Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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NIVEL 3
" Los nuevos comienzos solo son posibles cuando se abandona un pasado que ya no ofrece un futuro"
— Bienvenidos, humanos! —se escuchó una voz robótica. Busqué de dónde venía, pero no pude saberlo. Las luces del techo cambiaban con cada palabra, bajaban y subían de intensidad, como si tuvieran vida propia.
—Hoy es un día magnífico —continuó la voz—. Podrán integrarse a nuestro programa de recompensas. Inician una vida más responsable, porque su supervivencia dependerá del cumplimiento de las tareas que les asignaremos...
Esto sí es una mierda! —gritó un chico detrás de mí. No me atreví a girarme, aunque todos los demás lo hicieron. La voz robótica del Gran Jefe anunció que llamaría uno por uno a los nuevos integrantes para entregarles sus tareas. Esperé mi turno en silencio. Cada persona que pasaba al frente recibía una caja, escuchaba unas palabras de agradecimiento y era enviada a cumplir su labor. Pronto escucharía mi nombre.
—Bien. Abre la caja. Con cuidado, no la rompas —ordenó mientras comenzaba a caminar.
Lo seguí, desatando la cinta de alrededor de la caja mientras avanzábamos por el pasillo. Dentro había una tarjeta simple, impresa con letras negras:
“Vivero — Nivel 03”
Hace dos meses que la miseria se encargó de llevarse a mi abuela, y con ella, cualquier excusa para evitar este día. Hoy cumplía dieciocho años. Mi mente estaba puesta en la gran pantalla del centro. Hoy me convertiría en el blanco del “gran jefe”, el líder que todo lo controla desde la distancia. Todos los jóvenes deben acudir allí cuando llegan a esa edad. Se nos asignan labores que debemos cumplir por el resto de nuestras vidas. Los que no logran desempeñar una tarea son expulsados. No de la ciudad, pero sí del “programa de recompensas”, que es el que garantiza comida y agua.
Mi abuela siempre rechazó someterse al programa, convencida de que las máquinas nos habían arrebatado lo que merecíamos, y su última conversación conmigo aún permanece viva en mi memoria.
El mundo ya no es el mismo, cariño. Me hubiera encantado que lo hubieras conocido. Seguramente te habrías visto hermosa corriendo por las praderas verdes que existieron en algún momento —me dijo, tomando mi mano. La suya estaba tan fría.
—Confío en que algún día podré ir a una de ellas, abue—le respondí, apretando su mano. Pude sentir cómo se desvanecía poco a poco.
—Si lo haces, no olvides llevar zapatos —dijo sonriendo— El pasto no es tan suave como se describe en los libros románticos.
— Está bien… llevaré mis favoritos —le prometí, mientras las lágrimas me inundaban el rostro. Sentía cómo mi abuela, mi maestra y mi refugio se apagaba lentamente. Podía sentir incluso su dolor, odiaba este tipo de don o lo que sea que fuese, tal vez una maldición.
— Recuerda esto, Ámbar —susurró—: esas máquinas solo te dan migajas. Tú mereces más… mereces libertad. Busca la forma de salir de ese programa.— Nunca entendí por qué las odiaba tanto. Para mí, los Bokly —como llamamos a las máquinas— eran quienes habían logrado mantenernos con vida.Supongo que ella nunca logró acostumbrarse a los cambios que trajo la sequía
menudo imagino cómo habría sido vivir en el pasado, en un mundo verde y lleno de vida que nunca conocí, y deseo retroceder en el tiempo en lugar de esperar un futuro mejor.
La pantalla anunciaba los nombres de los nuevos integrantes del programa de recompensas. Sonaba una música suave de fondo. Había muchos Bokly afuera custodiando el edificio y otros se limitaban a observar. Lo que sea que fueran esas cosas, daban miedo. Mamá me había dicho que entrara al edificio, que me sentara y esperara a que el gran jefe apareciera. Nunca pregunté cómo se veía. Jamás tuve curiosidad. Nadie hablaba de eso en casa. El lugar no era nada acogedor, más bien era todo lo contrario. Las paredes grises y opacas parecían absorber incluso la poca luz que entraba por las ventanas altas. En un libro que encontré sobre decoración de interiores —uno antiguo, lleno de polvo y páginas amarillentas— vi cómo antes todo era más vívido. Las casas eran construcciones independientes, cada una distinta, con detalles únicos que hablaban del carácter de quienes las habitaban. Incluso las familias podían tener terreno propio, un espacio suyo, que llamaban hogar.
Muchos vivieron en las afueras de la ciudad, y ahora ese territorio era un espacio completamente “prohibido” para nosotros. Había otras ciudades, y cada una se encontraba bajo el mando de su gran jefe. Lo poco que sabía era que las reglas eran iguales para todos, pero nadie parecía sentir curiosidad por cómo sería vivir en esos otros lugares. Nadie se lo cuestionaba. Todos habían crecido aquí, encerrados dentro de esta ciudad muralla. Cada familia recibió un cubículo: una estructura cuadrada, pegada a otra y a otra, extendiéndose, así como una colmena interminable. Nada estaba apartado, todo se conectaba con precisión artificial. Sé que antes era diferente e intentaba imaginarme ese mundo perdido. En los libros solo había visto unas cuantas imágenes, pero incluso esas pocas bastaban para entender que era hermoso. Ahora todo era frío, uniforme y sin color.
La ropa que usábamos solo podía ser de un único tono: gris. Mi abuela me contaba que alguna vez lució magníficos vestidos de todos los colores imaginables: rojos intensos, azules profundos, amarillos que parecían sol. Nunca me imaginé hasta ese momento cómo me vería usando un color azul. Azul como el mar. Estoy segura de que combinaría perfectamente con mis ojos. Por primera vez sentí una punzada de nostalgia por algo que nunca viví.
