Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 1: El Lienzo Roto y el Frío de un Contrato
El silencio en la mansión Ichijō no era paz; era una presión atmosférica que te reventaba los oídos. Era el silencio de una tumba de lujo donde el arte, la dignidad y la esperanza de Haru Mizushima habían ido a morir durante mil noventa y cinco días exactos. Tres años de un matrimonio que, en los papeles, parecía un cuento de hadas de la alta sociedad de Tokio, pero que en la realidad era un matadero privado.
Haru estaba de rodillas sobre el mármol de la cocina, tan frío que sentía que se le pegaba a la piel. Sus manos, aquellas que una vez fueron bendecidas por sus profesores como "capaces de pintar el alma de los dioses", temblaban violentamente. Estaba recogiendo los restos de una sopera de porcelana de la era Meiji que Ren había estrellado contra la pared apenas un metro por encima de su cabeza. Un fragmento le había cortado el lóbulo de la oreja, y una línea de sangre caliente bajaba por su cuello, manchando el inmaculado cuello de su camisa de seda blanca.
—Tu familia me vendió un omega de clase alta, pero me entregaron un juguete defectuoso —Ren lo arrastró por el suelo hacia el vestidor, donde un gran espejo de cuerpo entero mostraba la decadencia de Haru. Sus ojos, antes brillantes de creatividad, estaban apagados, rodeados de ojeras profundas y un terror animal—. Mírate. No vales ni el papel del contrato que firmamos. Ni siquiera sirves para abrir las piernas decentemente.
—Mírame, pedazo de basura —la voz de Ren Ichijō era un rugido bajo, cargado de un odio que Haru nunca alcanzaría a comprender—. Te di mi apellido. Te saqué de esa escuela de muertos de hambre para que fueras la cara de mi familia. ¿Y ni siquiera puedes organizar una maldita cena de negocios sin que mi madre se queje de que el vino estaba a la temperatura incorrecta?
—Lo siento... Ren, la cava tuvo un fallo y yo... —intentó explicar Haru, pero su voz era un hilo quebradizo, una sombra de la voz segura que alguna vez tuvo en los auditorios de la universidad.
—¡No quiero tus malditas excusas de artista mediocre! —Ren dio un paso adelante y el sonido de su bota de cuero italiano contra el suelo resonó como un disparo.
Haru cerró los ojos con fuerza, encogiéndose sobre sí mismo. Sabía lo que venía. Escuchó el clic metálico del cinturón de su esposo al deslizarse de las presillas. Era un sonido que Haru escuchaba incluso cuando dormía, un detonante que hacía que su cuerpo se inundara de una descarga de adrenalina y terror paralizante.
El primer golpe no fue con el cinturón. Fue una patada seca y brutal directamente en las costillas de Haru. El impacto lo lanzó de lado contra la isla de mármol de la cocina. El aire escapó de sus pulmones en un silbido agónico y su visión se llenó de chispas blancas. Antes de que pudiera recuperar el aliento, sintió la mano de Ren enredarse en su cabello oscuro, tirando de él hacia atrás con tal fuerza que Haru sintió que el cuero cabelludo se le iba a desprender del cráneo.
—Mírate —siseó Ren, obligándolo a ver su propio reflejo—. Un omega defectuoso. Un pintor que no pinta. Un escritor que no tiene palabras. No eres nada sin mí, Haru. Eres un mueble viejo que ya me aburrió.
Ren lo arrastró por el cabello fuera del vestidor, por el pasillo infinito decorado con obras de arte que Haru no tenía permitido tocar, hasta llegar al pequeño estudio que Ren le había asignado por caridad. Allí, en un rincón, descansaba un lienzo cubierto por una sábana gris. Era el secreto de Haru, su única forma de no volverse loco: un cuadro en el que llevaba trabajando meses, una explosión de colores que representaba la libertad que ya no recordaba.
