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La Heredera que Él No Pudo Romper

La Heredera que Él No Pudo Romper

Status: En proceso
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Mujer poderosa / La mimada del jefe / Casada con el millonario / Amante arrepentido
Popularitas:236.5k
Nilai: 4.7
nombre de autor: lulu

Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.

Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.

Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.

Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.

Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

Después de firmar, le aventé el contrato a la cara.

—Quiero descansar. Lárguense. Ah, y llévate toda tu basura.

No podía creerlo.

Me gustaba desde los dieciséis.

Ocho años queriéndolo. Seis años de noviazgo.

¿Cómo apenas estaba viendo su verdadera cara?

Hasta tendría que darle las gracias a Iris. Si no fuera por ella, me habría casado con un hombre tan hipócrita y asqueroso.

Mi vida sí que habría sido una desgracia.

Clara se levantó furiosa.

—Lala, ese siempre ha sido tu problema. Tienes un carácter terrible. Mira a Iris, tan dulce, tan educada. Cada vez que me ve me trata con tanto cariño...

Me tragé el asco.

En ese momento Taco, mi perro, cruzó por la sala.

Volteé.

—Taco, muérdelos.

—¡Guau! ¡Guau, guau!

Taco entendió perfecto. Se lanzó hacia ellos ladrando como loco.

—Tú... tú eres... —Clara se puso pálida del coraje y retrocedió, agarrada de Damián.

Damián me miró como si no me conociera.

—Lala, te pasaste. De verdad me equivoqué contigo.

Sonreí con frialdad.

Yo también me había equivocado con él.

Madre e hijo huyeron de mi casa, tan alterados que olvidaron llevarse la basura del piso.

Miré las cajas.

Bueno. Mañana alguien las tiraría.

A la mañana siguiente recibí una transferencia de dos millones de pesos.

Estaba furiosa, sí, pero no iba a pelearme con el dinero.

Además, quería ver con mis propios ojos cómo se veía Iris muriéndose.

Empaqué las joyas que había preparado para mi boda y fui al hospital privado.

De camino, mi padre me llamó.

—Iris está enferma y tú, como hermana mayor, ni siquiera vienes a verla. Igualita a tu madre, sin corazón.

Siempre empezaba igual. Regaños, insultos, órdenes.

Ya estaba acostumbrada.

—¿Quiere que pase por copal y ruda para hacerle una limpia?

—¡Lala Salcedo! ¿Qué tontería estás diciendo?

—Para espantar la mala energía y sacar la enfermedad. ¿Qué creyó?

Se quedó sin palabras.

Sonreí.

—Y de paso celebramos.

—Tú... Lala, eres igual que tu madre...

Colgué antes de que ensuciara el nombre de mi mamá.

Imaginarlo rojo de coraje, sin poder terminar la frase, me dio una pequeña alegría.

La noche anterior, mientras no podía dormir, pensé que tal vez Iris estaba pagando por todos los pecados de sus padres.

El cielo tarda, pero a veces sí llega.

Cuando llegué a la puerta de la suite médica, levanté la mano para tocar.

No alcancé.

Desde adentro escuché otra ronda de calumnias.

—Lala seguro está feliz. Desde niña rechazó a Iris. Se aprovechaba de ser la hermana mayor para maltratar a sus hermanos. Ahora que Iris tiene cáncer, seguro hasta sueña con verla muerta.

Era Tamara. Hablaba con voz quebrada.

Luego empezó a llorar.

—Qué vida tan miserable la mía. ¿Por qué Dios no se lleva a esa maldita niña? ¿Por qué tiene que hacerle esto a mi hija?

Empujé la puerta de golpe.

La hoja chocó contra la pared.

Mi padre abrazaba a Tamara, consolándola con una ternura que jamás tuvo para mi madre.

Qué amor tan bonito.

Todos voltearon a verme.

El aire se congeló.

Damián fue el primero en hablar.

—Lala, viniste.

Se acercó con expresión amable.

Yo ni lo miré.

Saqué un encendedor, un sahumerio pequeño, un puño de copal y un manojito de ruda de la bolsa.

Su cara cambió.

—¿Qué vas a hacer?

—Quitarles la mala suerte.

Héctor entendió de inmediato y me señaló.

—Lala, si te atreves...

No terminó.

Encendí el carbón del sahumerio y eché encima el copal.

El humo blanco subió de golpe.

Damián retrocedió tosiendo, con la cara tiesa.

Los demás también se hicieron a un lado, torpes, espantados antes de mojarse de verdad.

La escena fue ridícula.