— Ámbar Baster, pasa al frente por favor —mencionó la voz robótica. Me puse de pie y caminé hacia el frente. Uno de los Bokly me pasó una caja, tal como lo había hecho con todos los demás.
—Gracias por tu participación. Ve a cumplir con tus tareas —dijo sin emoción.
Caminé lentamente por el centro del salón. Sentía cada mirada clavarse en mí como agujas. Me dolía la garganta. Un chico me observaba fijamente, supuse que era el mismo que había gritado anteriormente. Le sonreí, intentando disimular mis nervios, pero él no correspondió y apartó la vista. Me sentí aún más patética. Al salir del salón, un Bloky me esperaba en la puerta. Su sola presencia imponía silencio. Aunque creí que algún día podría acostumbrarme a verlos, en el fondo sabía que era imposible. Desde niña me provocaban una mezcla incómoda de recelo y fascinación. No era porque fueran crueles—nunca lastimaban a nadie—sino porque algo en ellos parecía demasiado perfecto, demasiado calculado… demasiado ajeno.
Este en particular tenía una postura impecablemente erguida, casi militar, emanando una autoridad fría que bastaba para intimidar a cualquiera. Vestía un abrigo largo de color gris carbón, con solapas amplias que caían con la elegancia de una gabardina formal. Bajo él se distinguía un traje corporal ajustado, también gris oscuro, marcado por líneas plateadas que dibujaban patrones geométricos. A simple vista parecía un uniforme, pero de cerca era evidente que se trataba de un tejido tecnológico, una especie de armadura ligera hecha para resistir más de lo que un humano podría imaginar.
En el centro de su pecho, un panel metálico destacaba ligeramente: V R 15, su identificación. Nunca tenían nombres, sólo códigos. Así era como se presentaban. Así era como se les recordaba. Sus extremidades eran lo más perturbador. Los antebrazos y manos estaban cubiertos por prótesis plateadas que imitaban tendones y articulaciones con una precisión casi artística, brillando bajo la luz artificial del pasillo. Las piernas seguían el mismo diseño: placas metálicas que cubrían espinillas, rodillas y pies, ensambladas como si formaran parte de un súper soldado futurista. El calzado no era realmente calzado, sino el final de la misma armadura, una continuidad fría y pulida que resonaba con un eco suave cada vez que se movía.
—Hola, Ámbar Baster. Soy VR15. Tu mentor y consejero —dijo, extendiendo su mano. Era tan parecida a la mía… pero rígida, fría, pesada. No transmitía calidez alguna.
Hola… Supongo que me llevarás a mi puesto de trabajo.
—¿Puesto de trabajo? No. No es así como se llama —corrigió.Me había olvidado. Ellos preferían denominarlo "Nivel".Aclaré mi garganta. —Perdón. Nivel. —Sonreí, aunque mis labios temblaban.
—Bien. Abre la caja. Con cuidado, no la rompas —ordenó mientras comenzaba a caminar.
Lo seguí, desatando la cinta de alrededor de la caja mientras avanzábamos por el pasillo. Dentro había una tarjeta simple, impresa con letras negras:
“Vivero — Nivel 03”
Ese sería mi lugar asignado. Pero no decía nada más. Nadie explicaba nunca lo que uno debía hacer. Todo se aprendía en silencio, observando, obedeciendo. En mi familia solían decir que muy pocas personas trabajaban en ese nivel. Mi madre y mi padre estaban juntos en Vestuario Nivel 02, diseñando las prendas que todos debíamos usar. Mi hermano mayor, Zarek, estaba en Alimentos Nivel 04. Ian y Kaleth trabajaban en Filtración de Agua Nivel 01. Sus actividades no eran sencillas. Volvían agotados a casa, siempre con ojeras profundas. Yo me preguntaba si a mí también se me dibujarían ojeras pronto.
El Bokly me condujo hasta un edificio. Era imposible no notarlo: aquel era el único que aún se mantenía en pie desde los tiempos en que los humanos construían con sus propias manos. Mi abuela decía que antes era símbolo de progreso, de innovación… ahora era solo un recordatorio silencioso de lo que habíamos perdido. Su estructura era alta, firme, demasiado sólida para haber sido derribada en la gran sequía. Las ventanas estaban revestidas de vidrio azul, reflejando la luz de una forma casi artificial, como si intentara imitar un cielo que ya no existía. No podía calcular cuántos pisos tenía, pero era enorme e imponente, tanto que sentí que me sentía pequeña solo con mirarlo. Dentro, había cápsulas de transporte. Mi abuela las llamaba “ascensores”, aunque esa palabra ahora sonaba arcaica. Ya no eran rectangulares como en las imágenes de los libros; ahora tenían forma ovalada, más estrecha, casi claustrofóbica.
VR15 presionó el número 12 en el tablero digital. La cápsula se elevó con tal rapidez que el vacío subió desde mis pies hasta mi pecho, haciéndome sentir como si mi estómago se quedara suspendido en el aire.
—Hoy te acompañaré hasta que termine la jornada. Después, solo atenderé tus dudas, recomendaciones o quejas a través de este Dup —dijo el Bokly mientras me extendía un pequeño aparato.
Yo ya lo había visto antes. Todos lo llevaban consigo, enganchado a la muñeca o al cinturón. Era el reemplazo de lo que antes había sido un teléfono. Este, sin embargo, tenía un único propósito: comunicarse con tu mentor. Para hablar con familia o amigos, era otro dispositivo distinto, uno difícil de conseguir. En mi casa, solo mi padre tenía uno. Era viejo, con la pantalla desgastada y la carcasa rallada, pero gracias a él podía hablar a veces con sus hermanos del otro extremo de la colmena… bueno, de la ciudad.