De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 4 EL PRECIO DE LA VERDAD
Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños golpes que no llegaban a romperlos, pero que dolían lo suficiente para mantenerlos siempre al borde. El padre de Damián no se quedó quieto: concedió una entrevista en la que habló con voz suave y melancólica de su hijo, diciendo que lo único que quería era verlo volver a salvo, que lo habían influenciado y alejado de su familia, y que perdonaba todo con tal de que regresara. No dijo una sola mentira clara que pudiera ser refutada de inmediato; simplemente eligió qué partes contar y cuáles ocultar, y eso fue suficiente para que mucha gente empezara a pensar que Damián era un joven ingrato y caprichoso que se había dejado llevar por una mala influencia.
Damián leyó las reacciones en silencio, apretando los dientes con fuerza.
—Miente tan bien —murmuró— que hasta yo casi lo creo.
—Porque miente diciendo la mitad de la verdad —respondió Gael sentándose a su lado—. Eso es lo más peligroso. Pero no caigas en la trampa de intentar convencer a todo el mundo. Quienes te conocen de verdad no necesitan que les expliques cada cosa.
Sin embargo, el daño no tardó en sentirse. Gael empezó a tener problemas en los lugares donde solía trabajar: le cancelaron encargos sin explicación, le dijeron que su reputación estaba en duda y que preferían no involucrarse. Una tarde regresó a la pequeña casa con la mirada baja y le contó a Damián que incluso la persona que le había ayudado a esconderse en la cabaña había recibido amenazas y le había pedido que no volviera a contactarlo.
—Están cerrando todas las puertas —dijo Damián sintiendo que la culpa le pesaba en el estómago—. Poco a poco nos van dejando sin nadie, sin dinero, sin lugar a donde ir. Hasta que no tengamos más opción que rendirnos.
—No vamos a rendirnos —repitió Gael, pero su voz sonó más cansada que antes—. Solo significa que tenemos que ser más cuidadosos. Y que la señal de mi abuelo es la única pista que nos queda.
Esa noche se sentaron juntos a repasar todo lo que sabían: tres partes, tres documentos, tres lugares. La primera copia había estado en manos de la familia de Damián y había sido robada. La segunda… ¿dónde podría estar?
—Mi abuelo dijo que se fueron porque descubrieron que el tuyo planeaba destruir el bosque —recordó Gael—. Y tu madre dijo que el acuerdo era protegerlo. Si hay algo escondido… lo más lógico es que esté en el lugar donde todo empezó.
—La cabaña —dijo Damián al mismo tiempo que él.
Sabían que era peligroso regresar. Si alguien los vigilaba, ese sería el primer sitio donde buscarían. Pero también sabían que no tenían otra opción. Prepararon todo con extrema precaución: no hablaron de ello por teléfono, no escribieron la dirección en ningún lado, salieron en momentos distintos y tomaron caminos diferentes hasta encontrarse lejos de la ciudad, en un punto donde nadie los conociera.
El viaje fue largo y silencioso. Al llegar a los límites del bosque, ambos sintieron cómo la memoria regresaba con fuerza: la huida, el frío, el miedo, y también la promesa de no separarse. Caminaron despacio, pegados a los árboles, observando cada rincón antes de avanzar. Cuando por fin vieron la cabaña a lo lejos, notaron que no estaba abandonada como la dejaron: había huellas recientes alrededor, y la puerta, que antes estaba entreabierta, estaba cerrada con un candado nuevo.
—Ya llegaron antes que nosotros —susurró Damián con desesperación—. Perdimos.
—No necesariamente —respondió Gael mirando a su alrededor—. Si ya hubieran encontrado algo, no tendrían motivo para vigilar el lugar. Quizás solo saben que es importante, pero no saben dónde buscar exactamente.
Esperaron hasta que cayó la noche completa. Cuando todo quedó en silencio, se acercaron por detrás. Gael recordó que su abuelo le había mostrado una vez cómo levantar una tabla suelta del piso en la parte trasera, donde solían guardar provisiones. Con manos temblorosas por la tensión, encontró la tabla y la levantó. Allí, envuelta en una tela impermeable y atada con cuidado, había una caja metálica pequeña. Al abrirla, encontraron la segunda copia del acuerdo original, firmado por ambos abuelos, y una nota escrita con la letra del abuelo de Gael: *“No hubo robo. Hubo descubrimiento. El bosque esconde algo que no debió ser tocado. Si lees esto, significa que la mentira sigue viva. Busca la tercera parte donde el agua se encuentra con la piedra tallada”*.
Antes de que pudieran leer más, escucharon voces y luces de linternas acercándose rápidamente.
—¡Los encontré! —gritó alguien desde la oscuridad.
Gael cerró la caja de golpe, se la metió en la mochila y tomó a Damián de la mano.
—¡Corre! —le ordenó.
Corrieron entre los árboles en la oscuridad total, tropezando con raíces y ramas, mientras detrás de ellos los pasos y las voces se acercaban cada vez más. No sabían quiénes eran ni cuántos había, pero no podían arriesgarse a dejarse atrapar. Damián sentía que el corazón le iba a estallar, que sus piernas no daban más, pero apretaba la mano de Gael y seguía adelante, sabiendo que si se detenían lo perderían todo. Al llegar a la orilla del río, se escondieron detrás de unas rocas grandes y se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración, mientras las luces pasaban a pocos metros de ellos.
Cuando por fin el silencio volvió, estaban empapados, temblando y sin saber hacia dónde ir. Se sentaron en el suelo, protegidos por la sombra de los árboles, y Gael sacó la nota de nuevo.
—“Donde el agua se encuentra con la piedra tallada” —leyó en voz baja—. Esa es la tercera pista. Pero no sé dónde queda.
—Yo creo que sí —dijo Damián despacio—. Mi abuelo solía hablar de un monumento viejo que había en la parte más alta del terreno, cerca del nacimiento del río. Decía que era inútil y que algún día lo quitaría. Si tu abuelo lo sabía… ahí es donde debió esconder la última parte.
Pero también sabían que ese lugar sería el más vigilado de todos. Quien los perseguía seguramente ya lo conocía. Damián apoyó la cabeza en el hombro de Gael y soltó un suspiro pesado.
—Cada paso que damos nos cuesta algo —dijo con tristeza—. Nos quedamos sin casa, sin amigos, sin tranquilidad. ¿Vale la pena todo esto?
Gael lo miró a los ojos y respondió con toda la sinceridad que tenía:
—No lo sé. Pero prefiero perder todo lo demás a perderte a ti y que sigan mintiendo sobre nosotros. Y si descubrimos la verdad… al menos nadie podrá decirnos que no lo intentamos.
Se abrazaron bajo la luz tenue de la luna, sintiendo que el mundo entero se les venía encima, pero también sabiendo que mientras estuvieran juntos no tendrían que caer solos. La tercera prueba era la más difícil de todas, y aún no sabían si serían capaces de llegar hasta ella.