—¿Crees que no sabía que perdías el tiempo con esto? —Ren soltó el cabello de Haru y, con un movimiento lleno de maldad pura, arrancó la sábana—. ¿Crees que te pago la vida para que sueñes con volver a ser alguien?
Ren sacó una navaja de bolsillo y, con una lentitud sádica, hundió la hoja en el centro del lienzo. El sonido de la tela desgarrándose fue, para Haru, como escuchar su propio corazón rompiéndose. Ren hizo cortes transversales, destruyendo las figuras, los colores, la textura. Luego, tomó un bote de trementina y lo vació sobre la obra, dejando que el olor químico inundara la habitación mientras la pintura se derretía como lágrimas de colores.
—¡No! ¡Por favor, Ren! ¡Eso no! —gritó Haru, abalanzándose para salvar lo que quedaba, pero Ren lo recibió con un golpe de cinturón que le cruzó toda la espalda.
El dolor fue una explosión de fuego. Haru cayó de bruces sobre el suelo manchado de pintura y químicos. El cinturón bajó una, dos, tres veces más. Cada impacto abría la piel delgada de su espalda, dejando surcos rojos que empezaron a empapar la seda de su camisa. Haru mordía el polvo del suelo para no gritar más fuerte, sabiendo que el ruido solo incitaba más a su alfa.
En ese momento de absoluta degradación, la puerta se abrió. La madre de Ren, la señora Ichijō, entró con la elegancia de una reina de hielo. Observó la escena: su hijo jadeando por el esfuerzo de golpear a su esposo, y a Haru sangrando entre restos de pintura destruida. No hubo horror en su mirada. Solo un fastidio profundo.
—Ren, detente ya. Te vas a arrugar el traje y tenemos que ir a la ópera con los inversionistas —dijo la mujer, sacando un pañuelo para limpiar una gota de sudor de la frente de su hijo—. Akemi ya está en el coche. Ella sí sabe comportarse, no como esta... criatura patética.
La mujer miró a Haru con un asco infinito, como si fuera una cucaracha que se niega a morir.
—Mañana te vas de aquí —sentenció ella—. Ya hemos tramitado todo. No queremos que tu mediocridad siga manchando nuestro apellido. Ren, dale los papeles.
Ren, recuperando la compostura, sacó un sobre grueso de su saco y lo arrojó sobre la espalda herida de Haru. El papel raspó las heridas abiertas, pero Haru ya no sentía nada más que un vacío gélido.
—Ahí tienes —escupió Ren—. Un apartamento en el distrito de Minato. Uno de esos edificios viejos donde guardamos a los empleados que ya no sirven. Tienes suerte de que no te deje en la calle a dormir bajo un puente, que es donde pertenece un muerto de hambre como tú. No te lleves nada que yo haya pagado. Lárgate con lo puesto y tus estúpidos pinceles rotos.
La mansión quedó en un silencio sepulcral cuando los pasos de los dos alfas se alejaron. Haru se quedó allí, tirado en el suelo, con el rostro pegado al lienzo destruido. El olor a pintura y sangre se mezclaba en una fragancia de derrota total. Durante tres años había intentado ser el omega perfecto, había sacrificado su carrera, su voz y su cuerpo en el altar de una familia que nunca lo consideró humano.
Lentamente, con una agonía que le hacía temblar cada músculo, Haru se levantó. Sus dedos rozaron el sobre del divorcio. Sus manos estaban manchadas de una mezcla de carmesí y azul cobalto. Se miró al espejo del estudio: sus ojos estaban muertos, pero en el fondo de sus pupilas, una pequeña chispa de instinto de supervivencia, un residuo de la fuerza que lo hizo un genio en su juventud, comenzó a parpadear.
Mañana se iría. Mañana dejaría de ser la sombra de un hombre para convertirse en el dueño de su propio dolor. No sabía a dónde iba, ni cómo sobreviviría, pero mientras se arrastraba hacia el baño para limpiar sus heridas, Haru hizo una promesa silenciosa: si lograba salir vivo de ese edificio, nunca más permitiría que un alfa decidiera el color de su mundo.