PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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16
—Estoy completamente loca. Realmente estoy loca.
Mientras observo sigilosamente la habitación donde me encuentro, sigo pensando en el beso tan apasionante que acabo de obtener. Todavía siento sus labios en los míos.
La sensación de saciedad que no sabía que tenía. Quería más. Yo... quería más besos así, y eso, joder, era descabellado.
Había muerto en sus brazos; yo había muerto por su culpa. ¿Cómo es que yo...?
La puerta se abrió y allí estaba él de pie, con una bandeja de comida en la mano.
Habían pasado exactamente veinte minutos desde aquel beso, y seguía pensando en la forma tan abrupta en la que se alejó de mí, tan rápido que no me dio tiempo de reaccionar. Su lejanía me causó frustración. Simplemente salió de la habitación sin decir nada, dejándome aquí con las hormonas a flor de piel y la mente hecha un lío.
Él se adentra en la habitación, deja la bandeja en la mesa a un lado y piensa alejarse de nuevo, dejándome aquí.
—Tenemos que hablar —le dije, poniéndome de pie.
—Después, ahora come —dijo, saliendo de la habitación tan deprisa que no alcanzó a cerrar por completo la puerta.
Este comportamiento es absurdo, viniendo del Diego que no solía dejar la puerta abierta ni aunque estuviera bien ebrio.
Frustrada por esto, tomé la comida y comencé a comer en silencio. Al terminar, saqué mi teléfono y le marqué a Sofía. Pero en lugar de ella me respondió Max. Puse el teléfono en alta voz.
—Tu hermana está ocupada por ahora.
—Le dices que me llame apenas pueda —le dije, y pensaba colgar, pero él no tenía la intención.
—Escuché que estás saliendo con Diego —dijo, y me quedé viendo por la ventana.
Mantener a Max lejos de mí, y que mi hermana esté tranquila, es lo correcto.
—Así es —respondí, sintiendo un extraño nudo en el estómago.
—Pensé que no te gustaba, no parece ser tu tipo —dijo con un tono preocupado.
—Pues ya ves, soy toda una sorpresa —respondí.
La puerta se abrió y Diego estaba de pie allí, observándome fijamente con una mirada que reconozco...
En el pasado me dejó sin comunicación, y más si se trataba de Max.
—Solo cuídate, sí; después de todo eres mi cuñada, no me gustaría que te hicieran daño —dijo Max, y pude ver que Diego se ponía aún más tenso.
—Estaré bien, yo... tengo que colgar —dije, y no esperé respuesta.
Dejé el teléfono en mi regazo. Diego se acercó a mí, me tomó de la mano, me quitó el celular y lo lanzó a la cama. Iba a protestar, pero me arrastró con él fuera de la habitación.
Lo seguí en silencio hasta la planta baja, donde me hizo entrar a una oficina.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté al estar dentro.
—Estaré trabajando, no quiero que te aburras —dijo, y me dio una laptop—; te traje tu trabajo de mañana.
Lo miré.
—¿A qué te refieres? —pregunté, descolocada.
—Te quedarás aquí hasta el lunes, por eso he traído tu trabajo de mañana.
Sin más, se sentó en su escritorio y comenzó a teclear en su computadora.
Definitivamente, esto está mal.
—No me quedaré aquí cuatro días contigo —le dije, plantándome frente a él.
—Lo harás —dijo, apartando la vista de la computadora para verme fijamente—. Aunque prefiero que sea voluntariamente.
Solté una risa sarcástica.
—Sí, me quedaré aquí solo porque tú lo dices; se me olvidó que tú no obligas a nadie a quedarse.
Me crucé de brazos y él me ignoró por completo.
—Esta vez no tienes que forcejear; aunque lo hagas, no te dejaré ir.
Su calma me empezaba a impacientar.
—Diego...
—Tienes trabajo extra, empieza ahora para que termines a tiempo —dijo, señalando la computadora—. Dentro de tres horas no trabajamos, te sugiero que empieces.
Me le quedé viendo; realmente hablaba en serio. Con frustración, tomé la computadora, me dirigí al sillón y me senté con la laptop en mis piernas.
Observé todo lo que tenía por hacer; realmente mi jefe le había dado mi trabajo a él. ¿Cómo es posible?
Nos quedamos allí durante tres horas. Culminé primero que él, y me puse a observar la oficina en silencio. Nada fuera del otro mundo: libros y carpetas por todos lados. El único lugar estable y limpio parecía ser su escritorio.
Al fijar mis ojos allí, él me observa fijamente y me hace una seña para que me acerque.
—Ven aquí —dijo, y yo, por alguna razón, me puse de pie y me acerqué a él.
