historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 18 — Paulista
La avenida Paulista a las diez de la mañana no es avenida: es río. Río de gente con carteles de “Saúde não é mercadoria”, bombos, enfermeros de ambo celeste y estudiantes con pañuelos verdes. El beta de Corinthians nos metió por la calle lateral y nos dio a cada uno una mochila con volantes. No eran volantes. Eran hojas A4 dobladas a la mitad, título en negrita: LISTA DE REASIGNADOS – CENTRO NACIONAL DE CENSOS 2031-2044. Abajo, los 158 nombres. Y al final una línea sola, sin firma: No somos error de calibración.
—Metanlos entre los otros —dijo—. Si preguntan, son estudiantes de la USP. No corran. No miren para atrás.
Valenti agarró su mochila sin contestar. Elián se colgó la suya al hombro y se acomodó la campera para taparse el cuello. Yo me quedé un segundo con la hoja en la mano. Mi nombre estaba en la línea 37. Torres, Damián. 0427-B. Archivo Central. Reacción >2.8 mm. Protocolo: eliminar registro. Verlo impreso me hizo ruido en el pecho, no por miedo. Por rabia.
Empezamos a caminar. Beta sabe repartir: una hoja por mano, mirada al frente, no insistir. A la tercera cuadra ya no tenía media mochila. La gente agarraba el papel, lo miraba, fruncía el ceño. Algunos lo doblaban y lo metían en el bolsillo. Otros se quedaban leyéndolo en el medio de la marcha. Una enfermera de unos cincuenta me paró.
—¿Esto qué es? —preguntó, señalando el título.
—Los que no entraron en el folleto —dije.
No entendió, pero se lo guardó.
A las once y media vi a Valenti dos filas más adelante. Estaba repartiendo igual que yo, sin apuro, sin hablar. Cada tanto levantaba la vista y buscaba. No a Elián. A mí. Cuando nos cruzamos entre la gente no se frenó. Solo me pasó un paquete nuevo de volantes y me rozó los dedos al hacerlo. El contacto duró un segundo más de lo necesario. No dijo nada. No hacía falta. Desde la cocina en Santa Cecília yo tenía su olor —hierro caliente— metido en la nariz aunque hubiera cien olores distintos en Paulista.
Elián iba más atrás, con paso lento. Los supresores ya no le tapaban nada: olía bajito a limón y chapa, y aunque la mayoría no sabía qué era eso, los que habían pasado por el Censo se daban vuelta. Una vez un tipo de camisa blanca lo miró fijo y empezó a sacar el celular. Valenti lo vio antes que yo, se cruzó y le puso el cuerpo adelante.
—Problema? —le dijo al tipo.
El tipo bajó el celular. Siguió caminando.
A la una se terminó la marcha en la plaza de la Sé. Nos juntamos detrás de una banca, los tres con las mochilas vacías. Elián se sentó porque no le daban las piernas.
—Lo vieron —dijo, sin dramatizar—. Tres veces.
—Lo vi —contestó Valenti.
Yo me senté al lado de Elián y le pasé la botella de agua que nos dio el beta. Tomó despacio.
—¿Llegó? —preguntó, señalando una chica que seguía leyendo la hoja en la otra punta de la plaza.
—Llegó —dije.
Nos quedamos ahí media hora, viendo cómo la gente se iba y cómo algunos se quedaban en grupitos, pasando la hoja de mano en mano. No era revolución. Era lo que dijo el Turco: desobediencia.
Volvimos al departamento de Santa Cecília caminando. Nadie nos siguió. O si nos siguieron, no nos alcanzaron.
Lía nos había dejado una nota abajo de la puerta: “Salieron en dos portales. El Gobierno dice ‘fake news’. La gente comparte igual. No vuelvan a Foz. Hay control. Esperen.” Abajo había un número de teléfono escrito a mano.
Esa tarde no hicimos nada. Beta no sabe no hacer nada. Pero no había nada para hacer. Elián durmió cuatro horas seguidas en el sillón. Valenti se quedó en la ventana, mirando la calle. Yo terminé de leer el libro de Lía. Subrayé la misma frase que ella: “Y entonces el que no huele supo que olía.”
Cuando se hizo de noche compramos comida en el chino de abajo: arroz, frango, tres latas de cerveza. Comimos en la mesa, sin tele, sin radio. Elián comió más que los días anteriores. Tenía color en la cara.
—¿Te duele? —le pregunté, señalando el cuello.
—No. Me pica. Como cuando te sacás una costra.
Valenti no dijo nada, pero le corrió la lata de cerveza más cerca.
Después de cenar, Elián se fue a bañar. El baño tenía puerta que no cerraba bien y se escuchaba el agua. Valenti levantó los platos. Yo los sequé. Beta hace. Alfa también, cuando no hay Pretorianos mirando.
—Gracias —le dije, sin mirarlo—, por lo de hoy. En la marcha.
—No fue nada.
—Fue.
Se quedó con un plato en la mano. Después lo dejó en la mesada y se dio vuelta hacia mí.
—En el Centro nos enseñan que el alfa protege —dijo—. Que por eso decide. Hoy no decidí. Solo me puse adelante.
—Eso es proteger —dije.
Se acercó un paso. No el paso de la cocina la noche anterior. Más largo. Quedó a medio metro.