No hacía falta explicarlo. Una limpia con copal y ruda era para espantar lo malo. En una suite médica privada era una barbaridad, claro, pero todos entendían perfectamente el mensaje.

Agité la ruda sobre el humo tres veces.

La habitación se llenó de humo.

Si no hubiera habido otros pacientes en el piso, habría traído una curandera con campanita y todo, para mandar a Iris directo al más allá bien purificada.

El olor a copal llenó la suite.

Como era de esperarse, el detector de humo se activó.

Sonó la alarma.

Los rociadores del techo se abrieron con un golpe seco.

Agua por todos lados.

La suite privada, carísima y elegante, se convirtió en una regadera pública.

Tamara gritó.

Iris, desde la cama, llamaba:

—¡Mamá! ¡Mamá!

Yo estaba en la puerta. Di dos pasos hacia atrás y quedé fuera del chorro.

Ellos no tuvieron tanta suerte.

Uno por uno salieron empapados, como si los hubieran sacado de una fuente.

Doctores, enfermeras y seguridad llegaron en segundos. El pasillo se llenó de gente.

Cuando el médico entendió lo que había pasado, se puso furioso.

—¡Esto es una irresponsabilidad! Si el copal curara enfermedades, ¿para qué existirían los hospitales? Entiendo que como familia estén desesperados, pero no pueden traer supersticiones a una habitación médica.

Tamara salió hecha una sopa, temblando de rabia.

—¡No fue idea nuestra! ¡Fue esta mujer! Lo hizo a propósito. Doctor, puede llamar a la policía. Alteró el orden público.

El médico ni la escuchó.

—Primero cambien a la paciente de habitación. Ahora.

Iris salió en bata de hospital, empapada, cargada por Damián.

Las enfermeras prepararon otra suite.

Tamara me fulminó con la mirada, pero le preocupaba más su hija y entró detrás de ella.

Mi padre se limpió el agua de la cara y me señaló con los dientes apretados.

—Lala, me las vas a pagar.

Ni parpadeé.

Ya había logrado lo que quería.

Iba a irme, pero recordé que todavía tenía las joyas.

Qué fastidio.

Entré a la nueva habitación.

Iris ya se había cambiado. Estaba sentada en la cama con una bata seca. Al verme, sus ojos se afilaron, aunque de inmediato volvió a poner esa cara débil. Supongo que porque Damián estaba ahí.

—¿Qué más quieres? —me gritó Tamara al salir del baño.

La ignoré.

Me acerqué a la parejita y saqué el estuche.

—Iris, felicidades por tu boda. Vas a casarte con el hombre de tus sueños. Deseo cumplido. Ya puedes morirte en paz.

—¡Lala! —rugió Tamara.

Pero yo solo decía la verdad.

El deseo de cumpleaños de Iris a los dieciocho había sido casarse con Damián o morir.

Pues mira.

Profecía cumplida.

Y aun así, Iris no se enojó.

Me miró con ojos llenos de agua.

—Gracias, hermana. Gracias por cederme a Damián. Sé que estás enojada y por eso hiciste lo de hace rato. Yo te hice daño. No te culpo.

Las lágrimas empezaron a caerle.

Toda una heroína trágica.

Sonreí.

—Iris, cuando éramos niñas eras mala de frente. ¿Cuándo aprendiste a fingir así? ¿Te da miedo que tu querido Damián vea lo podrida que eres?

Ella bajó la mirada, dolida.

—De niña no entendía. Tú eras buena en todo. Yo solo quería llamar un poco la atención, aunque fuera de formas equivocadas. No sabes lo que se siente vivir como arrimada.

Vaya.

Hasta me dieron ganas de aplaudir.

Con esa actuación, el Óscar le quedaba chico.

Desde que puso un pie en la casa Salcedo, vivió como una princesita. Yo, la hija legítima, fui sirvienta, costal de golpes y estorbo.

¿Y ella decía que vivió como arrimada?

No valía la pena discutir.

—Qué curioso. Entonces todos los golpes que recibí estos años fueron de adorno. Tú no sabes lo que es vivir arrimada. Pero saber que te estás muriendo, eso sí lo conoces mejor que nadie.

—¡Lala, basta! —me cortó Damián.

Mi padre también explotó.

—Tu hermana se está muriendo y tú te burlas de ella. Cuidado, no vaya a tocarte a ti la próxima desgracia.

Lo miré con calma.

—No me maldigan así. Si de verdad se cumple, su niña querida tampoco va a descansar en el camino al otro mundo. Sin ustedes protegiéndola, Iris no es rival para mí.

