Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 16: Comida, risas y confusiones en la oscuridad.
Pasaron varios ciclos de calor y sombra, y poco a poco, la rigidez de los primeros días se fue desvaneciendo entre nosotros. Ya no era solo el Príncipe de las Sombras y la humana caída del cielo; éramos dos almas que habían encontrado su lugar, dos personas que aprendían a conocerse, a reírse, a compartir incluso las cosas más sencillas, cosas que para él, antiguo y poderoso, eran novedades, y para mí, frágil y nueva, eran descubrimientos llenos de magia.
Esa tarde, Lucien decidió que no comeríamos en los salones grandes y fríos, ni en las mesas de gobierno llenas de símbolos y protocolo. Mandó llevar todo hasta la terraza más alta del castillo, un lugar abierto, protegido por barreras de piedra y magia, donde el fuego oscuro del Abismo brillaba más intenso en lo alto, como si fuera una extraña versión de un cielo estrellado.
Había cojines gruesos y suaves esparcidos por el suelo, alfombras que amortiguaban cada paso y una mesa baja de madera oscura tallada con formas de criaturas aladas. Cuando llegué, ya estaba allí, esperándome, recostado cómodamente, sin las pesadas túnicas de gobernante, solo con una camisa ligera abierta en el pecho y pantalones ajustados, su cabello negro suelto y brillante, cayendo sobre sus hombros como una cortina de seda. Al verme entrar, sus ojos se iluminaron de inmediato, y esa sonrisa que solo yo provocaba apareció en sus labios, esa sonrisa que derretía cualquier rastro de oscuridad a su alrededor.
—Por fin —dijo, levantándose para venir a mi encuentro, tomarme de la mano y llevarme hasta el centro de todo—. Hoy no hay reglas, ni leyes, ni obligaciones. Hoy solo somos tú y yo, comida y tiempo para nosotros.
Me senté entre los cojines y miré todo lo que habían traído. Había platos de formas extrañas, frutas de colores intensos —morados, rojos profundos, azules oscuros—, panes que olían a especias y calor, cremas de texturas suaves y carnes que despedían un aroma delicioso y fuerte. Todo era distinto a lo que yo había conocido en mi vida anterior, todo tenía un aspecto exótico, hermoso y un poco aterrador al mismo tiempo.
Lucien se sentó a mi lado, tan cerca que nuestros hombros se tocaban, y me miraba con esa curiosidad eterna que nunca perdía, esa necesidad de ver cada una de mis reacciones.
—Prueba esto —me dijo, tomando una fruta pequeña, redonda, de color violeta oscuro, brillante como si estuviera cubierta de rocío, y acercándola a mis labios—. Es dulce, tiene un sabor que no encontrarás en tu mundo. Crece en los jardines profundos, donde la tierra tiene magia propia.
Abrí la boca y dejé que me la diera. Al morderla, el sabor estalló en mi lengua: dulce, sí, pero también con un toque ácido y fresco, una mezcla de sabores intensos que me hicieron abrir los ojos sorprendida.
—¿Te gusta? —preguntó él, ansioso, inclinándose hacia mí.
—Es… increíble —respondí, con la boca llena, sonriendo—. Nunca he probado nada igual. Es como si tuviera el sabor de todo este lugar, de la tierra, del fuego… Es delicioso.
Lucien soltó una carcajada, una risa profunda, sonora, que resonó en todo el espacio, una risa que pocas veces se permitía y que me llenaba de alegría escuchar.
—Me alegra oír eso —dijo, y tomó otra fruta para él, comiéndola con tranquilidad—. A veces olvido que para ti todo esto es nuevo. Lo que para mí es cotidiano, para ti es una aventura. Y me encanta ver cómo te asombras de cosas que para mí son simples. Me haces ver mi propio mundo con ojos nuevos, Isabela. Y te lo agradezco.
Seguimos comiendo, probando cosas distintas, y poco a poco empezaron las confusiones graciosas. Había un tipo de pan, oscuro y duro por fuera, pero suave y cremoso por dentro. Yo intenté partirlo con las manos, pero estaba tan duro que casi me lastimo los dedos, haciendo una mueca de esfuerzo que hizo reír a Lucien hasta que le salieron lágrimas de risa.
—Perdóname, pequeña mía —decía entre risas, acercándose para ayudarme, partiendo el pan entre sus dedos grandes y fuertes como si fuera mantequilla—. Olvidé que tu piel es suave y frágil. Este pan está hecho para ser comido por criaturas con garras y dientes fuertes, no para manos tan delicadas como las tuyas.
—¡Podrías habérmelo dicho antes! —me quejé riendo, dándole un golpecito en el brazo, golpe que a él no le hizo nada, pero que lo hizo reír más—. Casi me rompo los dedos creyendo que yo podía con él.
—Y te admiro por intentarlo —respondió, guiñándome un ojo, con esa expresión juguetona que pocas veces mostraba—. Esa terquedad tuya es una de las cosas que más me gustan.
Luego probamos una especie de crema, de color rojo intenso, que servían en cuencos pequeños. Yo la tomé con la cuchara y me la llevé a la boca sin pensarlo mucho. El sabor fue explosivo: picante, fuerte, intenso, mucho más fuerte de lo que estaba acostumbrada. Abrí la boca de golpe, sacando la lengua, sintiendo cómo me ardía todo el paladar, y Lucien, que estaba bebiendo algo, se atragantó de la risa al verme.
