Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Una nueva vida bajo la luna
Leandro llegó al arroyo como una tormenta.
No venía transformado, pero sus ojos tenían las pupilas finas y el aire alrededor de él parecía cargado de electricidad. Mateo levantó ambas manos antes de que Leandro dijera una palabra.
—No la toqué.
—Leandro —jadeó Aitana, todavía inclinada junto a los arbustos—. No fue él.
Eso lo detuvo.
No lo calmó. Pero lo detuvo.
Leandro se arrodilló a su lado y le sostuvo el cabello con una delicadeza que no combinaba con la furia de sus ojos.
—¿Dolor?
—Náusea.
—¿Veneno?
Mateo negó rápido.
—No comió ninguna planta. Solo cortamos hierba amarga. Puede causar vómito si se ingiere, pero ella no...
Leandro lo miró.
Mateo cerró la boca.
Aitana le apretó la muñeca a Leandro.
—Respira.
Él soltó una risa sin humor.
—Eso debería decirlo yo.
La llevaron de regreso a la choza de Abuela Remedios. O, mejor dicho, Leandro quiso cargarla todo el camino, Aitana protestó durante tres pasos y luego otra arcada la hizo aceptar con dignidad bastante dañada. Mateo caminó detrás con la canasta y la mirada baja.
Abuela Remedios los recibió en la puerta.
—Sabía que ibas a traer problemas, pero no esperaba que tan rápido.
—Está vomitando —dijo Leandro.
—Tengo ojos.
—Revísela.
—Tengo manos también. Deja de gruñir en mi puerta.
Paloma llegó poco después, avisada por alguien que corrió desde el arroyo. Entró con Renato detrás y el rostro blanco.
—¿Qué pasó? ¿Quién tengo que matar?
—Nadie —dijo Aitana, acostada en el banco de revisión—. Al parecer mi estómago decidió rebelarse.
Abuela Remedios le tomó la muñeca.
El humor desapareció de su rostro.
Todos lo notaron.
Leandro se inclinó.
—¿Qué?
—Silencio.
La curandera cerró los ojos y presionó dos dedos contra el pulso de Aitana. Luego los movió a la base de su cuello, cerca de la marca. La luz bajo la piel respondió con un destello muy leve.
Aitana sintió que algo se hundía en su estómago.
—Abuela Remedios...
La anciana abrió los ojos.
Miró a Aitana. Luego a Leandro.
—La Luna no perdió tiempo.
Paloma dejó de respirar.
Renato murmuró algo en voz muy baja.
Leandro parecía no entender. O quizá entendía demasiado y su mente se negaba a tocarlo.
—Dígalo claro —pidió Aitana.
Abuela Remedios apoyó una mano sobre su vientre, sin presionar.
—Hay una nueva vida.
El mundo se quedó quieto.
No fue solo silencio. Fue como si la choza entera olvidara para qué servían los sonidos. Afuera, alguien pasó cargando agua y sus pasos se oyeron demasiado claros. Una brasa crujió en el fogón. La respiración de Leandro se cortó a medio camino.
Aitana miró la mano de la curandera sobre su vientre. Su vientre seguía igual. Plano, tibio, suyo. No había nada visible. Nada que explicara por qué el pecho se le llenaba de aire y miedo al mismo tiempo.
—¿Estoy...?
—Sí.
Paloma soltó un grito que terminó en llanto.
—¡Por la Luna!
Renato la sostuvo antes de que tropezara con la mesa.
Leandro no se movió.
Aitana lo miró.
—Leandro.
Él parpadeó una vez.
—Un hijo.
La voz le salió tan baja que casi no fue voz.
Abuela Remedios frunció el ceño.
—O hija. O algo que no conviene reducir a palabras antes de tiempo. Con la quinta marca no haré suposiciones simples.
Leandro se llevó una mano al rostro.
Durante un segundo Aitana pensó que estaba asustado. Luego vio sus hombros temblar.
Estaba riendo.
No una risa normal. Una risa rota, incrédula, mezclada con lágrimas que no intentó esconder. Paloma empezó a reír también. Renato sonrió. Incluso Mateo, desde la puerta, dejó escapar un suspiro de alivio.
Aitana se incorporó con cuidado.
—¿Te parece gracioso?
Leandro se arrodilló junto al banco.
