En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 12
A la mañana siguiente, Camilo se había marchado antes del amanecer rumbo a Nueva Jersey, dejando tras de sí una estela de órdenes estrictas y un silencio que en lugar de calmar los ánimos, parecía haber agudizado las tensiones invisibles que flotaban en los pasillos del ala este. Los guardias se movían con pasos amortiguados por las alfombras, conscientes de que, con el líder interino fuera, el temperamento de Franco y el humor cambiante de Elena eran fuerzas con las que nadie quería tropezar
En la planta alta, en una sala de estar privada que los tres primos habían usado desde que eran niños para planificar sus movimientos, Elena Rossi permanecía de pie frente a un espejo de marco dorado. Llevaba un vestido de punto negro que se ajustaba a su silueta delgada, pero su atención no estaba en su reflejo, sino en el vacío del pasillo que conducía a las habitaciones de los invitados. Sus dedos, adornados con un anillo de oro que Fabián le había regalado al cumplir los dieciocho, se cerraban con una fuerza que volvía blancos sus nudillos
Desde que tenía uso de razón, Elena había sido el eje sobre el cual giraba la devoción de los hombres de su generación. Había crecido mimada, custodiada y colocada en un pedestal por su hermano Franco y por su primo Camilo. Para ellos dos, el mundo exterior era un terreno baldío lleno de enemigos prescindibles, pero Elena era sagrada. Si alguien la miraba más de la cuenta en una fiesta, Franco se encargaba de romperle las manos, si alguien osaba proponer una alianza que la incluyera, Camilo desmantelaba la organización entera desde su despacho. Habían sido los tres contra el mundo, una trinidad perfecta de violencia y lealtad donde ella era la reina indiscutible
Pero ahora, esa realidad se había quebrado
La puerta de la sala se abrió y Franco entró arrastrando los pies, con los ojos cansados de haber pasado la madrugada revisando los contenedores de carga que habían llegado del norte. Se dejó caer en el sofá de cuero, soltando un suspiro largo y mirando a su hermana con una mezcla de pereza y aburrimiento
— Camilo ya aterrizó en Teterboro — dijo Franco, sacando su teléfono para revisar los mensajes — Me mandó un texto diciendo que los hombres de Nueva Jersey ya están alineados en el puerto esperando su llegada. Parece que el viaje va a ser más corto de lo que nuestro padre y el tío Marco esperaban
Elena no se dio la vuelta inmediatamente. Mantuvo la vista fija en el espejo un segundo más, tragándose el nudo de irritación que se le formaba en la garganta cada vez que escuchaba el nombre de su primo vinculado a la prisa por regresar
— ¿Y te dijo si piensa volver directamente a la oficina, o si va a correr al ala este en cuanto baje del avión para ver si la civil ha decidido tomar el té?
Franco levantó la vista del teléfono, arqueando una ceja al notar el tono filoso y cargado de veneno que su hermana no había logrado disimular
— Vaya, Elen, sigues con eso en la cabeza. Pensé que después de la charla con mi madre ayer estarías más concentrada en los balances de la galería
— Estoy perfectamente concentrada, Franco — respondió ella, volteándose por fin con esa calma gélida que solía aterrar a los enemigos de la familia, aunque con su hermano no surtiera el mismo efecto — Lo que me molesta es la falta de coherencia. Hemos pasado años construyendo una reputación basada en no tener puntos débiles. Tú y Camilo me enseñaron que cualquier distracción fuera de la sangre es un peligro mortal. ¿Y ahora resulta que tenemos que modificar los horarios de las camionetas y desviar guardias del perímetro solo porque una restauradora de Nueva York se siente triste en su habitación? Es ridículo
Franco soltó una risa corta, dejando el teléfono sobre la mesa de centro
