Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.
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Capítulo 15 — Nombres en la sangre
La mano dorada apartó el velo y reveló nombres escritos en sangre ancestral. No eran meras grafías sobre una superficie; eran filamentos de vida coagulada que flotaban en el aire gélido del Vórtice, palpitando con un latido agónico que resonaba en los oídos de las cuatro elfas como un tambor de guerra lejano. La luz dorada que Xylia había invocado ahora se teñía de un escarlata viscoso, una mutación cromática que simbolizaba la caída de su propia pureza.
—Mírenlos... —susurró Xylia, su mano aún extendida, temblando bajo el peso de la revelación—. No son solo nombres. Son deudas.
Ravenna Shadow se acercó, ajustándose sus lentes de lectura mágica, aunque no los necesitaba para sentir la toxicidad que emanaba de aquellos nombres. La sangre flotante formaba una espiral ascendente, como un ADN de traiciones que se extendía hacia el techo invisible de la Ciudad de Espejos. El olor era metálico, abrumador, evocando campos de batalla olvidados y sacrificios que nunca llegaron a los altares.
—Aethelgard Brook —leyó Ravenna, y el nombre vibró, soltando una gota de sangre que se evaporó antes de tocar el suelo—. Fue el primer Rey Solar. Se suponía que él trajo la civilización a las Tierras del Norte. Pero aquí dice otra cosa. Aquí dice que su trono fue cimentado sobre el silencio de diez mil elfas de las sombras que fueron "desvanecidas" para que la luz no tuviera competencia.
Lyraka soltó una carcajada amarga, una que terminó en un gruñido de dolor. Se tocó los cuernos de amatista, que ahora emitían un humo negro.
—¿Y qué hay de Malakor Van’Thar? —preguntó Lyraka, señalando un nombre que brillaba con una oscuridad rojiza—. Mi "gran ancestro". El que nos enseñó que las sombras eran nuestra fuerza. Mira su nombre, Ravenna. Está entrelazado con el de Aethelgard. No eran enemigos. Eran socios. Se repartieron el mundo como si fuera un pastel, dándonos el odio mutuo para que nunca miráramos hacia arriba.
Xylia cayó de rodillas, el impacto de su armadura contra el cristal resonó como un trueno. El oro de su guantelete estaba ahora cubierto de una pátina de sangre que no podía limpiar.
—He pasado toda mi vida rezando a un monstruo —dijo Xylia, su voz quebrada por una angustia que parecía desgarrar su garganta—. He matado en nombre de una luz que solo era el disfraz de un asesino. Cada oración que elevé, cada vez que juré proteger a los inocentes... lo hice bajo la mirada de un linaje de mentirosos. ¿Qué queda de mí ahora, Lyraka? ¿Qué queda de la "Luz del Norte" cuando la fuente es un pozo de sangre?
Lyraka, por primera vez, no sintió el impulso de burlarse de la elfa dorada. Se acercó y puso una mano sobre el hombro de Xylia. El contraste entre la sombra púrpura de Lyraka y el oro ensangrentado de Xylia era la imagen perfecta del equilibrio roto.
—Quedas tú —respondió Lyraka con una sinceridad feroz—. Queda lo que hiciste en la Ciudad de Espejos cuando no había nadie mirando. Queda el hecho de que no nos mataste cuando tuviste la oportunidad. Los nombres en la sangre son de ellos, Xylia. No tuyos.
Shapira se movió silenciosamente entre las dos, sus cadenas arrastrándose con un sonido melancólico. Señaló con su dedo pálido hacia la parte superior de la espiral de sangre, donde un nombre parecía brillar con una luz distinta, una luz plateada y fría que repelía el rojo. Era un nombre que parecía flotar por encima de la conspiración, pero que a la vez era su ancla.
—Elowen —leyó Ravenna, y el aire alrededor de ellas se volvió tan frío que sus alientos se convirtieron en escarcha instantánea—. Elowen la Desprendida.
El nombre de Elowen no estaba entrelazado con los de los reyes. Estaba separado por un vacío, una brecha en la sangre que sugería un aislamiento voluntario o un castigo eterno.
—Ella fue la última Reina de la Unión —explicó Ravenna, rebuscando desesperadamente en los archivos de su mente—. Desapareció antes de que comenzara la Guerra de los Siglos. Los libros dicen que ascendió a un plano de conciencia pura. La realidad, según este espejo, es mucho más oscura.
