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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 13 — El espejo y la traición

La llama se volvió faro, luego espada, luego espejo. El objeto que ahora levitaba sobre el altar de cristal no era una simple superficie reflectante; era un umbral a la verdad sin filtros, un castigo para los ojos que deseaban mantener la ilusión de la inocencia. El cristal del espejo palpitaba con una luz opalescente, rítmica como un pulmón que respira tras un largo cautiverio. Las cuatro elfas, las Guardianas de la Medianoche, se agolparon a su alrededor, aunque una parte de ellas deseaba retroceder y huir hacia la ceguera del olvido.

Ravenna Shadow fue la primera en notar que la superficie del espejo no mostraba sus rostros cansados. El cristal comenzó a nublarse con una niebla color ámbar y ceniza.

—No nos está mostrando lo que somos —murmuró Ravenna, su voz apenas un hilo de aire—. Nos está mostrando lo que nos precede. El espejo está buscando la raíz de la podredumbre.

Lyraka, con la mano aún apoyada en la empuñadura de su daga, entrecerró los ojos. Sus cuernos púrpuras vibraron, detectando una disonancia en el aire.

—Miren eso... —señaló con un dedo tembloroso—. Esa no es la Ciudad de Cristal que yo conozco.

En el fondo del espejo, una imagen comenzó a cobrar nitidez. Era la Gran Corte de la Luz, el lugar sagrado de donde Xylia Brook procedía. Pero no era la corte gloriosa que los bardos describían. Los pilares de mármol estaban manchados con una pátina de oro corrupto, y las figuras que se movían entre las sombras de las columnas no eran ángeles, sino consejeros de rostros afilados y ojos hambrientos.

Xylia dio un paso adelante, su armadura de ceniza emitiendo un sonido metálico que resonó como un lamento en el Vórtice. Sus manos, envueltas en guanteletes dorados, se cerraron con tal fuerza que el metal crujió.

—Esos son mis tíos... el Alto Consejo de los Brook —susurró Xylia. El horror en su voz era palpable, una nota aguda de desilusión que cortaba el aire—. ¿Qué están haciendo? ¿Por qué están rodeando el Altar del Sol con esas dagas de obsidiana?

La escena en el espejo se volvió más nítida, casi obscena en su claridad. El Consejo de la Luz, aquellos que habían enviado a Xylia a su misión "sagrada" para salvar el mundo, estaban realizando un ritual prohibido. No estaban tratando de mantener el equilibrio; estaban extrayendo la esencia del sol para embotellarla, para usarla como un arma de dominación total sobre las tierras de la sombra.

—¡Nos mintieron! —estalló Lyraka, volviéndose hacia Xylia con una furia salvaje en los ojos—. ¡Tu gente, esa "luz perfecta" que tanto defiendes, está haciendo tratos con el vacío para esclavizarnos a todos! ¡Me enviaron a morir en el Desfiladero mientras ellos afilaban sus colmillos dorados!

Xylia no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en la figura central del ritual: su propio padre, el Rey de la Luz, sosteniendo un fragmento de cristal que contenía una oscuridad palpitante. La traición no era solo política; era una puñalada en el centro de su identidad.

—Yo no... yo no lo sabía, Lyraka —dijo Xylia, y su voz sonó como si estuviera a punto de romperse en mil pedazos—. Me dijeron que mi armadura era para proteger la vida. Me dijeron que el pacto era la única forma de evitar la extinción.

—¡Pues parece que el pacto era solo una distracción! —rugió Lyraka, desenvainando su daga y apuntando al espejo—. ¡Mientras nosotras nos desangrábamos aquí, ellos estaban preparando su trono sobre nuestras tumbas! ¡Maldita sea tu luz y maldita sea tu estirpe, Xylia!

Shapira se interpuso entre ambas. Sus cadenas se elevaron, formando un muro de eslabones negros que vibraban con una advertencia silenciosa. No quería que pelearan, pero sus propios ojos, pozos de vacío infinito, reflejaban una tristeza que superaba la rabia de Lyraka. Shapira entendía la traición mejor que nadie; ella misma había sido silenciada por aquellos que decían protegerla.

Ravenna, intentando mantener la calma a pesar de que sus propias manos temblaban violentamente sobre el Tomo, intervino.

—¡Basta! —gritó, y su voz de erudita recuperó por un segundo su autoridad—. El espejo no nos muestra esto para que nos matemos entre nosotras. Nos lo muestra porque la traición es la grieta por la que el caos volverá a entrar. Si nos dividimos ahora, el ritual del Consejo tendrá éxito y el equilibrio que acabamos de jurar proteger se convertirá en una broma sangrienta.

