Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 20
Aquel nombre continuaba rondando en mi cabeza.
Matew Kieran Dragomir.
Sin embargo, no era el momento de distraerme con un comandante extranjero.
Primero debíamos encargarnos del pedazo de basura que teníamos frente a nosotros.
Desvié mi atención hacia Montfort, quien permanecía atado a la silla, observándonos con evidente nerviosismo.
Tomé uno de los documentos y lo levanté frente a él.
—¿Por qué tú también tenías contacto y registros de pagos del lord Alistair Pembroke??
El rostro del hombre palideció instantáneamente.
—Y-yo... solicité un préstamo al caballero Penbroke —respondió apresuradamente.
Mentía.
No hacía falta ser un experto para notarlo.
Evitaba mirarme directamente a los ojos.
Su respiración era irregular.
Sus pupilas se movían de un lado a otro buscando una salida inexistente.
Suspiré pesadamente.
—¿Un préstamo?
Dejé caer el documento sobre el escritorio y lo observé con una expresión carente de emoción.
—Dime, Montfort... ¿quién estaría dispuesto a prestarle dinero a un hombre cuya reputación está hundida hasta el cuello?
Su rostro comenzó a cubrirse de sudor.
—Yo...
—Porque, hasta donde sé —continué interrumpiéndolo—, eres un apostador compulsivo, un bebedor empedernido, un estafador y, según parece, también un traficante de personas.
Hice una breve pausa.
—Y quién sabe cuántos apelativos negativos más cargas a tus espaldas.
Víctor soltó una pequeña carcajada desde su lugar.
—Debo admitir que mi hermano está siendo bastante amable con la descripción.
Padre permaneció en silencio, aunque la frialdad en su mirada era suficiente para hacer temblar a cualquiera.
Montfort tragó saliva con dificultad.
—L-lo juro, solo fueron negocios.
—Entonces explícanos qué clase de "negocio" requiere pagos relacionados con secuestros, transporte ilegal de personas y conexiones con nobles arruinados.
Me acerqué lentamente hasta quedar frente a él.
—Y aprovecha para decir la verdad.
Porque si descubro la respuesta revisando estos documentos...
No terminé la frase.
No era necesario.
La expresión de Víctor fue suficiente para completar la amenaza.
Montfort comenzó a temblar violentamente.
—¡Yo solo seguía órdenes!
La habitación quedó en silencio.
Mis ojos se estrecharon.
—¿Órdenes de quién?
El hombre abrió la boca.
La cerró.
Y finalmente dirigió una mirada aterrada hacia uno de los documentos sobre la mesa.
Una mirada cargada de miedo.
No hacia nosotros.
Sino hacia la persona que se encontraba detrás de todo aquello.
Montfort no era el depredador.
Era simplemente otra rata aterrada trabajando para algo mucho más grande.
—Es mejor mantener a este tipo como un topo, padre —dije mientras dejaba los documentos sobre el escritorio—. No deberíamos matarlo todavía.
Padre levantó ligeramente una ceja, esperando que continuara.
—Podremos seguir obteniendo información a través de él. Ya sabemos que es una pieza menor dentro de todo esto, pero tiene acceso a documentos, contactos y movimientos de otras personas involucradas.
Miré de reojo a Montfort.
—Solo tendremos que poner a alguien que lo vigile de cerca para asegurarnos de que no le dé por tener la lengua demasiado larga.
Deslicé lentamente un dedo por mi garganta.
—Y si eso ocurre...
No terminé la frase.
No hacía falta.
Padre simplemente asintió con la cabeza.
Víctor observó al hombre aún atado a la silla antes de acercarse a él.
—¿Estás de acuerdo con esto? —preguntó con frialdad.
Montfort parpadeó varias veces, como si aún intentara procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Me... me dejarán ir así sin más?
Su mirada se desvió hacia mí.
Había miedo en ella.
Pero también algo más.
Culpa.
—Pensé que...
Guardó silencio durante unos segundos antes de bajar la cabeza.