— No es por la seguridad de la organización que estás así, pequeña. Te conozco desde que usabas vestidos de encaje y llorabas si Camilo no te dejaba sentarte a su derecha en las cenas de Navidad. Lo que te pasa es que no soportas que nuestro primo tenga los ojos puestos en otra persona que no seas tú
Las palabras de Franco cayeron como un latigazo en la sala. Elena enderezó la espalda, y por un instante, sus ojos grises parecieron oscurecerse con una furia sorda que rara vez mostraba
— Mide tus palabras, Franco. No me compares con una civil cualquiera. Yo soy una Rossi. El respeto que Camilo y tú me deben no es un capricho infantil, es la base de nuestra alianza. Si Camilo empieza a ablandarse por culpa de esa mujer, toda la estructura que heredamos se va a venir abajo. Y no voy a dejar que una aparecida arruine lo que mis padres construyeron
— Camilo no se está ablandando — replicó Franco, poniéndose serio y perdiendo la ligereza de sus gestos — Ayer firmó las ejecuciones de los intermediarios de Nueva Jersey sin parpadear frente a mi padre. Su mano sigue siendo igual de fría. Simplemente ha encontrado un juguete que se le resiste, y ya sabes cómo es él cuando algo no sale como lo planea en su cabeza de estratega. Se obsesiona hasta que lo rompe o lo domina. Déjalo que se divierta un rato. En cuanto la chica se acostumbre a las reglas o se quiebre del todo, él volverá a aburrirse y todo regresará a la normalidad
— No lo entiendes, Franco — dijo Elena, caminando hacia la ventana y mirando la lluvia que caía sobre los jardines — Ayer le pidió a mi madre que se apartara. Nunca, en toda su vida, Camilo había puesto las necesidades de un extraño por encima de los deseos de nuestra familia. Ella se está metiendo bajo su piel de una manera que él no nota porque cree que lo tiene todo controlado. Pero yo sí lo noto. Cada vez que entra a una habitación, sus ojos buscan el ala este. Ya no me escucha cuando le hablo de los negocios del norte, se limita a asentir mientras revisa los informes médicos de esa mujer. Ha dejado de ser nuestro ancla
Franco se levantó del sofá, acercándose a su hermana y poniéndole una mano en el hombro, en ese viejo gesto de protección que siempre lograba calmarla
— Eres la reina de esta casa, Elen. Ninguna mujer que venga de fuera va a cambiar eso. Mi padre y el tío Marco jamás permitirían que una civil ocupe un lugar de influencia aquí. Si tanto te molesta su presencia, espera a que Camilo regrese y hazle ver que la chica está entorpeciendo el trabajo. Pero no dejes que los guardias te vean con esa cara de celos, porque en las calles de Chicago la única imagen que debemos proyectar es la de un bloque de hielo impenetrable
Elena apartó la mano de su hermano con suavidad, pero sus ojos seguían fijos en la dirección del ala este
— No voy a esperar a que regrese, Franco. Hoy tengo que supervisar el traslado de los materiales de restauración que Camilo mandó traer desde Nueva York. Voy a ir yo misma a entregarle esas cajas a la invitada. Quiero ver de cerca qué es lo que tiene esa mujer que ha logrado que el hombre más frío de esta ciudad olvide sus propias reglas
Media hora más tarde, Elena caminaba por el largo pasillo del ala este, seguida por dos guardias que cargaban las pesadas cajas de madera con las herramientas y los componentes químicos que Isabella había solicitado. El sonido de sus tacones contra el suelo de madera era el único aviso de su llegada. El guardia de la puerta del dormitorio se enderezó de inmediato al verla, abriendo el cerrojo sin hacer preguntas. Ningún empleado en esa casa se atrevía a cuestionar una orden de la hija de Fabián Rossi
Al entrar, la habitación estaba en un silencio absoluto. Isabella se encontraba sentada junto a la ventana, vestida con un suéter oscuro que le quedaba grande y con el cabello recogido de manera improvisada. Al escuchar los pasos, se volvió despacio, esperando ver la figura imponente de Camilo, pero al encontrarse con la mirada hostil de Elena, se tensó en su asiento, reconociendo el peligro inmediato que emanaba de la joven mafiosa
