Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Homicida en potencia
Cassidy
Miro los ojos verdes de mi hermano y le doy mi mejor sonrisa.
Esa.
La que descubrí cuando tenía unos seis años y que, desde entonces, utilizo cada vez que necesito manipularlo.
—Es solo el idiota que dañó a esa preciosidad —digo, señalando a la víctima de homicidio frustrado.
Luke observa la Ducati.
Silba.
Después mira a Adamo como si acabara de verlo patear a un cachorro delante de nosotros.
Probablemente es la misma expresión que puse yo cuando vi la moto.
Definitivamente hay personas que no saben apreciar la belleza.
Adamo Greco es una de ellas.
Manny sale de la pequeña oficina del fondo ya sin el overol del taller. Lleva jeans, una sudadera gris y la misma cara de cansancio que tiene todos los viernes.
Se detiene cuando ve a Adamo.
Después me mira a mí.
Luego a Luke.
—¿Y este quién es?
Suspiro.
—El imbécil que no sabe usar una Ducati con amor.
Manny mira la moto.
Silba también.
—¿Qué tienen los hombres con silbarle a una moto herida? —pregunto.
—Es una expresión de duelo —dice Luke.
Manny rodea la Ducati.
—Sí que me demoré cambiándome de ropa.
—Pasaron muchas cosas mientras estuviste adentro, ¿no, Cassy? —pregunta Adamo.
Eleva una ceja.
Lo miro.
Luke arruga el ceño inmediatamente.
—¿Qué quiso decir, Cass?
—Nada.
—¿Segura? —pregunta el imbécil.
Le lanzo mi mejor mirada.
La que anuncia que el documental de Netflix está empezando a respirar peligrosamente cerca de mi cuello.
Siempre he pensado que estoy a una mala conversación de matar a alguien.
No es que quiera hacerlo.
Bueno… No siempre.
Es más bien que mi cerebro disfruta demasiado imaginando escenarios.
Tengo una lista mental de personas que podrían conseguir que pierda finalmente la paciencia.
Mi padre ha ocupado el primer lugar durante años.
Adamo acaba de ingresar al ranking y parece estar haciendo un esfuerzo extraordinario por ascender.
Mi fascinación por los asesinos probablemente tampoco ayuda.
Sé demasiado sobre ellos.
Casos sin resolver, perfiles criminales, errores absurdos que terminaron enviando a personas a prisión después de años creyéndose más inteligentes que todos.
Siempre me ha parecido interesante lo mismo: la mayoría no cae por grandes investigaciones brillantes.
Cae porque se vuelve arrogante.
Porque habla.
Porque repite patrones.
Porque cree que puede controlar todas las variables.
Y nadie puede controlar todas las variables.
Por eso el Asesino del Zodíaco siempre me resultó fascinante.
No porque lo admire, sino porque seguimos hablando de él precisamente porque nunca pudimos cerrar la ecuación.
Lizzie Borden también.
Aunque con ella admito cierto cariño irracional.
Quizá porque un hacha tiene algo excesivamente teatral.
¿Debería preocuparme que mi interés por los homicidios comenzara aproximadamente cuando vi por primera vez a mi padre tratar a Luke como si fuera basura?
Probablemente.
¿Voy a analizarlo?
No.
Eso parece trabajo de un terapeuta y los terapeutas cobran por hora.
—No me gusta esa mirada —dice Adamo.
Parpadeo mientras mi cerebro decide volver al taller.
—¿Qué mirada?
—Esa.
—Muy descriptivo.
—La que dice que estás calculando todas las posibilidades de deshacerte de mi cuerpo.
Lo miro fijamente.
—Créeme, si algún día decido matarte, el verdadero problema no será hacerlo.
Luke gira la cabeza hacia mí.
—Cass.
—¿Qué?
—Intenta no amenazar a los clientes.
—Él empezó.
Adamo sonríe.
—¿Cómo exactamente?
—Existiendo de manera irritante.
Manny suelta una carcajada mientras toma sus llaves.
