Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 15 EL VIAJE QUE LO DICE TODO
Me apresuré a terminar de preparar mi maleta. Había elegido varios conjuntos cómodos pero con estilo, sabiendo que estaríamos fuera unos tres días; al volver, comenzaríamos a organizar aquella colaboración importante que tanto nos habían comentado. Cuando estuve lista, me paré frente al espejo y fue entonces cuando lo vi: el moretón en mi mejilla. Lo toqué con suavidad, todavía sensible, y en ese momento entró Jovany.
—Melissa, ¿qué te pasó? —preguntó con voz tranquila pero llena de preocupación.
Se acercó sin dudar y levantó despacio mi barbilla para ver mejor la zona. Por alguna razón, no sentí incomodidad ni dolor; al contrario, con él me sentía en paz, protegida, y tenía una confianza que no podía explicar. Lo miré directamente a los ojos y sonreí con sinceridad.
—Nada grave, solo un golpe. Ya sanará pronto —respondí.
Justo en ese instante, Ian pasaba por el pasillo. Al ver la escena, sus mandíbulas se apretaron con fuerza, la expresión de su rostro se endureció y se notaba a leguas la tensión que le recorría el cuerpo. Sin decir una sola palabra, siguió caminando, aunque su mirada dejó claro que le molestaba lo que acababa de ver.
Unos minutos después estábamos todos en el estacionamiento. Jovany nos explicó a todos con claridad:
—Ustedes irán en la camioneta y los bailarines van en el camión, y ellos llegarán al hotel, se instalan y descansan. Nosotros iremos en la camioneta todos asintieron.
La camioneta Se trataba de una imponente Cadillac negra de la empresa, con acabados de lujo y asientos amplios de cuero. Jovany conduciría, la asistente iría de copiloto y yo subiría atrás con Ian. Me acomodé en un rincón y vi que el resto del equipo subía al otro vehículo.
Ian también entró en la parte trasera, pero se sentó lo más lejos posible de mí. Se puso unos audífonos y apoyó la cabeza en el vidrio, aparentemente ajeno a todo. La camioneta arrancó suavemente. Yo miraba por la ventana cómo dejábamos atrás las calles de la ciudad y, en un impulso, volví la vista hacia él. En ese mismo momento, Ian también giró la cabeza y nuestros ojos se encontraron por unos segundos. Fue una mirada breve, cargada de palabras no dichas, hasta que él apartó la vista de golpe, como si le doliera sostenérmela.
Sé que debería disculparme por lo que le dije en el ensayo, pensé. Pero al mismo tiempo, no entiendo por qué tuve que soltarlo así. Hay algo entre nosotros que no logro descifrar.
El movimiento constante del vehículo, el ruido bajo del motor y la luz suave del atardecer fueron adormeciéndome poco a poco. Sin darme cuenta, mis párpados pesaron más y terminé quedándome profundamente dormida.
NARRACIÓN: IAN
Llevábamos ya unos veinte minutos de camino. El trayecto era largo: unas cinco horas de carretera. Podríamos haber tomado un avión sin problemas, pero como todo esto era parte de una sorpresa para el lugar donde trabajaríamos, no podíamos correr el riesgo de que alguien nos viera llegar antes de tiempo.
Yo fingía mirar el paisaje, pero mi mente estaba en otra parte. Volteé a ver a Melissa y noté que ya le costaba mantener los ojos abiertos. Estaba enojado con ella… o más bien, dolido. Nadie me habla jamás con la misma franqueza y dureza con la que ella me habló en el ensayo, y aunque me molestaba, no podía dejar de darle vueltas a sus palabras.
De pronto, sentí un peso tibio y suave caer sobre mi hombro.
La miré de reojo sin moverme mucho. Se había dormido del todo y su cabeza había descansado justo ahí, relajada, sin preocupaciones. Su respiración era lenta y tranquila, y el moretón de su mejilla se notaba más claro ahora que no intentaba disimularlo. Sin querer, una sonrisa pequeña y tímida se me escapó.
Pasó una hora más. Vi que su postura le resultaba incómoda: tenía el cuello torcido, muy poco espacio para moverse y seguro le dolería al despertar. Con muchísimo cuidado, deslicé mi cuerpo hacia el respaldo, apoyé los pies sobre el espacio libre cerca de la puerta y ajusté mi posición para que ella estuviera más cómoda.
Ella, sin despertar, se movió un poco, primero dándome la espalda, y luego se recostó completamente contra mi pecho. Su cabeza quedó justo debajo de la mía, su espalda pegada a mi torso, y ambos quedamos casi acostados en el asiento amplio. Tomé uno de mis audífonos y, con suavidad extrema, se lo coloqué en la oreja. En ese momento sonaba una canción de Bad Bunny:
“Diles que lo que siento no es pasajero,
que aunque no lo diga, aquí sigo entero…
que no me importa lo que piensen los demás,
si al final eres tú quien quiero encontrar…”
La abracé suavemente por la cintura para que no se resbalara con las curvas del camino. Mientras escuchábamos la música juntos, un pensamiento me martillaba la cabeza: No me gusta nada verla cerca de Jovany. Sé que es guapo, que tiene dinero y poder, y que le transmite esa calma que yo no sé cómo demostrarle… pero yo también siento cosas. Cosas que no me atrevo a decir en voz alta. Y verla sonreírle a él como si nada me revuelve todo por dentro.
Cerré los ojos, con ella pegada a mí, y dejé que el viaje siguiera su curso, preguntándome en silencio qué pasaría cuando por fin despertara.