Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Lo que no se dice, también quema
La noche era espesa como tinta negra. Afuera, la lluvia caía con una cadencia persistente, como si el cielo llorara por lo que estaba a punto de romperse.
En la habitación apenas iluminada, la libreta de cuero descansaba sobre la mesa. Su presencia parecía latir, como si escondiera dentro algo vivo. Dante no había dejado de mirarla desde que Isabella se durmió. Sentado en la penumbra, con el ceño fruncido y el cuerpo tenso, luchaba contra sí mismo.
Prometió no tocarla.
Pero ella no sabía lo que significaba para él romper una promesa.
Extendió la mano lentamente. Sus dedos rozaron la tapa con una mezcla de respeto y deseo. La textura suave del cuero le provocó un escalofrío. Tragó saliva y la abrió.
Primera página:
“No sé si estoy perdiendo la cabeza… o si recién ahora empiezo a entenderla.”
Frunció los labios. Pasó la hoja con cuidado. Segunda página:
“Luca.
Hay algo en su forma de protegerme, en esa torpeza silenciosa… que me recuerda a lo que alguna vez sentí como amor verdadero.
Aunque no confío en nadie, siento que él al menos me ve como algo más que una ficha de ajedrez.”
El nombre le golpeó el pecho. No lo dijo en voz alta, pero su mandíbula se tensó. Continuó.
“Y luego está él. Dante.
Ese monstruo vestido de hombre. Lo odio. Lo odio.
Lo odio porque… cuando me mira, algo se mueve en mi pecho. Y eso no debería pasar.”
Cerró la libreta con un golpe seco. Se quedó inmóvil, como si hubiera leído una sentencia. Su respiración se aceleró apenas, traicionándolo.
No era rabia.
Era celos. Crudos. Viscosos.
Luca. Su sombra. Su maldito reflejo. Y ella.
Ella que no debía importarle.
Ella que lo estaba desarmando sin tocarlo.
Costa norte – tercer intento fallido
Las botas de Luca resonaban sobre el piso húmedo de concreto. Afuera, los árboles crujían con el viento. Adentro, la mansión vacía parecía burlarse de él.
—Está limpia —dijo uno de los rastreadores, saliendo de una habitación polvorienta—. Hace días que no hay nadie acá.
Luca maldijo entre dientes. Se pasó la mano por la nuca mojada. Tres propiedades. Tres callejones sin salida. Pero había algo que no encajaba.
—¿No les parece demasiado… perfecto?
—¿A qué te referís?
—Ninguna huella, ni una prenda, ni una taza fuera de lugar. O Dante es un fantasma… o alguien le está diciendo cada paso que damos.
El silencio fue más revelador que una respuesta.
—Volvamos. Necesito revisar los mapas otra vez.
Pero mientras caminaban hacia los autos, Luca se giró una última vez hacia la casa. Tenía el presentimiento de que estaba cada vez más cerca.
Y, sin embargo, eso no lo tranquilizaba. Lo angustiaba.
Ubicación desconocida – día 8
Isabella despertó con un sobresalto. El amanecer apenas se insinuaba tras las cortinas cerradas. Tenía la garganta seca. Se sentía vigilada.
Se sentó en la cama, cubriéndose con la sábana, y clavó la vista en la mesa. El cuaderno seguía allí. Cerrado. Inofensivo. Pero…
¿estaba realmente igual? Lo tomó. Lo abrió.
Una hoja estaba levemente doblada, como si alguien —alguien con manos grandes— la hubiese presionado sin querer. Era una de las páginas donde hablaba de él.
Su pecho se encogió.
—No… —susurró.
Justo entonces, la puerta se abrió con suavidad.
—¿Dormiste bien? —preguntó Dante, entrando como si fuera el dueño del lugar… y de sus pensamientos. Ella lo miró con los ojos entornados, alerta.
—¿Leíste esto?
—¿Debería haberlo hecho?
—¡Dante!
Él se detuvo. Una sonrisa perezosa apareció en su rostro, pero sus ojos eran dos brasas.
—¿Preferís que lo niegue… o que lo confirme? Ella apretó la libreta contra el pecho.
—No tenías derecho.
—Tenía curiosidad —respondió, avanzando un paso—. Y ahora tengo respuestas.
—¿Qué querés?
—Que sigas escribiendo. Quiero leer todo lo que no te animás a decirme.
—¡Sos un enfermo!
—¿Y vos qué sos, Isabella?
—Su tono bajó—. ¿La víctima? ¿La rehén? ¿La hija de un asesino? ¿O la mujer que empieza a sentir algo que no puede controlar?
Ella lo miró, con el rostro ardiendo de rabia y vergüenza. Quería golpearlo. Gritar. Pero se quedó muda.
—Me das asco —susurró.
Él la observó por un segundo. Y luego, simplemente sonrió.
—Mentira.
Se fue, dejando tras de sí un torbellino de emociones sin nombre.
Mansión Mancini – noche
La sala de vigilancia olía a café viejo y desesperación.
—Algo no cierra —gruñó Vittorio—. Lo anticipa todo. Como si supiera cada paso antes de que lo demos. Luca cruzó los brazos. Sus ojos estaban rojos de insomnio.
—¿Y si no está en sus propiedades? ¿Y si está en una que no es suya?
—¿Un prestanombre?
—O peor. Un aliado.
Vittorio dio un puñetazo a la mesa.
—Encontrala, Luca.
O empiezo a hacer preguntas con métodos que ni vos vas a poder justificar. Luca asintió. Pero su mente no estaba solo en la búsqueda.
Estaba en Isabella.
Y en la posibilidad, remota pero hiriente, de que alguien más ya la estuviera alcanzando emocionalmente.
Ubicación desconocida – madrugada Isabella no podía dormir.
Daba vueltas en la cama, como si las sábanas ardieran. Se sentía expuesta, vulnerable, desnuda incluso con ropa. Su mente no callaba.
Pensaba en su padre. En Luca. En el caos de su vida. Pero, por encima de todo… pensaba en Dante.
¿Por qué la había leído?
¿Por qué, maldita sea, lo extrañaba cuando salía de la habitación?
Se levantó, fue hasta la mesa y miró la libreta. La abrió… luego la cerró con fuerza.
—No voy a volver a escribir —se dijo. Pero sabía que era mentira.
Porque a veces, lo que no se dice… también quema.