—Suenas como mi familia —murmura Adamo.
Lo dice distraído, casi para sí mismo.
Y después sus ojos bajan.
A mi boca.
Mierda.
La mía se seca inmediatamente.
Recuerdo el beso.
Recuerdo su mano en mi cintura.
Y, especialmente, recuerdo el sabor picante de su lengua cuando decidió que colaborar con mi pequeña actuación significaba prácticamente devorarme delante de Travis.
Sí.
Yo lo besé primero.
Pero el imbécil siguió el juego demasiado bien para mi gusto.
Y mi cuerpo, traidor como siempre, parece recordarlo con una precisión completamente innecesaria.
—Bueno —dice Luke.
Su voz me hace apartar los ojos de Adamo.
Gracias a Dios.
Mi hermano se acerca a la Ducati.
—¿Qué encontraste?
Por fin.
Un tema que no involucra mi boca.
—Está recalentando. Tiene el radiador lleno de arena y barro fino. Quiero limpiarlo bien antes de asumir que eso es todo. También quiero revisar el filtro, refrigerante y el embrague.
Luke se agacha.
Pasa los dedos por una de las zonas que limpié.
—¿La metiste a las dunas así?
Adamo se encoge de hombros.
—Para eso la compré.
Luke lo observa.
—No sé si admirarte o golpearte.
—Ya intenté la segunda —digo.
Adamo me mira.
—No fue particularmente efectivo.
—Puedo intentarlo de nuevo.
—Cass.
—Luke.
Mi hermano niega con la cabeza.
—¿Qué pasó con el embrague?
—Dice que estuvo un rato jugando con él en arena profunda.
—No dije jugando.
—Lo hiciste patinar durante media hora.
Luke levanta lentamente la mirada hacia Adamo.
La expresión es casi de dolor.
—¿Media hora? —pregunta mi hermano.
—Quizás exageró.
—No exageré —defiendo.
—Tenía que sacarla —replica.
—Y la sacaste —digo—. Felicitaciones. Después te dejó tirado.
Adamo mete las manos en los bolsillos.
—No es una historia particularmente favorable contada de esa manera.
—Los hechos rara vez necesitan relaciones públicas —espeto en su dirección.
Luke sonríe.
Lo conozco suficientemente bien para saber qué significa esa sonrisa.
Le caigo bien cuando hago esto.
Siempre le ha gustado verme trabajar.
Él me enseñó prácticamente todo lo que sé sobre motores.
Lo que pasa es que en algún momento dejé de limitarme a aprender qué pieza hacía qué cosa y empecé a necesitar saber por qué.
¿Por qué ese metal?
¿Por qué ese ángulo?
¿Por qué esa temperatura?
¿Por qué esa presión?
¿Por qué determinada distribución del peso cambia completamente cómo responde una moto?
Luke me enseñó mecánica.
La física hizo el resto.
—¿Puedes arreglarla? —pregunta Adamo.
Me encojo de hombros.
—Probablemente.
Él entrecierra los ojos.
—¿Probablemente?
—No voy a darte un diagnóstico definitivo sin desmontar lo que necesito desmontar.
—¿Y cuánto cuesta?
—Tampoco lo sé todavía.
Eso parece sorprenderlo.
—¿No puedes darme un aproximado?
—Podría inventarte uno.
—Preferiría que no.
—Entonces mañana.
Miro la hora.
Casi las seis.
—La dejamos enfriar completamente. Mañana limpio, reviso todo y te llamamos con el presupuesto antes de cambiar cualquier pieza.
Luke asiente de acuerdo conmigo.
—Es lo correcto.
Adamo mira la moto.
Después me mira.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Trabajas los sábados?
—No.
—Cassidy —dice Luke.
Lo miro.
—¿Qué?
—Acabas de decirle mañana.
—Porque vendré.
—Tú nunca vienes los sábados.
—Mañana sí.
Una sonrisa lenta aparece en la cara del idiota italiano-griego.
—¿Por mí?
—Por la Ducati.
Luke Evans
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege