Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Lani no soportó el tono de Teresa.
La chica parecía fina, con vestido claro, pelo largo y cara de porcelana, pero hablaba como si cada palabra viniera con perfume y veneno.
—¿A quién le dice conocida por todos? —murmuró él, indignado.
Sol lo frenó con una mano.
—Está bien. Cinco minutos.
Fueron al patio trasero de la cafetería, lejos de los clientes.
Teresa no dio vueltas.
—Soy Teresa Fernández. Me gusta Santiago Quiroga desde hace mucho. Vos apareciste hace dos días y ya te metiste en el medio. En el amor también existe el primero en llegar.
Sol tardó un segundo en procesarlo.
—¿Santiago?
—Sí. Ya me declaré. Yo llegué antes.
Teresa hablaba como una nena defendiendo un juguete que nadie le había prometido.
Sol levantó las manos.
—Creo que entendiste mal. Conozco a Santiago hace pocos días. Lo vi unas veces por lo de nuestras mamás. No me gusta y no voy a robarle el novio a nadie.
—Pero él gusta de vos —dijo Teresa, clavándole los ojos—. Va al comedor a mirarte juntar bandejas desde hace un año. Y dijo que ojalá vos lo sedujeras.
Sol abrió los ojos.
—¿Dijo qué?
La sorpresa fue tan genuina que Teresa le creyó.
—Esta vez te creo. Pero te lo digo claro: Santiago es mío. No te metas.
Sol cruzó los brazos.
—Santiago es de Santiago. Si le gustás o no, eso lo decide él. Yo sólo puedo decirte que ahora somos conocidos, nada más.
Teresa la recorrió de arriba abajo.
—Aunque quisieras competir, no me das miedo. Sos una chica que sirve café, junta platos y trabaja por monedas. A Santiago no le servís para nada. Él no es ciego. Va a elegirme a mí.
Se dio vuelta, volvió al mostrador y dejó un fajo de billetes nuevos.
—Para el chico del café. Propina.
Después salió con la misma elegancia con la que había entrado.
Lani agarró el fajo.
—Cien mil pesos. Qué cabeza rota. Pero generosa.
Partió la plata en dos.
Sol no quiso agarrarla.
—No.
—Sí. Te insultó en horario laboral. Eso se factura.
Sol pensó un segundo y aceptó.
Plata era plata. Y si Teresa quería pagar por humillarla, mejor.
Con ese ingreso inesperado, al mediodía no dudó en pedir un auto para ir a la residencia Alcázar.
En el jardín, Don Ernesto caminaba despacio bajo los sauces con Ramiro.
Los dos vieron a Sol cruzar apurada hacia la casa.
El rostro cargado del viejo se aflojó apenas.
Ramiro aprovechó.
—Desde que la señora Sol llegó, el señor Bruno tiene mejor color. Ya no tiene las mejillas tan hundidas y hasta las muñecas se le ven con un poco más de carne. Usted acertó al traerla.
Don Ernesto se quedó mirando la puerta.
—La eligió Bruno. Yo sólo la traje. ¿Vos creés que la conocía de antes? Con tantas chicas de familias mejores, justo reaccionó con la hija de Ricardo Linares.
—Puede ser. El señor Bruno hablaba poco. Lo que veía, se lo guardaba.
Don Ernesto suspiró.
—Ése es su problema. Hizo demasiado por esa mujer, y ella ni siquiera lo agradeció.
Ramiro bajó la voz.
—El señor Bruno tiene la cara fría y el corazón blando. Va a estar bien, Don Ernesto. La buena gente también tiene suerte.
Sol no escuchó nada. Subió directo.
La puerta de Bruno estaba abierta.
Marta estaba sentada junto a la cama, dándole de comer con una taza.
Sol miró la bandeja. Arroz blanco espeso, casi sin cocción rica, y un platito con pepinillos picados.
Marta alzó los ojos triangulares.
—Qué ocupada anda, señorita. Llega a esta hora y el señor Bruno lleva media mañana sin cuidados. ¿No era usted la que iba a hacerse cargo de su comida? Así se le va a ir la carne que por fin recuperó.
La frase también decía otra cosa: Bruno se iba a morir.
Sol pensó en la cámara recién instalada.
No convenía alertarla.
Sonrió.
—Perdón por llegar tarde. Gracias por ayudar, Marta.
Marta vio la suavidad y se agrandó.
—Bueno, si ya llegó, bajo. Tengo mil cosas. Una trabaja hasta morirse acá.
Cuando quedó sola, Sol tocó el abdomen de Bruno.
Plano.
Vacío.
No había comido nada.
—Perdón, señor Alcázar. Me atrasé. Pero en la cafetería le preparé algo de lo que le gusta. Ahora comemos.
Bruno estaba hambriento. Desde que probaba la comida de Sol, el apetito le había vuelto. Marta le acercó esa cosa aguada y él apretó los dientes, negándose a tragar.
Ahora el olor de la comida real llegó a su nariz.
Abrió la boca.
Sol sonrió.
—Hoy hice crema de loto. Está un poco dulce, pero suave. Y el huevo al vapor tiene langostino, centolla, almejas y pescado blanco picado. Mucha proteína.
Bruno se sorprendió.
¿Eso venía de una raíz fea como el loto?
La comida popular no estaba nada mal.
Sol lo alimentó sin apuro y le habló de la chica de la cafetería.
—Hoy vino una chica a decirme que le gusta Santiago y que no se lo robe. Pobrecita, la verdad. Si alguien no me quiere, yo me voy. ¿Para qué vivir colgada de quien no te elige?
Bruno escuchaba con una curiosidad inesperada.
¿Así eran las parejas comunes? ¿Comían y hablaban de celos, de trabajos, de amigas, de tonterías?
En la casa Alcázar, las comidas eran en mesas largas, silenciosas, frías. Nadie hablaba de nada que no fuera dinero, negocios o apariencias. Hasta la comida perdía sabor.
—Y, ¿sabés? Esta mañana Tomás me agarró la mano. Me dieron ganas de tirarlo por arriba del hombro. Una lástima que justo entró su abuelo. Ahora siento que me quiero lavar la mano mil veces.
Bruno pensó:
Inútil. Lavarse no sirve. Había que morder de vuelta.
Sol terminó de darle la comida más rápido que otras veces.
—Hoy comió muy bien.
Tenía que volver a la cafetería. Lani la estaba cubriendo, pero no podía abusar.
Se fue como había llegado, apurada, dejando olor a comida y a vida.
El reloj de pared marcó las dos. Era la hora de la siesta de Don Ernesto.
La cámara diminuta estaba en el borde negro del reloj.
Bruno abrió los ojos.
Estiró el brazo hacia la mesa de luz y tiró del cajón. Recordaba que su celular estaba ahí. Necesitaba contactar cuanto antes a Rodrigo, su guardaespaldas, o a Elías, su asistente especial.
Conociendo a Esteban, Elías probablemente ya habría sido echado o aislado.
La puerta se abrió apenas.
Bruno retiró el brazo de inmediato.
Marta entró en puntas de pie.
No lo miró. Fue directo al vestidor, buscó algo pequeño y salió.
Bruno esperó a que la puerta se cerrara.
Después sacó el celular.
No encendía.
Sin batería.
Lo guardó de nuevo con un fastidio frío y cerró el cajón.
Empezó a mover cuello, hombros y brazos, poco a poco. Quería recuperar músculo. Probó con los dedos de los pies, pero las piernas seguían como madera sin respuesta.
En la cafetería, Lani no perdió tiempo.
—La chica de recién vino porque el flaco que le gusta está interesado en vos, ¿no?
Sol sonrió sin contestar.