—No. Sí. No sé.
—Muy claro.
Él tomó su mano y la llevó a su frente.
—Pensé que ibas a morir. Luego pensé que te habían envenenado. Luego pensé que el lince...
—No termines esa frase —dijo Abuela Remedios.
Mateo bajó más la cabeza.
Leandro respiró hondo.
—Y ahora hay un hijo.
La palabra le salió con reverencia.
Aitana sintió las lágrimas subirle.
—Tengo miedo.
La risa desapareció de inmediato. Leandro levantó la cabeza.
—Yo también.
Esa respuesta la sostuvo.
No prometió que todo saldría bien. No dijo que la protegería de cada sombra, aunque ambos sabían que lo intentaría. Solo dejó que el miedo existiera entre los dos, sin convertirlo en vergüenza.
Aitana descubrió que podía amar más a alguien por no mentirle.
Abuela Remedios preparó una infusión suave y empezó a dar órdenes. Nada de hierbas fuertes sin revisión. Nada de cargas. Nada de ayunos. Nada de dejar que Roque se acercara sin testigos. Don Romualdo debía ser informado de inmediato para proteger la noticia antes de que los clanes visitantes intentaran convertirla en otra herramienta política.
—Y tú —dijo la curandera, señalando a Leandro—, deja de parecer un venado recién nacido. Sirve agua.
Paloma se atragantó de risa.
Leandro obedeció.
Aitana se llevó una mano al vientre.
Mateo seguía en la puerta, silencioso. Sus ojos no estaban en su vientre, sino en su rostro. Había dolor allí, pero también una ternura tan limpia que Aitana no supo cómo recibirla.
—Felicidades —dijo él.
Leandro lo miró. Esta vez no hubo amenaza.
—Gracias —respondió, con dificultad.
Abuela Remedios observó ese intercambio y luego volvió a tomar el pulso de Aitana. Su expresión se ensombreció.
—Hay más.
El cuarto se calló.
La alegría, que apenas había empezado a acomodarse en los rincones, se retiró como agua asustada.
—¿Más? —preguntó Paloma—. ¿Qué más puede haber?
La curandera no respondió de inmediato. Miró el vientre de Aitana como si escuchara algo muy lejano.
—Este niño no es simple.
Leandro se puso de pie.
—Explíquese.
—No puedo. Todavía no.
—Abuela Remedios —dijo Aitana, con el corazón acelerado—. Por favor.
La anciana respiró despacio.
—Tu marca, tu sangre y el vínculo de Leandro están alimentando algo que no he visto nunca. Si vas a sobrevivir a lo que viene, no basta con que te protejan. Tienes que aprender.
Aitana entendió antes de que lo dijera.
—¿Aprender medicina?
—Curanderismo, hierbas, lectura de pulso, rituales de Luna. Todo.
Paloma abrió los ojos.
—¿La tomará como aprendiz?
Abuela Remedios miró a Aitana con severidad.
—No por gusto. Por necesidad.
Aitana, todavía con una mano sobre el vientre, asintió.
—Acepto.
Leandro giró hacia ella.
—Ni siquiera preguntaste qué implica.
—Implica no depender de que otros entiendan mi cuerpo mejor que yo.
Abuela Remedios soltó un sonido seco, casi aprobatorio.
—Implica levantarte antes del sol, memorizar plantas que se parecen lo suficiente para matar a un adulto, tocar heridas que otros no quieren mirar, y aceptar que a veces harás todo bien y aun así alguien morirá.
Paloma palideció.
—Qué manera tan horrible de invitar a una aprendiz.
—La verdad siempre es una invitación horrible —dijo la anciana—. Por eso pocos la aceptan.
Aitana miró su vientre. Si había una vida allí, no quería recibirla como una niña asustada que solo obedecía instrucciones. Quería entender. Quería decidir. Quería tener herramientas.
—Acepto igual —repitió.
La curandera no sonrió.
—Bien. Entonces escucha tu primera lección: ninguna vida sagrada sobrevive solo con amor. También necesita conocimiento, comida y mujeres que sepan decir no.
Leandro miró el vientre de Aitana como si acabaran de entregarle el sol y una espada al mismo tiempo.
Y Abuela Remedios, sin apartar los ojos de aquella vida invisible, murmuró:
—Este niño... no es simple en absoluto.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos