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ESENCIA CARMESÍ

ESENCIA CARMESÍ

Status: En proceso
Genre:Magia / Completas
Popularitas:211
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.

Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?

Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11 Primera pelea

Eran las dos y veinte de la tarde cuando Ali volvió a caminar por las calles más concurridas del centro.

Había pasado toda la mañana moviéndose de un escondite a otro: primero la fábrica abandonada, luego un portal de un edificio viejo donde se había quedado dormido media hora sentado en el suelo frío, luego un parque donde se había mezclado con los mendigos para que nadie le mirara. No tenía dinero. No tenía comida. Tenía tanta hambre que le dolía el estómago como si alguien le estuviera dando puñetazos por dentro. Pero no se atrevía a robar. No se atrevía a llamar la atención. Sabía que Némesis le buscaba por toda la ciudad. Cualquier error, cualquier gesto raro, cualquier uso mínimo de su poder… y le encontrarían.

Llevaba la capucha bien puesta, la cabeza baja, caminando pegado a las paredes, intentando ser el fantasma que siempre había sido. La gente pasaba a su lado sin mirarle: turistas con mapas en la mano, oficinistas apurados comiendo bocadillos mientras caminaban, parejas abrazadas que se reían sin saber que en su misma ciudad había hombres con batas blancas cazando personas como animales. París seguía siendo París. Hermosa. Indiferente. Ajena a todo el infierno que se estaba cocinando bajo sus calles.

Estaba cruzando una plaza pequeña cerca del ayuntamiento cuando lo sintió.

El cosquilleo familiar en la marca del cuello. Ese hormigueo frío que le avisaba de que había otro Despertado cerca. Muy cerca.

Levantó la vista.

Y lo vio.

Riven.

Estaba sentado en la pared de una fuente, comiéndose un helado de vainilla como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo, con la chaqueta de cuero puesta y las botas militares golpeando el aire con despreocupación. Notó la mirada de Ali y levantó la cabeza. Le sonrió con esa sonrisa burlona que le caía tan mal, y le hizo un pequeño gesto con la mano, como saludando a un viejo amigo.

Ali frunció el ceño. Dio media vuelta para irse. No quería problemas. No quería nada que ver con Riven ni con nadie más. Solo quería esconderse.

—No te vayas todavía, chico —escuchó la voz de Riven detrás de él, más cerca de lo que esperaba—. Creo que han venido a visitarnos.

Ali se detuvo.

Se giró despacio.

Riven ya no estaba sonriendo. Sus ojos verdes estaban fijos en un coche negro sin matrícula que acababa de detenerse en la otra acera de la plaza. Un coche grande, pesado, con los cristales tintados de negro que no dejaban ver quién iba dentro. Había aparcado en doble fila, sin importarle el tráfico que empezaba a acumularse detrás.

—¿Némesis? —preguntó Ali, con la garganta seca.

—Némesis —confirmó Riven, tirando el cono del helado al suelo con un gesto de desprecio. Se puso de pie. Los dedos de sus manos empezaron a emitir pequeñas chispas azules que bailaban alrededor de sus nudillos, crujiendo como electricidad estática—. Tres. Quizás cuatro. Van bien armados. Van por mí. Probablemente por ti también, ahora que estás aquí. Lo siento, mocoso. Te he arrastrado a mi mierda.

Antes de que Ali pudiera responder nada, las puertas del coche negro se abrieron de golpe.

Salieron cuatro hombres.

Todos vestidos igual: trajes tácticos negros, chalecos antibalas, cascos que les cubrían toda la cara dejando solo los ojos visibles, y en las manos unos rifles grandes que Ali no reconoció. No eran armas normales. Los cañones brillaban con una luz azul pálida y enfermiza. Se colocaron rápidamente en formación, apuntando directamente a donde estaban Riven y Ali. La gente de la plaza se dio cuenta. Empezaron los gritos. Gente corriendo en todas direcciones, madres cogiendo a sus hijos, turistas tirando sus cosas para huir, el pánico extendiéndose por la plaza en cuestión de segundos.

—¡RÍNDETE, DESPERTADO! —gritó uno de los hombres, con una voz metálica filtrada por el casco—. ¡NO QUEREMOS HACERTE DAÑO! ¡SOLO QUEREMOS HABLAR!

Riven soltó una carcajada seca.

—Hablar, mi culo —masculló. Miró a Ali por un instante, rápido, serio—. Quédate atrás. Y si puedes… cúbrete. Esto se va a poner feo.

Uno de los agentes disparó.