Al estar a su lado, señaló la pantalla.
—¿Qué crees que deba responder? —pregunta, señalando el correo electrónico que hay frente a mí.
Lo leo detenidamente y analizo la situación. Era un poco largo, así que tuve que mover mi peso de un pie a otro; fue cuando sentí su mano tomar mi cintura y dejarme sentada en su pierna derecha. Me sorprendió, quise ponerme de pie, pero su agarre era firme.
—Continúa —dijo, y como pude concentré mi vista y mi atención en el correo.
Aunque era casi imposible si su mano estaba en mi cintura ejerciendo presión de vez en cuando, y su dedo se movía levemente en círculos.
No quería admitir esto que siento; no quiero admitir que este Diego no se parece al Diego que conozco.
—No aceptar —respondí después de leer por completo el correo—. No hay razón para aceptar algo tan poco redactado.
Él se acercó a mí, dejando su cabeza en mi hombro y observando la pantalla; su cabello rozaba mi mejilla.
—Necesito esos terrenos —dijo él, y yo, tratando de mantener la compostura, evité verlo a los ojos.
—Pero se ve que les falta texto, solo desarrolla cosas sin sentido, no habla para nada del territorio, solo habla de lo que posiblemente puedes adquirir si lo compras. No te garantiza nada si llega a tener pérdidas.
Él me dio un beso en el hombro, desconcertándome.
—Eres muy interesante —susurró, viéndome a los ojos—. Tienes buen compromiso con tu trabajo, aun cuando estoy tratando de seducirte —dice, y sonríe en el proceso.
Yo trago saliva para evitar decir algo que me comprometa.
—Quiero ir a casa —términé diciendo.
Él apretó mi agarre y negó con la cabeza.
—Esta noche no, mañana temprano te llevaré —dijo, y me dio un beso en la mejilla.
Luego me dejó ponerme de pie; él hizo lo mismo y, de nuevo, tomó mi mano y me llevó con él a la cocina. Allí estaba una mujer mayor preparando la cena.
Ella nos miró y sonrió con alegría y nostalgia.
—Bienvenida a casa, señora —dijo ella, y yo me quedé inmóvil.
—Ella es Elizabeth; Eliza, ella es mi nana, Eva.
Me quedé viendo a la mujer fijamente. ¿Así que ella es la Eva de los sueños de Diego?
En el pasado, muchas veces, cuando terminaba ebrio sin conocimiento, él solía divagar ese nombre una y otra vez, con lágrimas en los ojos.
—Hola —dije, algo tímida.
—Hola —respondió ella.
Diego acarició mi mano levemente. Ellos se miraban fijamente con una sonrisa cómplice, ¿es como si estuviera conociendo a mis suegros?. Esa sensación de pánico.
—¿Ya van a cenar o todavía?
—Sí, sírvenos —dice Diego, llevándome con él al comedor.
Me quedé viendo el lugar; no era tan amplio como lo imaginaba. En la otra casa solíamos comer solo él y yo, y la mesa era enorme, lo que daba la sensación de que éramos como almas en pena en la casa.
Aquí es distinto; puedo ver que la mesa es redonda y los asientos están cerca el uno del otro.
Diego me toma de la mano nuevamente después de sentarnos.
—Deberías soltarme —le digo, y para mi sorpresa lo hace.
—¿Te gusta la casa? —pregunta, y yo lo miro fijamente.
—Sí, está muy bien. ¿Por qué me traes aquí? ¿Qué pretendes?
—Te dije que te iba a enamorar.
—No me gusta que seas así —le respondí—. Prefiero a la gente normal, que te invita a un café y no te trae a la casa de golpe.
—Bueno, tú y yo no somos gente normal. A ti te gusta mi comportamiento y tú me gustas tal y como eres.
—No es cierto, no me gusta tu comportamiento.
—Bueno, me explico mejor —dijo, tomando mi barbilla con sus dedos—. Te gusta como soy contigo, te gusta que te robe caricias y que te desconcentre, y suelo complacerte.
—Estás equivocado, detesto que tomes decisiones sin mi consentimiento.
—Te preguntaré de ahora en adelante.
—¿Aceptarás que te rechace si no me gusta?
—Sí, solo si puedo remediarlo.
—No entiendo...
Eva entra al comedor con la comida, interrumpiendo nuestra conversación.
Yo me quedo en silencio y él ayuda a la anciana a servir la comida.
Ambos comemos en silencio, y eso lo hace más complicado. ¿Por qué hace un tiempo yo no hubiera permitido esto, y aquí estoy, comiendo tranquilamente con el hombre que juré no querer?, y aunque me cueste admitirlo, Diego no parece ser el mismo hombre de mis recuerdos...
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