Xylia cayó de rodillas frente al altar. El brillo de su armadura pareció palidecer, volviéndose de un gris sucio.

—Toda mi vida... —sollozó, y el sonido fue tan desgarrador que incluso Lyraka bajó su arma—. Cada oración, cada entrenamiento, cada sacrificio... fue para ellos. Fui una herramienta. Me usaron para llegar al Vórtice porque solo alguien de "sangre pura" podía abrir la puerta. Y ahora que la puerta está abierta... van a usar lo que hemos creado para destruir todo lo que amo.

La traición se sentía como un peso físico en el aire del Vórtice. No era solo la traición de la familia de Xylia; era la traición de un sistema de creencias que las había moldeado a las cuatro. Las sombras en el espejo comenzaron a reír, un sonido sordo que parecía filtrarse a través del cristal. Los consejeros de la luz estaban brindando con copas llenas de una energía que no les pertenecía.

—Miren —dijo Shapira, señalando con un dedo huesudo hacia una esquina del espejo.

Allí, oculta en la periferia de la visión, estaba la sombra de otra figura. No era de la luz, sino de la oscuridad. Era la Gran Matriarca de las Tierras Sombrías, la líder del pueblo de Lyraka. Estaba allí, en la misma habitación que el Consejo de la Luz, intercambiando pergaminos sellados con sangre.

El silencio que siguió fue absoluto. Lyraka sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Madre? —susurró, con una incredulidad que le robó el aliento—. No... ella odia a la luz. Ella juró que los destruiría...

—No los está destruyendo —dijo Ravenna con amargura, leyendo los labios de la imagen en el espejo—. Está negociando los términos de la partición del mundo. Luz para los Brook, sombras para los Van’Thar. El resto de nosotros... los que no pertenecemos a las grandes casas... seremos el ganado.

Las cuatro se miraron, y en ese círculo de Guardianas, la desconfianza comenzó a florecer como un hongo venenoso. Si sus propios líderes habían conspirado para crear una guerra falsa y luego una paz falsa, ¿qué valor tenía su sacrificio? ¿Qué valor tenía el pacto de la medianoche?

—Hemos sido las tontas de la historia —dijo Lyraka, su voz ahora muerta, despojada de toda emoción—. Nos enviaron a morir para que ellos pudieran vivir mejor. Nos dieron esta "corona" para mantenernos ocupadas mientras ellos se reparten el botín.

Xylia levantó la cabeza. Sus ojos, antes llenos de lágrimas, ahora ardían con un fuego nuevo. No era el fuego del sol, sino el fuego de la justicia herida. Se puso en pie lentamente, y su armadura de ceniza comenzó a absorber la luz que el espejo proyectaba. La traición ya no la hundía; la estaba transformando en algo más peligroso.

—No —dijo Xylia, y su voz resonó con una vibración dorada que hizo vibrar el cristal del altar—. No seremos sus herramientas. Si ellos escribieron esta historia con mentiras, nosotras la reescribiremos con la verdad. Aunque tengamos que quemar sus tronos hasta los cimientos.

El espejo comenzó a brillar con una intensidad insoportable, reflejando no solo la conspiración, sino la posibilidad de una respuesta. La superficie del cristal se volvió líquida, como agua dorada, y una serie de símbolos ancestrales empezaron a flotar en su interior, pidiendo ser liberados.

Ravenna se dio cuenta de que el espejo estaba esperando una acción. No era solo un visor; era un nexo.

—El espejo muestra el camino hacia la verdad oculta —dijo Ravenna—. Pero para ver los nombres, para saber quién es el verdadero arquitecto de esta mentira, alguien debe reclamar la visión. Alguien debe aceptar el dolor de ver lo que hay detrás del velo.

Xylia no dudó. A pesar de que su gente era la protagonista de la infamia, o quizás precisamente por eso, dio el paso final hacia el altar. La más dorada de las cuatro, la que más había perdido en términos de fe, era la que debía liderar la revelación.

—Yo lo haré —sentenció Xylia—. Mi sangre abrió esta puerta, y mi sangre la cerrará si es necesario. No me importa lo que cueste. Quiero ver quiénes son. Quiero sus nombres. Quiero saber quién vendió nuestras almas antes de que naciéramos.

Las cadenas de Shapira se apartaron, permitiéndole el paso. Lyraka observaba con los puños cerrados, una mezcla de odio y esperanza luchando en su rostro. Ravenna levantó el Tomo, lista para registrar el horror que estaba por venir.

Cuando el espejo mostró una traición, la más dorada alzó la mano.

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