—¡¿Qué es esto?! —exclamé, buscando algo para beber, mientras él me alcanzaba rápidamente una copa con un líquido claro y fresco que calmó el ardor al instante—. ¡Quema! ¡Es como si me hubiera comido fuego de verdad!
—Es una crema de raíces del sur —explicó, todavía riendo, acariciando mi mejilla con ternura—. Es muy picante, sí. Solo los guerreros la comen, para tener más fuerza y resistencia. Sabía que era fuerte, pero quería ver tu cara al probarla. Ha sido el mejor espectáculo de los últimos siglos, te lo aseguro.
—¡Eres malvado! —le dije, fingiendo enfado, aunque yo también me reía—. Me has hecho comer algo que parece veneno solo por diversión.
—Nunca te daría veneno, pequeña mía —respondió, inclinándose para besarme la punta de la nariz—. Solo quería ver cómo reaccionabas. Y ha sido maravilloso.
Seguimos así, entre risas, pruebas y errores, confusiones graciosas con la comida, con los nombres de las cosas, con las costumbres que para él eran normales y para mí eran extrañas. En un momento, intenté explicarle cómo era la comida en mi mundo, las verduras, las carnes, las frutas que él no conocía, y él me escuchaba fascinado, haciéndome mil preguntas, queriendo saber cada detalle, como si cada cosa que yo le contaba fuera un tesoro.
—Entonces —dijo, apoyando la barbilla en su mano, mirándome con esa atención absoluta que siempre me dedicaba—, en tu mundo, la comida es más suave, más sencilla, más ligera. Todo lo contrario, aquí, donde todo es intenso, fuerte, lleno de sabor y de energía.
—Así es —respondí—. Allí comemos para vivir, para tener energía. Aquí… parece que comemos para sentir, para experimentar, para llenarnos de fuerza. Todo tiene un sabor que te llena entero.
—Porque aquí todo es más intenso —dijo él, bajando un poco la voz, mirándome a los ojos—. La vida es más fuerte, la muerte es más fuerte, el amor es más fuerte… y la comida también. Todo aquí se siente más profundo, más real. Y tú, con tus costumbres suaves, con tu forma de ver las cosas… me estás enseñando a disfrutar de la sencillez, de la calma, de las cosas pequeñas que nunca había valorado.
Se quedó en silencio un momento, mirando el fuego oscuro que brillaba sobre nosotros, iluminando la terraza con esa luz rojiza y profunda que siempre nos rodeaba.
—Antes de ti —continuó, con suavidad—, comer era solo una necesidad. Algo que hacía rápido, solo para recuperar fuerzas, para seguir gobernando, para seguir luchando. Nunca me sentaba tranquilamente, nunca disfrutaba, nunca me reía mientras lo hacía. Nunca pensé que podría ser divertido, ni agradable, ni algo para compartir.
Volvió a mirarme, y sus ojos brillaron con todo ese amor que me tenía, con toda esa gratitud que a veces me sorprendía.
—Pero contigo… todo cambia. Hasta comer se convierte en algo maravilloso. Porque puedo ver tu cara cuando pruebas algo nuevo, puedo escuchar tus risas, puedo explicarte cosas, puedo aprender de ti. Contigo, incluso en medio de esta oscuridad eterna, todo se vuelve ligero, todo se vuelve bonito, todo se vuelve feliz.
Me tomó la mano entre las suyas, entrelazando sus dedos con los míos, apretando suavemente.
—Me encantan estas confusiones, Isabela. Me encanta que no sepas cómo se come esto, o qué sabor tiene aquello, o para qué sirve lo otro. Me encanta que me preguntes, que te asombres, que te equivoques y te rías de tus errores. Porque cada vez que lo haces, me recuerdas que tú no eres de aquí. Me recuerdas que eres mi regalo, mi sorpresa, mi luz caída del cielo. Y me recuerdas que tengo toda la eternidad para enseñarte, para aprender, para reírnos juntos de todo lo que nos queda por descubrir.
Me acerqué más a él, recostando mi cabeza en su hombro, sintiendo su calor, su fuerza, su paz. A nuestro alrededor, todo era oscuridad, fuego, cosas extrañas y poderosas. Pero aquí, entre cojines y comida, entre risas y confusiones, todo se sentía sencillo, seguro, hogareño.
—Yo también me encanta —susurré—. Me encanta que me enseñes, que tengas paciencia, que te rías conmigo y no de mí. Me encanta que incluso las cosas más simples se vuelvan especiales cuando estoy contigo.
Lucien me rodeó con el brazo, apretándome contra él, y me besó la frente, despacio, con todo el amor del mundo.
—Entonces seguiremos así —dijo—. Seguiremos probando cosas nuevas, seguiremos confundiéndonos, seguiremos riendo. Porque esta es nuestra vida ahora. Una vida en la que la oscuridad ya no da miedo, porque está llena de nuestra luz, de nuestras risas, de todo lo que hemos construido juntos.
Y allí, en lo alto del castillo, bajo el fuego eterno del Abismo, con los restos de la comida exótica alrededor y las risas todavía resonando en el aire, entendí que no importaba cuán extraño fuera este mundo, ni cuán distintas fueran sus costumbres. Mientras estuviéramos juntos, todo tenía sentido. Todo era hermoso. Todo era nuestro.