No salió una bala. Salió un rayo de luz azul brillante que silbó por el aire y golpeó el suelo justo donde Riven había estado un segundo antes. El cemento se derritió en un agujero negro y humeante, soltando un humo espeso que olía a plástico quemado.

Riven había saltado hacia un lado con una agilidad increíble. Aterrizó de rodillas en el suelo, levantó ambas manos hacia los agentes, y sonrió.

—Mi turno.

Toda la plaza se quedó a oscuras.

Los faroles de la calle, las luces de los escaparates, las pantallas de los anuncios, los coches que pasaban… todo se apagó de golpe en un radio de cien metros, como si alguien hubiera tirado del interruptor general de toda la ciudad. La gente gritó más fuerte, corriendo a ciegas en la penumbra.

Y entonces Riven atacó.

Lanzó rayos de electricidad azul brillante desde las yemas de sus dedos, uno tras otro, como si fuera una tormenta hecha persona. Uno golpeó el rifle de un agente, que estalló en mil pedazos, lanzando al hombre hacia atrás contra la pared de un edificio. Otro golpeó el capó del coche negro, que se incendió de golpe con un estallido metálico. Otro rozó el hombro de un segundo agente, que cayó al suelo temblando, convulsionando por la descarga.

Pero no eran cuatro contra uno. Eran cuatro contra dos. Y uno de los dos no sabía luchar.

Ali estaba pegado a la pared de la fuente, temblando como una hoja, mirando la batalla que se desarrollaba delante de sus ojos como si fuera una película de terror. Había visto poderes antes. Había usado los suyos. Pero nunca había visto una pelea de verdad. Nunca había visto a gente intentando matarse delante de él. Nunca había visto el daño real que podían hacer.

Un agente se separó del grupo. Se dio cuenta de que Ali estaba ahí, solo, sin defender, y giró hacia él. Apuntó con su rifle directamente al pecho de Ali.

—¡TÚ TAMBIÉN, ERES EL OTRO! —gritó el hombre a través del casco—. ¡NO TE MUEVAS!

Ali se quedó helado.

No podía moverse. No podía pensar. Todo su cuerpo se había paralizado por el miedo. Vio el cañón del rifle brillando en la penumbra. Vio el dedo del agente apretando el gatillo. Sabía que iba a disparar. Sabía que iba a morir ahí mismo, en una plaza cualquiera, a los diecisiete años, sin haber hecho nada bueno en su vida, sin haber vuelto a ver a su madre, sin haberle dicho a Damián…

No.

No podía morir así.

Las dos llamas rugieron dentro de su pecho.

Rojo y violeta.

Juntas.

Sin pedir permiso.

Ali levantó una mano delante de sí mismo, sin pensar, sin saber qué hacía.

Y una pared de luz roja brillante apareció de la nada justo delante de él.

El disparo azul del agente golpeó el escudo con un estruendo ensordecedor. Rebotó, se desvió hacia arriba, y estalló contra la fachada de un edificio, rompiendo tres ventanas y haciendo caer trozos de piedra. El agente se quedó quieto, sorprendido, con el rifle todavía apuntando. No esperaba que el chico asustado del rincón fuera capaz de hacer algo así.

Ali tampoco lo esperaba.

Miró su propia mano, temblando. La luz roja seguía ahí, delante de él, vibrando, caliente, protegiéndole. Había funcionado. Había creado un escudo. A propósito. Por primera vez en su vida.

—¡MALDITA SEA! —gritó el agente, enfurecido. Volvió a apuntar, esta vez con más rabia—. ¡TE MATARÉ!

Antes de que pudiera disparar otra vez, un rayo azul le golpeó de lleno en la espalda.

El hombre gritó y cayó al suelo, inconsciente. Riven estaba detrás de él, con el pelo revuelto, la chaqueta rota por un hombro, una herida pequeña en la frente que le sangraba por la ceja. Miró a Ali, miró el escudo rojo que todavía brillaba delante de él, y silbó bajo su aliento, impresionado a pesar de sí mismo.

—Vaya, mocoso —dijo—. No eres solo una cara bonita y llena de moretones, después de todo.

No tuvieron tiempo de más.

Escucharon sirenas. Muchas sirenas. Acercándose a toda velocidad desde todas las calles adyacentes. Luces azules y rojas empezaron a bailar en las fachadas de los edificios. La policía llegaba. Llegaban en masa, atraídos por el apagón, los disparos y los gritos de la gente.

—Tenemos que irnos —dijo Riven, tenso, mirando a su alrededor buscando una ruta de escape—. Si la policía nos coge, nos entregarán a Némesis en menos de una hora. Vamos.

