Romance en Playa Varadero ( Cuba)
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El despertar compartido.
El primer amanecer en la casa de Marina fue, para Álix, una experiencia casi mística. Despertó con el sol entrando a raudales por la ventana abierta, acariciándole el rostro con una calidez que nada tenía que ver con el frío parisino. A su lado, Marina dormía profundamente, con el cabello esparcido sobre la almohada como un abanico de seda castaña y los labios entreabiertos en una sonrisa inconsciente que parecía indicar que incluso en sueños era feliz.
Se quedó observándola durante un largo rato, apoyado sobre un codo, sin atreverse a mover un solo músculo por miedo a romper el hechizo. La luz del amanecer dibujaba sombras doradas sobre su piel bronceada, y sus pestañas, largas y curvadas, proyectaban diminutos abanicos sobre sus mejillas. Era tan hermosa que dolía mirarla. Tan hermosa que Álix sintió, una vez más, ese nudo en la garganta que le recordaba lo frágil y lo precioso que era todo aquello.
—Buenos días, francés —murmuró Marina, sin abrir los ojos.
—¿Cómo sabías que estaba despierto?
—Porque siento tu mirada. Me quema la piel.
—Eso es muy poético para ser tan temprano.
—Es que me has contagiado. Antes no era así. Antes de ti, me levantaba, me duchaba y me iba a trabajar sin pensar en nada más. Ahora me paso el día entero sintiendo cosas que no sabía que existían.
Álix se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente, un beso tierno y ligero que ella correspondió enredando los dedos en su cabello y atrayéndolo hacia sí.
—¿A qué hora tienes que estar en el centro? —preguntó él.
—A las ocho. Pero antes quiero enseñarte algo.
—¿Qué?
—El pueblo. Tu nuevo hogar. Si vas a vivir aquí, tienes que conocerlo.
Desayunaron juntos en el porche, compartiendo una bandeja de frutas tropicales que Marina había comprado la tarde anterior en el mercado local. Mango, guayaba, piña, papaya. Colores vibrantes, sabores intensos, aromas que embriagaban. Álix pensó en los desayunos solitarios de su apartamento parisino —un café aguado y una tostada insípida— y casi no podía creer que aquella fuera ahora su vida.
Después del desayuno, Marina lo llevó de paseo por el pueblo. Se llamaba Boca de Camarioca, un nombre que a Álix le sonó a música y a leyenda. Era un asentamiento de pescadores situado a unos pocos kilómetros del hotel, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido en algún momento de los años cincuenta. Las calles eran de tierra compactada, flanqueadas por casas de madera pintadas de colores vivos —amarillo, azul, verde, rosa— que contrastaban con el blanco inmaculado de las nubes. Los vecinos saludaban a Marina por su nombre, y a él lo observaban con una mezcla de curiosidad y simpatía.
—Este es Ramón —dijo Marina, presentándole a un anciano de rostro curtido por el sol que remendaba una red de pesca en la puerta de su casa—. Es el pescador más viejo del pueblo. Sabe más del mar que todos los biólogos juntos.
—Mucho gusto, Ramón.
—Así que tú eres el francés —dijo el anciano, escrutándolo con unos ojillos vivarachos—. Marina me ha hablado mucho de ti. Dice que eres buen mozo y que la haces feliz. Con eso me basta.
—Ramón... —protestó Marina, ruborizándose.
—¿Qué? La verdad no ofende. Y tú, francés, cuídala bien. Esta muchacha es un tesoro. El mar me lo ha dicho.
Siguieron paseando, y Marina le fue mostrando los rincones del pueblo: la pequeña escuela donde daba charlas sobre conservación marina a los niños, el muelle de madera donde los pescadores descargaban sus capturas al atardecer, la ceiba centenaria que, según la leyenda, concedía deseos a quienes la abrazaban al amanecer.
—¿Tú has abrazado la ceiba? —preguntó Álix.
—Todos los días durante tres meses —respondió ella, apretándole la mano—. Pidiendo que volvieras.
—Pues funcionó.
—Claro que funcionó. La ceiba nunca falla.
Al mediodía, Marina tuvo que irse al centro de conservación para atender sus obligaciones, y Álix se quedó solo en la casa por primera vez. No se sintió extraño ni fuera de lugar, como había temido. Al contrario: se sintió en casa. Sacó su ordenador portátil, lo instaló en el escritorio junto a la ventana —ese escritorio que Marina había preparado especialmente para él— y se puso a trabajar.
El programa Vínculos Marinos le había asignado su primera tarea: documentar fotográficamente el estado actual del arrecife de coral de Varadero, creando un archivo visual que sirviera como línea de base para futuros estudios. Era un trabajo minucioso y exigente, pero también fascinante. Cada fotografía era un acto de amor, una forma de devolverle al mar todo lo que el mar le había dado.
Mientras editaba las primeras imágenes en su ordenador, Álix se detuvo en una de ellas. Era una fotografía submarina de una formación de coral cerebro, con sus circunvoluciones pétreas iluminadas por un rayo de sol que se filtraba desde la superficie. La textura, los colores, la vida que bullía a su alrededor. Era perfecta.
Pero no tanto como la fotografía que tenía junto al ordenador: el retrato de Marina que le había hecho aquel primer día, en la terraza del hotel. Esa sí era la imagen más perfecta que había capturado jamás.