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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

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Capítulo 19: El día que mi sirenita se convirtió en mi esposa

Nunca pensé que este día llegaría tan rápido.

Aquella mañana me desperté antes de que saliera el sol. Mi papá, Jeico Morales, me dio un abrazo fuerte.

—Mijo... hoy dejás de ser mi muchacho soltero.

Sonreí.

—Así es, pa.

Mi abuela Rosa ya estaba llorando desde temprano.

—Mi niño se casa.

Yurani, como siempre, no perdió la oportunidad de molestarme.

—¡Vean al vendedor de bocachicos! Hoy sí se nos casa.

Todos soltamos una carcajada.

La boda sería exactamente como la soñamos Mileidis y yo.

Sencilla.

Romántica.

Y frente al mar Caribe.

La playa estaba decorada con un hermoso camino de arena cubierto de pétalos blancos y rosados. A los lados había faroles de madera con velas encendidas y pequeños arreglos de flores blancas.

Frente al mar levantaron un elegante arco de madera cubierto con telas blancas que se movían con la brisa y adornado con rosas blancas, flores color crema y hojas verdes.

Varias filas de sillas blancas esperaban a nuestros familiares y amigos mientras el sonido de las olas acompañaba cada instante.

Cuando comenzó a sonar la música, levanté la mirada.

Y allí apareció ella.

Mi sirenita.

Llevaba aquel hermoso vestido color marfil que había elegido junto con Yurani.

La parte superior era de delicado encaje con finos tirantes y un elegante escote recto. Sus mangas largas de encaje transparente hacían que pareciera una verdadera princesa del mar.

La falda era ligera y larga. La brisa hacía que la tela se moviera suavemente mientras caminaba hacia mí.

Se veía más hermosa de lo que alguna vez imaginé.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Cuando llegó hasta donde yo estaba, tomó mi mano.

El juez sonrió.

—Nos encontramos reunidos para celebrar la unión en matrimonio de Cristian Morales y Mileidis Figueroa.

Todos guardaron silencio.

Entonces comenzó el protocolo.

El juez me miró directamente.

—Cristian Morales, ¿aceptas a Mileidis Figueroa como tu esposa para amarla, respetarla y serle fiel, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida, hasta que la muerte los separe?

Sin pensarlo dos veces respondí con una sonrisa.

—Sí, acepto.

Después miró a Mileidis.

—Mileidis Figueroa, ¿aceptas a Cristian Morales como tu esposo para amarlo, respetarlo y serle fiel, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida, hasta que la muerte los separe?

Ella sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí, acepto.

Mi corazón latía tan fuerte que parecía salirse del pecho.

El juez hizo un gesto.

—Es momento de los votos matrimoniales.

Tomé las manos de Mileidis.

—Sirenita... el día que el mar se llevó tu maleta jamás imaginé que también traería al amor de mi vida. Prometo cuidarte, respetarte, apoyarte y hacerte sonreír todos los días. Prometo caminar siempre a tu lado y nunca soltarte la mano. Gracias por enseñarme que el verdadero amor existe. Te amaré por el resto de mi vida.

Ella ya estaba llorando.

Respiró profundo antes de comenzar.

—Cristian... gracias por aparecer cuando más sola me sentía. Me enseñaste que un corazón humilde vale más que cualquier riqueza. Prometo respetarte, cuidarte, acompañarte y amarte todos los días de mi vida. Gracias por convertirte en mi hogar. Siempre serás el amor de mi vida.

Más de una persona entre los invitados se secó las lágrimas.

El juez sonrió.

—Procedan con el intercambio de anillos.

Yurani se acercó llevando una pequeña caja.

Tomé el anillo.

Con mucho cuidado lo coloqué en el dedo anular de Mileidis.

—Recibí este anillo como símbolo de mi amor eterno y de la promesa que hoy te hago.

Después ella tomó mi anillo.

Lo deslizó lentamente en mi mano.

—Recibí este anillo como prueba de mi amor, mi fidelidad y el compromiso de compartir mi vida junto a vos.

El juez levantó la vista y sonrió.

—Por el poder que me confiere la ley, los declaro oficialmente marido y mujer.

Sentí que el tiempo se detenía.

Entonces dijo las palabras que tanto esperaba.

—Puede besar a la novia.

Sonreí.

Tomé el rostro de Mileidis entre mis manos.

Ella cerró los ojos.

Nos acercamos lentamente.

Y nos dimos un largo y tierno beso mientras nuestros familiares y amigos aplaudían con alegría.

Al separarnos, levanté su mano para mostrar nuestros anillos.

Todos comenzaron a gritar y celebrar.

Mi papá sonreía orgulloso.

Mi abuela Rosa lloraba de felicidad.

Yurani aplaudía mientras decía entre risas:

—¡Ahora sí, el vendedor de bocachicos encontró al amor de su vida!

Abracé a mi esposa y miré el inmenso mar Caribe.

Aquel mismo mar donde un día vi salir a una muchacha como una verdadera sirena.

Ese día comprendí que el mejor regalo que el mar pudo darme no fue un gran pescado.

Fue el amor de Mileidis Figueroa, la mujer que desde ese instante sería mi esposa para toda la vida.

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