Se giró para echar a correr hacia un callejón estrecho detrás de la fuente. Pero Ali no se movió.

Había visto algo.

O mejor dicho, a alguien.

Uno de los primeros coches de policía en llegar se detuvo en seco en la entrada de la plaza. La puerta del conductor se abrió de golpe. Un hombre salió, con el abrigo de policía azul marino, el pelo revuelto, una expresión de tensión y preocupación en la cara que Ali conocía demasiado bien.

Damián Cruz.

Había venido.

Estaba ahí.

Y lo estaba mirando.

Sus ojos se encontraron a través del caos, de la gente corriendo, del humo que salía del coche quemado, de la luz roja que todavía brillaba débilmente alrededor de la mano de Ali.

Damián se detuvo en seco.

Su cara se transformó.

No hubo miedo primero. Hubo sorpresa. Incredulidad. Confusión absoluta. Miró a Riven, que todavía tenía chispas saliendo de sus dedos. Miró el coche negro incendiado. Miró los agentes tirados en el suelo con sus armas raras. Miró el escudo rojo que Ali acababa de crear y que poco a poco se desvanecía en el aire. Miró la marca que brillaba en el cuello de Ali, ahora visible porque la capucha se le había caído hacia atrás en el movimiento.

Y lo entendió todo.

Todo encajó de golpe en su cabeza.

Los moretones que había visto la primera noche. La forma en que Ali temblaba sin razón. El estruendo que habían oído en el distrito de Belleville esa tarde. La luz roja y violeta del callejón. No eran trucos. No eran alucinaciones. Era real. Todo era real.

Ali se quedó petrificado.

No sabía qué hacer. No sabía si correr con Riven o quedarse. No sabía si Damián le arrestaría, le entregaría a los hombres de traje negro, o si…

—¡ALI, VAMONOS! —gritó Riven desde la boca del callejón, impaciente, asustado—. ¡SI TE QUEDAS, ESTÁS MUERTO!

Damián reaccionó entonces.

Empezó a caminar hacia él. No corría. No había sacado la pistola. Solo caminaba, despacio, con los ojos clavados en los de Ali, con una expresión que Ali no pudo descifrar. Era una mezcla de dolor, de preguntas sin hacer, de una tristeza profunda que le partió el corazón al chico.

—Ali —dijo Damián, muy bajito, solo para que él lo oyera, aunque la distancia y el ruido se lo impedían casi del todo. Sus labios formaron esas palabras: No te vayas.

Pero Ali no podía quedarse.

No podía confiar.

Riven tenía razón.

Todos tenían un precio. Todos le venderían.

Incluso él.

Incluso el hombre que le había dado café caliente y una manta limpia.

Las lágrimas se le salieron a los ojos sin querer. Negó con la cabeza muy despacio, una sola vez.

Damián entendió el gesto. Se detuvo. Cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, ya no había esperanza en su mirada. Solo aceptación.

Ali se giró.

Salió corriendo hacia el callejón donde Riven le esperaba. No miró atrás. No pudo. Si miraba, se quedaba. Y si se quedaba, moría. O peor.

Riven le agarró del brazo antes de que perdiera el equilibrio.

—¡Corre, maldita sea! —le gritó al oído, arrastrándole por el callejón oscuro y estrecho, alejándose de la plaza, alejándose de la policía, alejándose de Damián.

Detrás de ellos, las sirenas seguían sonando. La gente seguía gritando. Damián Cruz se quedó solo en medio de la plaza, mirando hacia el callejón vacío por donde se habían ido los dos chicos, mientras sus agentes corrían alrededor suyo intentando controlar el caos.

Se tocó el bolsillo interior de su abrigo.

Ahí tenía guardado el papelito que Ali había dejado en su casa esa mañana, con las dos palabras escritas con letra temblorosa: *Gracias*.

Lo apretó con fuerza entre los dedos.

Cerró los ojos.

Suspiró.

Y cuando los abrió otra vez, ya no había duda en su mirada.

Sabía la verdad.

Sabía lo que eran esos chicos.

Sabía lo que había pasado en el callejón.

Y sabía una cosa más:

No le iba a entregar a nadie.

No le iba a abandonar.

Aunque Ali creyera lo contrario.

Aunque Ali hubiera huido.

Empezó a caminar hacia sus agentes, dando órdenes firmes y secas, con la cara impasible de jefe de policía que todo el mundo conocía.

Pero en el fondo, en el rincón más oscuro de su mente, solo había un pensamiento:

Lo encontraré.

Y esta vez…

…no le dejaré irse solo.

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