—Te lo digo en serio —insistió él—. Esa parecía inocente, pero tiene estructura dramática. Miró demasiado fijo. Capaz hace cualquier cosa por ese chico.
Sol hizo una mueca.
—¿En serio hay gente que arma tanto teatro por alguien que no la quiere? Qué cansancio.
—Vos sos demasiado estudiante aplicada. Por eso estás soltera.
La puerta se abrió.
Santiago entró con una energía que hizo girar varias cabezas. Se apoyó en el mostrador.
—Sol, un americano con hielo, por favor.
Y le regaló una sonrisa tan limpia que Lani casi se atragantó.
—¿Es él? —le preguntó a Sol con los ojos.
—Sí —contestó ella, también con los ojos.
Santiago agregó:
—Mañana tu mamá sale, ¿no? Puedo ir a ayudar con los trámites. A veces son un lío.
Sol tomó el vaso que Lani ya había preparado.
—Santiago, necesito hablarte un minuto. ¿Vamos al patio?
La cara de él se iluminó.
—Sí.
En el patio, Santiago se puso nervioso. Creyó, por un segundo absurdo, que Sol por fin había notado sus intenciones.
Sol fue directa.
—Antes que nada, gracias por el análisis. Este café va por mí.
Él lo aceptó, mirándola con expectativa.
Sol respiró.
—Hoy Teresa vino a verme. Dijo que le gustás, que ya te lo dijo, y me pidió que no compita con ella. Santiago, yo todavía tengo a mi mamá recuperándose, trabajo, facultad y cosas que resolver. No estoy pensando en salir con nadie.
Los ojos de Sol eran limpios. No había coquetería escondida ni cálculo.
Santiago sintió el golpe en el pecho.
—Entre Teresa y yo no hay nada. Creeme.
—No tenés que explicarme tu vida. Sos libre. Pero necesito que le aclares a tus admiradoras cuál es nuestra relación. No quiero que mi vida privada se convierta en otro problema.
Sol hizo una pequeña inclinación y quiso irse.
Santiago la frenó.
—¿Porque ella gusta de mí, yo tengo que gustar de ella? Si fuera así, yo gusto de vos. ¿Entonces vos tenés que gustar de mí?
Sol se quedó quieta.
—No quise decir eso.
Santiago cerró los ojos un instante. No quería forzarla.
—Está bien. Voy a hablar con ella. No va a molestarte.
Se fue con el americano en la mano.
Lani apareció al segundo.
—Con razón la otra está loca. Ese pibe es un peligro. Vos perdiste una oportunidad gigante.
Sol le pegó en el hombro.
—No quiero triángulos raros. Qué asco.
—Entonces te gusta un poco.
—No inventes.
Lo pellizcó varias veces hasta que Lani escapó haciendo drama.
Cuando Sol llegó al sanatorio ya era tarde. Mercedes la miró con pena y le preparó un fuentón con agua tibia para los pies.
—Te estás consumiendo. Yo de joven también me exigí demasiado y mirá. Cuando salga, busco algo liviano para ayudar en casa.
Sol le sonrió.
—Es una semana dura, nada más. En vacaciones descanso. Su hija no es tan frágil.
Mercedes doblaba la ropa para el alta.
—Qué suerte la mía, parí una luchadora.
Madre e hija charlaron hasta que Mercedes se durmió.
Entonces Sol dejó caer los hombros.
Estaba cansada.
Pero ya conocía ese cansancio.
Antes Mercedes se cansaba con ella. Ahora, al menos, su madre seguía ahí. Comparada con Bruno, era afortunada mil veces.
Todo iba a mejorar.
A medianoche, la alarma del celular vibró. Sol la apagó antes de que despertara a Mercedes.
Doce en punto.
Cenicienta tenía que subirse a su carruaje y salvar al príncipe vegetativo.
Salió de puntas de pie y pidió un auto hacia la residencia Alcázar.
me estoy aburriendo 😡