Se quedaron rojos, sin palabras.

Dejé el estuche junto a la mano de Iris.

—Tómalo. Tu amado ya pagó.

Iris miró a Damián.

Él tenía la cara rígida.

—¿Cuándo será la boda? —pregunté, fingiendo interés. Pensé que esperarían a que Iris se estabilizara.

Iris respondió con voz dulce:

—Será tu boda con Damián. Solo cambia la novia.

¿Qué?

Sentí que se me endurecía la mandíbula.

Ya entendí.

No les bastó con robarme al novio, el vestido y las joyas.

También querían robarme toda la boda.

Tamara vio mi reacción y su cara se iluminó con una satisfacción venenosa.

—Tu boda con Damián ya estaba lista. Invitaciones, banquete, salón, todo. Cancelarla sería un desperdicio. Mejor usamos lo preparado. Más práctico.

No dije nada.

Miré a Damián.

Quería ver su reacción.

Esa boda la preparé durante medio año.

Desde la planeación completa hasta los recuerdos de invitados. Desde el vestido que cosí a mano hasta las joyas que volé a elegir al extranjero.

Todo ese esfuerzo, ¿para regalárselo a esa mosquita muerta?

Damián notó mi furia y se puso culpable.

Dio un paso hacia mí, quiso tomarme la mano. La aparté.

—Lala, lo siento. Sé que invertiste mucho en esta boda, pero precisamente por eso no debe desperdiciarse. Iris es tu hermana. Son familia. Cederle la boda también sería...

Mi cara debió ponerse horrible, porque su voz se apagó.

Apreté los puños para no abofetearlo.

—¿Sería qué? ¿Que todo queda en familia?

Damián se quedó tieso.

Tamara levantó la voz:

—Por fin dices algo sensato. Somos familia. Eres la grande, compórtate como familia y cede por una vez. Tómalo como tu regalo de bodas.

Solté una risa fría.

Luego la miré con una dulzura falsa.

—Entonces debo mandar otro regalo.

—¿Qué regalo?

—Un ataúd. Para ponerlo en la entrada del salón.

—¡Lala!

Tamara se puso verde.

Yo sonreí más.

—Si tanto quieren hablar de familia y regalos, ahí tienen el mío. Un paquete funerario completo, con ataúd al frente para que nadie se confunda. Como hermana de la novia, hasta considerada salí.

No pudieron contradecirme.

Como con la limpia. Todos sabían que los estaba insultando, celebrando y maldiciendo al mismo tiempo. Pero si yo decía que era para quitar la mala suerte, ¿qué podían hacer?

Todos esos años me humillaron cuando era niña y nadie me dejó defenderme.

Ahora les tocaba probar esa impotencia.

Tamara tembló de rabia.

—¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí!

Luego volteó hacia mi padre.

—¡Héctor Salcedo! ¡Mira a la hija que criaste! Tiene corazón de víbora. Está maldiciendo a mi hija y tú no haces nada.

Héctor ya venía hacia mí con la cara descompuesta.

Damián se interpuso.

—Tío Héctor, hablemos con calma.

Mi padre tenía presión alta, diabetes y quién sabe cuántas cosas más. En ese momento respiraba como toro herido.

—Que le pida perdón a su hermana.

—¿Por qué? No dije nada falso. Si usted no conoce las reglas de bodas y funerales, no me eche la culpa...

No terminé.

Héctor levantó la mano para abofetearme.

Damián, por bloquearlo, recibió el golpe en la cabeza. El cabello se le movió por la fuerza.

Iris gritó:

—¡Papá! ¿Qué haces?

Damián parpadeó, aturdido, pero siguió sosteniendo a Héctor.

—Tío, golpear no soluciona nada. La culpa es mía. No supe tranquilizar a Lala. Deme tiempo. Yo lo arreglo.

Héctor jadeó.

—Habla con ella. Si vuelve a comportarse así, le rompo las piernas.

Damián asintió una y otra vez. Luego me miró.

—Lala, salgamos a hablar.

—No. No tengo nada que hablar contigo.

Me di la vuelta.

Él me tomó del brazo.

—Con esa actitud no se resuelve nada. Somos familia. Todo se puede hablar.

Familia.

Qué palabra tan repugnante.

—Ustedes no tienen derecho a llamarse mi familia.

Levanté la muñeca que él sostenía.

—Suéltame.

—Hablemos.

—Te dije que me sueltes.

Tiré del brazo, pero no aflojó.

