basta por ahora.
Se acercó y depositó un beso suave en su mejilla.
Hades permaneció inmóvil.
Aquel gesto ya no era una sorpresa como la primera vez. Sin embargo, cada vez que Alison se acercaba por voluntad propia, él sentía que algo dentro de sí se rendía un poco más.
Ella se apartó con una sonrisa traviesa.
—Buenas noches, señor Cara de Funeral.
—Buenas noches, Alison.
La puerta se cerró.
Hades permaneció unos segundos frente a la casa antes de alejarse.
No vio la figura que observaba desde el otro lado de la calle.
Un desconocido permanecía inmóvil bajo la sombra de un árbol, con la mirada fija en la puerta que Alison acababa de cerrar. Cuando Hades se marchó, el hombre esperó unos instantes y después sacó de su bolsillo un pequeño objeto oscuro.
Una superficie lisa, parecida a un fragmento de obsidiana.
El objeto brilló débilmente entre sus dedos.
—La he encontrado —murmuró.
Desde algún lugar lejano, una voz respondió.
—¿Y él?
El hombre miró en la dirección por la que Hades había desaparecido.
—Todavía no sabe que estamos aquí.
La superficie oscura volvió a brillar.
—Entonces no lo pierdas de vista.
El desconocido guardó el objeto y se alejó entre las sombras.
Aquella noche, mientras Alison se preparaba para dormir y Hades regresaba a un reino que comenzaba a volverse peligroso, una nueva pieza entró en juego.
Y ninguno de los dos sabía que, por primera vez, alguien había comenzado a seguirlos a ambos.
Alison todavía creía que su mayor problema era descubrir quién era Hades.
Pronto comprendería que había preguntas cuya respuesta podía cambiarlo todo.