—No ascendió —dijo una voz que no era de ninguna de ellas. El espejo, ahora roto, emitió un eco que parecía venir del fondo de un océano—. Se desprendió de su pueblo para no ser parte de la carnicería. Pero al hacerlo, rompió el juramento primordial.
Las cuatro Guardianas se pusieron en guardia. Las sombras en el Vórtice comenzaron a tomar formas vagamente humanas, figuras de ceniza que representaban a los que habían sido borrados de la historia por los nombres en la sangre.
—¿Quién eres? —exigió Xylia, poniéndose de pie y levantando su espada, que ahora goteaba energía escarlata.
—Soy la memoria de lo que pudo ser —respondió el eco—. Elowen no fue una santa. Fue una cobarde. Vio cómo los reyes de luz y sombra preparaban sus dagas y, en lugar de luchar, se arrancó el corazón y lo escondió en el Vórtice. Ella es la Reina Desprendida porque se desprendió del dolor de los demás para salvar su propia paz. Y al hacerlo, dejó el juramento de la medianoche roto.
Ravenna sintió que las piezas del rompecabezas encajaban con una violencia dolorosa.
—El juramento no era para proteger el mundo —murmuró Ravenna—. El juramento era para mantener a las casas unidas bajo una sola corona. Al romperse, la corona se fragmentó en mil pedazos de odio. Estamos buscando una corona que ya no existe, o que ha sido sustituida por este horror.
—¿Y qué pasa con nosotras? —preguntó Lyraka, desafiando a las sombras—. Nos han traído aquí para ser las nuevas Guardianas. ¿Guardianas de qué? ¿De un cementerio de mentiras?
Las sombras no respondieron con palabras, sino con un movimiento de la espiral de sangre. El nombre de Elowen comenzó a descender, colocándose frente a ellas. Debajo del nombre, aparecieron unas runas que no hablaban de poder, sino de castigo. Eran las cláusulas del juramento que Elowen había abandonado.
Xylia miró a sus compañeras. El horror inicial estaba siendo reemplazado por una resolución gélida.
—Si ella rompió el juramento, nosotras debemos repararlo —dijo Xylia—. Pero no como ellos querían. No para devolverles el poder a los Brook o a los Van’Thar. Lo repararemos para que nadie vuelva a ser esclavo de un nombre en la sangre.
—Pero reparar un juramento de este calibre no es gratis —advirtió Ravenna, señalando las runas finales—. El precio está escrito aquí, en la base de la espiral. Elowen no lo pagó, y por eso el mundo se pudrió.
Shapira dio un paso adelante, sus ojos encontrándose con los de Ravenna. Ella parecía entender el lenguaje de las runas mejor que nadie, quizás porque su propia vida había sido un largo ejercicio de pago silencioso. Shapira tocó la runa final, y una vibración de absoluta tristeza recorrió el Vórtice.
—El precio... —Ravenna se cubrió la boca con la mano, sus ojos llenos de una compasión súbita—. El juramento exige un sacrificio que no es de sangre, sino de esencia. Pide que una parte de lo que nos hace seres vivos sea entregado a la corona para que el equilibrio vuelva a tener un peso.
Lyraka miró la espiral, luego a sus amigas. Sabía que el tiempo de las palabras se estaba acabando. El aire en el Vórtice estaba empezando a colapsar sobre sí mismo, atraído por el vacío que la Reina Desprendida había dejado atrás.
—Entonces hagámoslo —dijo Lyraka, aunque sus manos temblaban—. Prefiero perder una parte de mí que vivir entera en un mundo construido por esos bastardos.
Xylia asintió, su rostro endurecido por la determinación.
—Elowen se desprendió de su pueblo. Nosotras nos uniremos a él, incluso a través del dolor.
Se acercaron a la espiral, sus manos entrelazándose por primera vez de forma voluntaria. El oro, la sombra, la erudición y el silencio se fundieron en un solo propósito. La sangre ancestral comenzó a girar más rápido, volviéndose un torbellino que amenazaba con devorarlas. Las visiones de los reyes traidores se desvanecieron, dejando solo el nombre plateado de la reina que huyó.
Los nombres pertenecían a una reina desprendida y a un juramento roto.