Entonces levanté la otra mano y le solté una cachetada.

El sonido dejó muda la habitación.

Iris empezó a llorar.

—¡Lala, qué haces! ¿Por qué golpeas a Damián? Si quieres desquitarte, hazlo conmigo. Yo fui quien le pidió que se casara conmigo...

La miré desde donde estaba.

—¿Se necesita razón para pegarle a un infiel? Y contigo no voy a ensuciarme las manos. La muerte ya viene por ti.

Sin importar sus caras, sus gritos o su rabia, salí y azoté la puerta.

En el coche me quedé quieta un buen rato.

La cabeza me ardía.

Tener una familia así era triste de una forma que ya ni dolía igual.

Pensé que Damián me había salvado de ese infierno.

Pensé que el amor podía curar las heridas que mi familia dejó.

Pero fue él quien me dio el golpe más fuerte.

Recordar todo lo que hice por su enfermedad me hacía sentir como si por dentro me desgarraran con garras.

El celular sonó.

Era mi mejor amiga, Vivi Rivas.

—Señora Alcázar, ¿se te olvidó que comíamos juntas hoy? ¿Dónde estás? ¿Damián te secuestró?

Ella no sabía nada. Bromeaba como siempre.

Me froté la frente.

Habíamos quedado para hablar del ensayo de la boda.

—Llego en un rato.

El ensayo ya no existía.

Pero tenía que contarle.

Cuando llegué al restaurante, Vivi notó mi cara al instante.

—¿Qué pasó? ¿Otra pelea con tu familia?

Ella conocía lo podrida que era mi relación con los Salcedo.

No respondí esa pregunta.

—Vivi, ya no habrá boda.

Estaba llenando su vaso de agua mineral. Levantó la vista.

—¿Qué tontería dices? La boda es la próxima semana.

Sonreí sin ganas.

—La boda sigue. La novia ya no soy yo.

Vivi dejó la botella, rodeó la mesa y me tocó la frente.

—¿Tienes fiebre? ¿Te quemaste el cerebro?

Le bajé la mano y le pedí que se sentara, porque lo que venía podía tirarla.

Le conté todo.

Cuando terminé, Vivi tenía los ojos abiertos como platos.

—¡No manches! ¿Damián se volvió loco? Iris se hace la mosquita muerta y él no lo ve. Cambiar a la novia en plena boda... ¿no le da miedo que toda la ciudad se ría de él?

Tomó su teléfono.

—Lo voy a llamar para mentarle la madre.

No la detuve.

Estaba demasiado cansada.

—Damián Alcázar, ¿Iris te hizo brujería o qué? Ella tiene cáncer, ¿y eso qué tiene que ver contigo? Lala estuvo seis años contigo. ¿Ya olvidaste todo lo que hizo por tu enfermedad? Si no fuera por ella y su sangre, ya tendrías pasto creciendo sobre la tumba, imbécil.

Siguió varios minutos.

Lo llamó desgraciado, ingrato, ciego, vergüenza de familia.

Hasta que un mesero se acercó para pedirle que bajara la voz.

No quería dar espectáculo. Le quité el teléfono y colgué.

—¿Por qué colgaste? ¡Ni siquiera terminé! También tengo que llamar a la otra. ¿Tener cáncer le da permiso de robarle el prometido a su hermana?

Le pedí al mesero otra agua mineral.

—Ya. Estás asustando a la gente.

Vivi miró alrededor y por fin se calmó un poco.

—¿Damián qué piensa? ¿La ama?

Negué.

—No sé. Pero a mí no me ama.

Si me amara, no habría hecho algo tan absurdo, cruel y cínico.

—Iris está enferma de la cabeza. Toda la vida te ha querido quitar lo tuyo. ¿Damián de verdad no se da cuenta?

—Siempre dice que exagero. Que tengo prejuicios contra ella.

Vivi dio un trago largo de agua mineral, como si fuera un caballito de tequila.

—¿Y él sabe que Iris y Bruno Salcedo son tus medios hermanos? ¿Que Tamara llegó a tu casa con los hijos ilegítimos de tu papá?

—No lo sé. Yo nunca se lo dije. Tal vez lo sabe, tal vez no.

Era una vergüenza familiar. ¿Quién anda mostrando sus heridas completas, incluso ante la persona que ama?

El día que esa persona deja de amarte, esas heridas se vuelven armas.

—Si no lo sabe, mejor —Vivi sonrió con veneno—. Qué ganas de ver su cara cuando descubra quién es Iris de verdad. Seguro se arrepiente hasta de respirar.

