Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 4: El Retrato Robado y la Musa Involuntaria
El “Postre Sorpresa” de Nico había sido el punto álgido de la velada, o al menos, el momento de mayor concentración de Anastasia. El resto de la noche había sido una vorágine de Max ofreciéndole comprarle su propio restaurante (y chef), Silas presentando un análisis estadístico sobre la digestión del postre, y Rocky patrullando los baños en busca de felinos invisibles. Ana había logrado escapar con la promesa de "considerar todas las ofertas" y un nivel de cafeína y azúcar en sangre que la mantendría despierta hasta el amanecer.
Los días siguientes, sin embargo, trajeron consigo una intensificación del asedio, y un particular enfoque en el arte. Caleb Canvas, el artista bohemio, había declarado a Anastasia su musa, y parecía decidido a que el mundo lo supiera. O, al menos, que Ana lo supiera, de forma constante e ineludible.
Todo comenzó con un incidente en el parque. Ana, intentando disfrutar de un momento de soledad con un buen libro (una novela de misterio, porque su vida ya era suficientemente dramática), se encontró con Caleb, sentado en un banco a cierta distancia, con su caballete y su lienzo. Al principio, pensó que era una coincidencia, hasta que notó que Caleb, con un sombrero de ala ancha que le daba un aire aún más atormentado, la estaba mirando fijamente. Y no de forma casual. Era una mirada intensa, de esas que hacen que te preguntes si tienes algo en la cara o si acabas de inspirar un nuevo movimiento artístico.
Ana intentó ignorarlo, pero era difícil. Cada vez que cambiaba de postura, Caleb hacía un gesto con la mano, como si estuviera modelando una escultura invisible. Cuando se levantó para irse, Caleb la llamó: "¡Espera, musa! ¡La curva de tu espalda al levantarte, el fluir de tu vestido... ¡Es la encarnación de la gracia efímera!" Ana solo quería su café, y ahora, su paz.
Al día siguiente, Caleb apareció en la puerta de su apartamento con un ramo de girasoles (enorme, por supuesto) y una pequeña escultura de arcilla. La escultura era, inconfundiblemente, ella misma, sentada en un banco, leyendo un libro. Era increíblemente detallada, y un poco inquietante. "La he llamado 'La Lectoría Solitaria'", anunció Caleb con orgullo. "Captura la esencia de tu búsqueda de conocimiento en un mundo ruidoso." Ana, que solo estaba leyendo por entretenimiento, se sintió un poco avergonzada.
Pero lo peor estaba por venir. Caleb tenía la costumbre de seguirla, apareciendo en los lugares más inesperados y en los momentos más inoportunos, siempre con su cuaderno de bocetos o, peor aún, con un lienzo portátil. Intentó comprar en el supermercado, y allí estaba Caleb, dibujando su perfil mientras ella comparaba precios de yogures. Fue a la lavandería, y Caleb apareció con un caballete, pintando el vapor de las secadoras y la "poesía del ciclo de centrifugado", con ella como elemento central. Incluso una vez, cuando fue a sacar la basura, Caleb la sorprendió con una cámara, fotografiándola con una pose "dramática" junto a los contenedores.
Ana comenzó a desarrollar una especie de "sentido arácnido" para Caleb. Sentía su presencia antes de verlo, una especie de premonición artística que la hacía querer correr y esconderse.
La culminación de esta "obsesión" artística llegó un martes por la tarde. Ana regresaba a casa del trabajo, mentalmente agotada por una reunión interminable y la constante vigilancia de Rocky (que ahora parecía haber reclutado a una pequeña ardilla como "agente encubierto" para patrullar las copas de los árboles). Al abrir la puerta de su apartamento, se detuvo en seco.
Frente a ella, ocupando casi toda la pared de su sala de estar, había un enorme lienzo. Era un retrato. Un retrato de ella.
El retrato era, sin lugar a dudas, Anastasia. Pero no la Anastasia de todos los días. Era una versión glorificada, dramática, casi mítica. Estaba representada como una especie de diosa griega, con túnicas fluidas que enmarcaban su figura, el cabello alborotado por un viento invisible, y una expresión de intensa contemplación. Sujetaba un libro antiguo, y detrás de ella, en el fondo, se vislumbraban siluetas de hombres que la adoraban. Era hermoso, sí, pero también era... ¡demasiado!
"¡Caleb!", exclamó Ana, su voz resonando en el apartamento. "¿Qué demonios es esto?"
Caleb, que había estado escondido detrás de una cortina, salió con una sonrisa de satisfacción. "¡Mi obra maestra, musa! ¡Mi 'Apoteosis de Anastasia'! Captura tu esencia, tu majestuosidad, tu..."
"¿Mi majestad?", interrumpió Ana, acercándose al cuadro. "¡Caleb, parezco la Gran Sacerdotisa de una secta de adoradores de libros! ¡Y esos... esos son los chicos! ¡Me tienes con un aura brillante, como si acabara de descubrir la cura para la calvicie!"
"¡Es una licencia artística!", argumentó Caleb, con un dramatismo que solo él podía lograr. "Simboliza tu sabiduría innata, tu magnetismo natural. Y sí, las siluetas son tus... admiradores. Representan el impacto que tienes en el alma humana."
El problema era que el cuadro era gigante. Y estaba en su sala de estar. No había forma de esconderlo.
Justo en ese momento, el timbre sonó. Ana, con el corazón latiéndole a mil por hora, abrió la puerta.
