Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El chico de TikTok
Ya habían pasado tres meses desde que Mariana, Valentina y Sofía consiguieron novio. Durante esos tres meses no hubo un solo día en el que no me molestaran con el mismo tema.
—Lilibeth, consiga novio.
—Lilibeth, ya está quedando atrás.
—Lilibeth, todo el mundo tiene pareja menos usted.
Y yo siempre respondía exactamente lo mismo.
—No quiero novio.
—Primero quiero terminar mis estudios.
La verdad ya estaba cansada de escuchar lo mismo todos los días.
Aquella tarde llegué del colegio, almorcé con mi mamá y mi hermano Samuel, terminé unas tareas y me encerré en mi habitación para descansar un rato.
Me acosté en la cama y empecé a mirar TikTok.
Pasaba videos sin prestar mucha atención.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Hasta que apareció un video que me hizo detenerme.
Era un muchacho.
Tendría unos 21 años más o menos.
Era alto, moreno, tenía una sonrisa bonita y unos ojos que llamaban bastante la atención.
Yo me quedé mirando la pantalla.
—Uy...
Seguí viendo el video.
Entonces escuché que estaba cantando.
Y no era cualquier canto.
Cantaba demasiado bonito.
Su voz era afinada y transmitía mucha tranquilidad.
Cuando terminó el video, entré a ver otro.
Y luego otro.
Y otro más.
Prácticamente me quedé viendo todo su perfil.
En algunos videos aparecía cantando.
En otros mostraba la finca.
También aparecía trabajando en el campo, caminando entre cafetales y montando caballo.
Era algo totalmente diferente a lo que normalmente veía en redes sociales.
Me dio curiosidad.
Entonces revisé su perfil.
Su nombre aparecía claramente.
Hernán Darío Zepeda.
—Qué nombre tan bonito —murmuré.
Seguí viendo videos.
Mientras más veía, más me llamaba la atención.
No solamente porque era guapo.
También parecía buena persona.
Tenía algo diferente.
Algo sencillo.
Algo que transmitía tranquilidad.
Yo estaba impresionada.
La verdad nunca me había pasado algo parecido.
Varias veces pensé en escribirle.
Entraba al chat.
Salía.
Volvía a entrar.
Y volvía a salir.
Me daba demasiada pena.
—No.
—Qué vergüenza.
Apagué el celular.
Pero cinco minutos después ya lo tenía nuevamente en las manos.
Entré otra vez a su perfil.
Y seguí viendo videos.
Finalmente respiré profundo.
—Bueno, Lilibeth.
—Es solamente un saludo.
Tomé valor.
Abrí el chat.
Y escribí una sola palabra.
"Hola."
Mi corazón comenzó a latir rapidísimo.
Sentía una mezcla de nervios y vergüenza.
Pensé que nunca iba a responder.
Después de todo, ni siquiera me conocía.
Pero unos minutos después apareció una notificación.
Había respondido.
"Hola, ¿cómo estás?"
Yo sonreí inmediatamente.
—¡Me respondió!
Intenté calmarme antes de escribir.
—Bien, gracias. ¿Y tú?
La conversación comenzó de manera sencilla.
Hablamos de cómo había estado el día.
De lo que hacíamos.
Y poco a poco la charla empezó a fluir.
Me sorprendió que fuera tan amable.
No parecía presumido ni creído.
Todo lo contrario.
Era muy educado.
Después de varios mensajes decidí preguntarle algo.
—¿Cuántos años tienes?
La respuesta llegó casi enseguida.
—Tengo 21 años. Los cumplí hace poco.
Yo abrí los ojos.
—Ah, recién cumplidos.
—Sí.
—¿Y tú?
Por unos segundos dudé.
Pero respondí.
—Tengo 15 años.
—Qué bien.
La conversación continuó.
Le pregunté dónde vivía.
Y me contó que vivía en una finca cerca de Armenia.
También me habló un poco sobre su familia.
Sobre su hermano Felipe.
Sobre su cuñada Sara.
Y sobre su pequeña hermana Melissa.
Yo escuchaba todo con mucha atención.
Era un mundo completamente diferente al mío.
Mientras yo hablaba de colegios, tareas y amigas, él hablaba de cafetales, cosechas y animales.
Y aun así la conversación resultaba interesante.
Después de un rato decidí preguntarle algo que me daba mucha curiosidad.
—¿De verdad sabes cantar así?
Él respondió con humildad.
—Más o menos.
—No sea mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque canta demasiado bonito.
Él respondió con una carita riéndose.
Yo también me reí.
La conversación siguió avanzando.
Hablamos de música.
De comida.
De lugares que nos gustaban.
Y de muchas cosas más.
Lo curioso era que el tiempo parecía pasar muy rápido.
Cuando miré la hora me sorprendí.
Habían pasado más de dos horas hablando.
Ni siquiera me había dado cuenta.
En ese momento escuché a mi mamá llamándome desde la cocina.
—¡Lilibeth!
—¿Sí?
—Venga a comer.
—Ya voy.
Miré nuevamente la conversación.
La verdad no quería dejar de hablar con él.
Pero tenía que ir.
Así que escribí un último mensaje.
—Me tengo que ir a cenar.
—Está bien.
—Me gustó hablar contigo.
Pasaron unos segundos.
Y luego llegó la respuesta.
—A mí también me gustó hablar contigo.
Sentí algo extraño.
Una sensación bonita que no sabía explicar.
Guardé el celular y salí de mi habitación.
Durante toda la cena seguí pensando en aquella conversación.
Mi mamá incluso me preguntó varias veces por qué estaba sonriendo tanto.
Pero yo solamente respondía que no era nada.
Esa noche, cuando regresé a mi cuarto, revisé el celular una última vez antes de dormir.
Volví a leer algunos mensajes.
Y sin darme cuenta sonreí otra vez.
Lo más curioso era que durante meses había repetido que no quería novio porque quería terminar mis estudios.
Y seguía pensando exactamente lo mismo.
Pero por primera vez en mucho tiempo sentía curiosidad por conocer a alguien.
Mientras apagaba el celular y me acomodaba para dormir, no podía dejar de pensar en aquel muchacho del campo.
El muchacho que cantaba bonito.
El muchacho que vivía entre cafetales.
El muchacho llamado Hernán Darío Zepeda.
Y aunque todavía no lo sabía, aquel simple "hola" que escribí por impulso acababa de convertirse en el inicio de algo que cambiaría nuestras vidas para siempre.