No dije nada.

Que se arrepintiera o no, ya no me importaba.

Después de comer, Vivi intentó consolarme.

—Al menos te quedaste con la empresa. Ese hombre era basura. Que se lo lleve quien quiera. Tú dedícate a hacer dinero.

Tenía razón.

Todavía faltaban trámites para cambiar la representación legal de la empresa.

—No voy a hundirme por un hombre. Reconocer a un infiel antes de la boda también es suerte.

Me despedí de Vivi y por la tarde cité a Damián para hacer el cambio de representante.

Aceptó sin discutir.

Cuando lo vi, todavía tenía marcada la cachetada que le di. Su cara bonita se veía ridícula.

—Apúrate. Terminando aquí vamos al Juzgado Familiar por el divorcio.

Nos habíamos casado por lo civil un mes antes. Si hubiera sabido cómo terminaría esto, jamás habría apartado aquella cita en el Registro Civil ni firmado el acta con tanta prisa.

Damián me miró con tristeza. Quiso decir algo, pero se quedó callado.

Al salir de las oficinas administrativas fuimos directo al Juzgado Familiar.

Ahí nos dijeron que primero debíamos agendar, entregar documentos, esperar el periodo obligatorio y luego regresar si ambos seguíamos queriendo divorciarnos.

Me dieron cita hasta quince días después.

Eso significaba que, cuando Damián e Iris hicieran su boda, yo seguiría siendo su esposa legal.

Qué maldito chiste.

Damián vio mi enojo y habló con suavidad:

—No hay prisa. Iris tampoco me está presionando.

Levanté la vista. Lo miré tan fijo que se sobresaltó.

Después de unos segundos, sonreí.

—¿No te presiona? ¿No le da miedo no alcanzar a llegar viva a ese día?

Su rostro se endureció.

Claro. Si divorciarse era tan complicado, bastaba con que yo no cooperara para retrasarlo meses.

Iris podría usar mi vestido y caminar hacia mi novio.

Pero legalmente no sería esposa.

Solo la amante.

Damián dio un paso hacia mí, con esa ternura que ya me provocaba náuseas.

—Entonces no nos divorciemos. Así después no tendremos que volver a casarnos.

Lo miré sin entender.

¿Todavía creía que, cuando Iris muriera, yo lo recibiría de vuelta?

Iris Salcedo

Vivi Rivas

1
Bienaventurada
Muy interesante hasta ahora
Buena la novela 🥰
Bienaventurada
Que gesto tan bonito 🥰de Sebastián
Bienaventurada
jajaja 😂
Bienaventurada
Tremendo cara e tabla 😒 infeliz
Eufemia Perez
La novela en me ha gustado. pero me pregunto porque demoran tanto que los protagonista de tanto que la hicieron sufrir😭 🤣🥰🤭 y teniendo un hombre bufno sigas todavia darle largo a una historia de amor que se ha vuelto aburrida para darle un final feliz con hijo a bordo en menos de que cante un gallo. asi no es una historia. que llegue a gustar no se como una hija novia hijastra aguanta tanto
Victoria Garcia
y la estupida le pintan plata y lo hace , que horrible está protagonista , deja que la golpeen , hace todo lo que le dicen que haga por la víbora de la hermana , no no que falta de dignidad , de carácter , de amor propio.
Mirna Vargas olortegui
Cansa mucho que Damian no deje ser feliz y esté siempre fregando a Sebas y Lala.
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
excelente,, una súper historia ,,, más apoyo y likes
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Elsa Crivellari
ya me tiene harta con tantas problemas
se hace demasiada larga
Sara Quiroga
muy buena trama felicitaciones 👏
Yolanda Villamar
porque no poner las imágenes para no tener que estar buscando 😡😡 que te cuesta
Daisy García
Hermosa Novela!!! me gusto mucho 👏👏👏
Nelida Romero
la verdad que cansa tanto odio ya. tendría que haber terminado porque repiten mucho el odio siempre a una misma persona
Monica Torti
yo la dejo de leer xq no tiene sentido si ella tiene su empresa para que hacerle caso a esos vividores me cansé de Iris, Héctor, Damián chauuuuuuuu
Monica Torti
que basura no se puede creer 🤬🤬🤬
Monica Torti
El amor es Lala 💓💓💓
Monica Torti
Que amiga loca 😂😂😂
Monica Torti
Ahora va a querer a Sebastián esa zorra
Monica Torti
Vas a reventar bruja ni en el pecho de muerte dejas de ser una víbora
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