Era Max Fortuna, con un ramo de orquídeas exóticas y una botella de champán. Su sonrisa se borró al ver el cuadro. "Vaya", dijo, con un tono de voz inusualmente plano. "¿Qué es esto? ¿Un mural de la Capilla Sixtina en tu apartamento?" Su mirada se posó en las siluetas. "Reconozco esa barbilla. ¿Es mi barbilla? ¡Y parece que estoy arrodillado! ¡Yo nunca me arrodillo!"
Antes de que Max pudiera seguir protestando, Silas Cortex apareció por el pasillo, su expresión de análisis perpetuo se transformó en una de leve sorpresa. "Según mis cálculos, la proporción del lienzo en relación con la superficie de la pared es del 87.3%. No es óptimo para la distribución de la luz en el espacio. Y el estilo... es subjetivamente kitsch." Luego, sus ojos se posaron en las siluetas. "Curioso. Parece que el artista ha tomado ciertas libertades anatómicas. La representación de la proporción craneal del individuo central es estadísticamente improbable."
Y para completar el cuadro (nunca mejor dicho), Nico Sabor apareció con una bandeja de macarons recién hechos, su sonrisa se congeló al ver la "Apoteosis de Anastasia". "Caleb", dijo Nico, su voz suave pero con un borde de acero. "¿No crees que esto es un poco... invasivo? Y la paleta de colores. Parece un carnaval." Su mirada se dirigió a las siluetas, y Ana juró que vio un destello de celos en sus ojos. "Y mis manos... ¿están ofreciendo un racimo de uvas? ¡Yo soy chef, no un sátiro!"
Ana intentó mediar, pero la situación era inmanejable.
"¡Es arte!", gritó Caleb, exasperado. "¡No es un diagrama de flujo ni un inventario de vinos ni una receta de macarons! ¡Es la representación de la belleza interior y exterior de Ana!"
Max se cruzó de brazos. "Mi belleza exterior es muy superior a esa representación. ¿Y quién querría tener un cuadro de sí mismo con un halo? Pareces una santa, Ana."
Silas se acercó al cuadro con una pequeña lupa. "La interpretación de la luz en el halo es científicamente incorrecta. Carece de difracción adecuada."
Nico suspiró. "Y la comida. ¿Por qué siempre hay comida en tus cuadros, Caleb? ¿Y por qué las frutas siempre son tan... voluptuosas?"
Fue entonces cuando Rocky Ferreo, que había estado observando la escena desde el rellano con su habitual expresión pétrea, dio un paso adelante. "El cuadro... es un problema de seguridad. Atrae demasiada atención. Y el gato." Señaló un pequeño gato de chocolate (sí, Caleb había añadido un gato de chocolate en el suelo del retrato) que parecía estar lamiendo la bota de una de las siluetas. "Es una provocación."
Ana, en medio del caos, sintió una pequeña risa burbujear. Esto era ridículo. Pero también era... un poco dulce. Cada uno, a su manera, estaba intentando "protegerla" del cuadro, o al menos, de la atención que este generaba.
"¡Suficiente!", exclamó Ana, levantando las manos. "Caleb, aprecio tu... pasión. Pero no puedo tener este cuadro en mi sala de estar. Es demasiado grande. Y... no soy una diosa griega."
Caleb parecía a punto de sufrir un ataque de apoplejía artística. "¡Pero es tu esencia! ¡Tu verdadero ser!"
"Mi verdadero ser está en zapatillas y comiendo helado directamente del bote", replicó Ana con una sonrisa. "Así que, si eres tan amable, ¿podrías llevártelo?"
La cara de Caleb se descompuso. "¡Pero esta es la obra que me abrirá las puertas de la gloria! ¡La que me llevará a la Bienal de Venecia! ¡Mi legado!"
Max, siempre pragmático, intervino. "Caleb, te ofrezco un millón de dólares por el cuadro. Y te compro una galería entera para que expongas lo que quieras. Excepto este. Este es... demasiado."
Caleb miró a Max con los ojos desorbitados. Un millón de dólares. Su legado artístico contra un millón de dólares. La batalla era feroz.
Mientras Caleb deliberaba, Ana tuvo una idea. "Caleb", dijo, "y si... lo expones en tu galería. Como una pieza central. Pero yo... yo no soy la 'Apoteosis'. Soy 'La Musa Involuntaria'. ¿Qué te parece?"
Caleb parpadeó. "La Musa Involuntaria... tiene un cierto dramatismo. Una ironía posmoderna. ¡Me gusta! ¡Es brillante, Ana!"
Y así, "La Apoteosis de Anastasia" se convirtió en "La Musa Involuntaria", y Caleb, con la ayuda de Rocky (que, sorprendentemente, resultó ser muy bueno manejando lienzos gigantes, siempre y cuando no se encontrara con un gato), se llevó el cuadro. Ana respiró un suspiro de alivio. Su sala de estar estaba a salvo. Por ahora.
Pero sabía que esto era solo una batalla, no la guerra. Caleb ya estaba mirándola con la misma intensidad, como si estuviera planeando su próxima "obra maestra". Y el resto de los hombres, con sus propias ideas de cómo cortejarla, no se quedarían atrás. Su privacidad estaba en peligro. Su cordura, bajo asedio. Y su terapeuta... su terapeuta seguiría sin estar lista para esto.
Mientras Ana cerraba la puerta, escuchó la voz de Max prometiendo a Caleb un jet privado para llevar el cuadro a Venecia, la de Silas analizando la mejor forma de embalarlo para evitar daños por vibración, la de Nico recomendando un vino para celebrar el "éxito artístico" y la de Rocky, a lo lejos, murmurando algo sobre "felinos oportunistas" en el transporte de obras de arte.
Ana sonrió. Su vida era un circo, pero era su circo. Y, de alguna manera, empezaba a gustarle el espectáculo.