—Damián —dijo, y era la primera vez que usaba mi nombre sin apellido en voz alta desde los quince.
—¿Qué?
—Si publican esto y nos encuentran… no vamos a tener tiempo después.
No pregunté después de qué. Sabía.
Elián salió del baño con el pelo mojado y la remera de Valenti puesta —le quedaba enorme. Nos miró a los dos parados en la cocina, vio algo en la forma en que estábamos, y no dijo nada. Agarró la frazada del sillón.
—Duermo —dijo—. No me esperen.
Se metió en el cuarto chico y cerró la puerta. No la trabó.
Quedamos solos en la cocina con la luz amarilla del techo.
Valenti me miró. No pidió permiso. Me lo ofreció.
—Vení.
Fui.
No nos besamos enseguida. Me puso las dos manos en la cara, los pulgares en las mandíbulas, como si me estuviera midiendo. Alfa mide. Beta deja. Pero yo le puse las manos en las muñecas y no se las saqué.
—No sé cómo se hace esto —dije, bajito.
—Yo tampoco —contestó—. En la Pretoriana te enseñan a no tocar. Y si tocás, que sea para reducir.
—Y esto no es reducir.
—No.
Me besó. Distinto al de la noche anterior. Más largo, boca abierta, sin apuro pero sin duda. Sabía a cerveza barata y a hierro. Yo sabía a nada, a papel, a tinta vieja. Beta no tiene olor, dicen. Pero me besó como si lo tuviera y le gustara.
Le metí las manos abajo de la remera. Tenía la piel caliente, la cicatriz del cuello terminaba en el hombro y seguía un poco más abajo. La seguí con los dedos. No se quejó.
—Cuarto —susurró contra mi boca.
—Elián…
—Duerme. Y si no duerme, sabe.
Lo seguí al cuarto grande. No prendimos la luz. La de la calle entraba por la persiana en líneas.
No nos sacamos todo. No hacía falta. Beta no se apura. Alfa tampoco, cuando no está dando orden. Me empujó suave hasta que la espalda me dio contra la pared y se quedó ahí, con la frente apoyada en la mía, respirando.
—Olés a tinta —repitió, como la noche anterior.
—Y vos a hierro.
—Sin filo.
—Sin filo —confirmé.
Me besó el cuello, justo donde tendría que haber brazalete. Después más arriba, debajo de la oreja, donde no hay protocolo que diga cómo se toca. Se me erizó la piel. Beta no se eriza, dice el folleto. Se erizó.
Le desabroché el primer botón de la camisa. No por calentura —que también—, por verlo. Tenía marcas viejas de entrenamiento, moretones amarillos que ya se iban. Le pasé el pulgar por uno.
—¿Te dolió? —pregunté.
—Ya no.
Me levantó sin esfuerzo y me sentó en el borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas, no para lo que estás pensando. Para estar a la misma altura cuando me miró.
—No soy Rinaldi —dijo—. No soy Lazzari. No te voy a asignar.
—Ya sé —dije—. Por eso estoy acá.
Nos besamos otra vez y ahí sí nos apuramos un poco. Me sacó la remera. Yo la suya. Nos quedamos piel con piel, pecho con pecho, y por primera vez en veintisiete años entendí por qué en los legajos ponían “beta no reacciona”. Porque si reacciona, no vuelve a sellar papeles tranquilo.
Me acostó en la cama sin soltarme la boca. Su peso encima no era amenaza. Era ancla. Me corrió el pelo de la frente con una mano y se quedó mirándome.
—Decí que sí —pidió.
—Sí —dije.
No voy a escribir todo. No hace falta y no es de eso que se trata. Fue lento, torpe a ratos, con más silencio que palabras. Beta no habla en la cama, dice el mito. Hablé. Dije su nombre cuando se me cerró la garganta. Él dijo el mío cuando se le acabó el aire. No hubo folleto, no hubo lector, no hubo compatibilidad marcada en rojo. Hubo dos que se eligieron después de once años de no poder.
Cuando terminamos se quedó a mi lado, de costado, con un brazo por encima de mi cintura y la nariz en mi pelo.
—Tinta —murmuró, medio dormido.
—Hierro —contesté.
No dormimos enseguida. Escuchamos la ciudad afuera. A las tres Elián golpeó una vez la puerta y entró sin esperar. No prendió la luz. Se metió del otro lado de la cama, contra mi espalda, y me pasó un brazo por encima, abrazándome a mí y de rebote a Valenti también.
—¿Están? —preguntó, bajito.
—Estamos —dije.
No preguntó más. A los cinco minutos respiraba parejo. Valenti, del otro lado, me apretó la mano debajo de la sábana.
No era de a dos. Era de a tres. Y no sabíamos cómo se llamaba, pero ya no importaba el nombre.
A las seis sonó el teléfono de la cocina: el beta de Corinthians.
—Salieron en Jornal Nacional. El Gobierno lo niega. La gente lo imprime. Tienen doce horas antes de que cierren el puente. Si quieren São Paulo de verdad, ahora.
Nos levantamos. Sin brazaletes. Sin folleto. Con 158 nombres impresos y tres cuerpos que por primera vez habían elegido sin que nadie marcara 92%.