— Déjenlas sobre la mesa larga — ordenó Elena a los guardias, señalando un mueble de roble que habían acomodado cerca del caballete — Y retírense. Esperen afuera hasta que yo decida salir
Los hombres acataron la orden de inmediato, dejando las cajas y cerrando la puerta tras de sí. Elena se quedó en el centro del cuarto, con los brazos cruzados y recorriendo el espacio con una mirada de desagrado profundo que se detuvo finalmente en el rostro pálido de Isabella
— Aquí tienes tus juguetes de Nueva York — dijo Elena, su voz sonando como un fino hilo de seda cortante — Camilo movió una camioneta entera solo para traer estas porquerías desde tu apartamento. Parece que tu estado de ánimo es la prioridad absoluta en esta casa desde que llegaste
Isabella se levantó despacio, manteniendo una distancia prudencial. Había aprendido del consejo de Caroline que en esa casa cada interacción era un tablero de ajedrez, pero la hostilidad de Elena era diferente, no era la frialdad estratégica de Camilo ni la severidad madura de los fundadores, era algo puramente personal y cargado de un resentimiento que no lograba comprender del todo
— Solo pedí mis herramientas para trabajar. Tu primo me dijo que si terminaba la restauración de la pintura, me permitiría tener un poco de libertad dentro de la casa. No busco causar problemas a nadie
Elena soltó una risa seca, dando un paso hacia ella con una elegancia depredadora
— No lo llames "tu primo" como si tuvieras derecho a hablar de él de esa manera. Camilo Rossi es el heredero de este imperio y la única razón por la que estás en esta habitación y no en el fondo del río, es porque él tiene una fijación temporal contigo. Pero no te confundas, civil. En esta familia, los caprichos duran poco. He visto a hombres más fuertes que tú suplicar por sus vidas en los sótanos de esta propiedad por haber intentado interponerse entre nosotros tres
Isabella la miró a los ojos, notando por primera vez la grieta en la armadura de la joven Rossi. No era desprecio lo que movía a Elena, eran celos puros, la desesperación de una niña mimada que veía cómo el centro de su universo se desplazaba hacia otra persona
— No me estoy interponiendo en nada, Elena. Yo no elegí estar aquí. Si por mí fuera, tomaría esas cajas y regresaría a Manhattan hoy mismo. Tu primo me trajo a la fuerza. Si tanta influencia tienes sobre él, ¿por qué no le pides que me deje marchar? Así los dos tendrían su vida de antes y yo recuperaría la mía
Las palabras de Isabella tocaron una fibra sensible en el orgullo de Elena. La idea de que una prisionera la viera como alguien que mendigaba la atención de Camilo la enfureció por completo. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de Isabella, su rostro pálido encendido por una rabia contenida que hacía que sus facciones juveniles se endurecieran de manera aterradora
— Tú no me vas a dar órdenes ni a decir lo que tengo que hacer con mi familia — susurró Elena, su voz vibrando con una amenaza latente — Camilo te trajo porque eres una novedad, un objeto que hace ruido porque no sabe cómo arrodillarse. Pero te aseguro algo, Isabella: yo estuve antes que tú, y estaré aquí mucho después de que él se haya cansado de tu lástima y de tus cuadros viejos. Si intentas usar esa supuesta debilidad de Camilo para ganar espacio en esta casa, me voy a encargar personalmente de que tu estancia aquí se convierta en un infierno del que ni mi primo te va a poder salvar
Isabella le sostuvo la mirada a pesar del miedo que le oprimía el pecho, dándose cuenta de que la mansión de los Rossi era un nido de lobos donde la sobreprotección enfermiza de los hombres hacia Elena había creado un monstruo de vanidad y celos que ahora la veía como su principal enemiga. En esa fortaleza de piedra, la prisionera no solo tendría que lidiar con la obsesión asfixiante de su captor, sino también con el veneno silencioso de una reina destronada que no estaba dispuesta a compartir su corona con nadie.