—Yo... lo siento mucho.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Yo no te toqué... pero los otros sí lo hicieron.
Sus manos temblaron sobre las ataduras.
—Y yo no hice nada para detenerlos.
Sentí cómo la habitación se volvía silenciosa.
—Recibí el dinero... pero no pude hacer nada.
Apreté los labios.
No sabía si aquello era arrepentimiento genuino o simplemente miedo a morir.
Tal vez ni él mismo lo sabía.
Montfort respiró profundamente antes de volver a mirarme.
—Lo haré.
—Haré lo que me pidan.
—Lo tomaré como una forma de enmendar mi cobardía.
Víctor dirigió una mirada interrogante hacia padre.
Padre permaneció en silencio unos instantes antes de hablar.
—No confundas esto con misericordia.
La voz de Gael fue firme.
—Te estamos dando la oportunidad de ser útil.
Montfort asintió frenéticamente.
Entonces todos me miraron.
Al final, la decisión era mía.
Observé al hombre frente a mí.
No era inocente.
Nunca lo sería.
Pero tampoco era el monstruo que había imaginado encontrar.
Era un cobarde.
Y los cobardes hacían cosas terribles cuando tenían miedo.
—Muy bien —respondí finalmente—. Tendrás una oportunidad.
Montfort dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Pero entiende algo.
Lo miré directamente a los ojos.
—Si vuelves a participar en algo como esto...
—O si descubro que nos has traicionado...
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
—Desearás que hoy hubiéramos decidido matarte.
El hombre palideció antes de asentir rápidamente.
Comprendí que la justicia rara vez era tan simple como castigar o perdonar.
Y que, a veces...
La mejor forma de destruir a un monstruo era utilizar a otro para encontrarlo.
Padre llamó a uno de los hombres que había traído con nosotros.
Todos eran hombres de confianza.
Mercenarios que, aunque trabajaban a cambio de una paga, le guardaban una lealtad inquebrantable.
No era algo que pudiera comprarse únicamente con dinero.
Había sido padre quien los había entrenado personalmente. Mientras ellos se encontraban cumpliendo misiones, él se encargaba de que sus familias no carecieran de nada. Y si alguno caía en el cumplimiento de su deber, jamás abandonaba a los suyos a su suerte.
Se aseguraba de que sus esposas, hijos y padres estuvieran protegidos.
Por eso, muchos de ellos lo seguían con una devoción más propia de un vasallo hacia su señor que de un simple empleado hacia su patrón.
—Graison —llamó padre con voz firme.
La puerta se abrió y un hombre alto y robusto ingresó en la oficina. Tenía varias cicatrices visibles en el rostro y una expresión severa que no dejaba lugar a dudas sobre su experiencia en combate.
Se inclinó ligeramente.
—Lord Gael.
Padre señaló a Montfort, quien seguía atado a la silla.
—Serás la sombra de este hombre durante un tiempo.
Los ojos de Graison se dirigieron hacia el noble caído.
—Lo vigilarás cada momento del día.
La mirada de padre se endureció.
—Si lo ves hablando más de la cuenta o intentando traicionarnos...
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Te desharás de él.
Montfort tragó saliva con dificultad.
—S-sí, señor.
—Solo será un topo —continuó padre con absoluta calma—. Mientras nos sea útil, vivirá.
La voz de Gael se volvió fría.
—Pero si nos traiciona...
—Morirá.
Graison asintió sin mostrar la más mínima emoción.
—Entendido.
Observé la escena en silencio.
Aquel hombre acababa de recibir una segunda oportunidad.
Pero también acababa de convertirse en prisionero de su propia supervivencia.
La decisión de vivir o morir dependería completamente de las acciones que tomara a partir de ahora.
Comprendí por qué tantas personas seguían a Gael Ashford con una lealtad casi absoluta.
No era solo un hombre poderoso.
Era alguien que protegía a aquellos que consideraba suyos.
Y quizás...
Eso era lo que diferenciaba a un verdadero líder de alguien que simplemente daba órdenes.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo