Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 15: Quedarse
Elian tardó varios días en comprender qué era lo que lo tenía tan inquieto.
No era miedo directo.
No era dolor físico.
Tampoco era tristeza en el sentido que conocía.
Era algo más sutil.
Más peligroso.
Era la ausencia de amenaza.
Desde que había llegado al castillo del sur, su cuerpo no había recibido golpes, ni órdenes gritadas, ni castigos arbitrarios. Nadie lo había humillado por respirar mal, por moverse lento o por existir demasiado. Y, sin embargo, esa calma no lo relajaba del todo.
Lo mantenía en alerta.
Porque toda su vida había aprendido que la tranquilidad era solo la antesala de algo peor.
Y aun así… había algo distinto.
Kael Ardenfell se quedaba.
No solo cuando Elian estaba visiblemente mal.
No solo cuando el médico lo revisaba o cuando el hambre lo vencía.
Se quedaba en los momentos neutros. En los espacios sin drama. En los días que no parecían importantes.
Pasaba por el pasillo y asentía al verlo, sin evaluarlo.
Preguntaba si había comido, sin vigilar el plato.
Se sentaba en la misma sala a leer, sin exigir conversación ni silencio.
No lo observaba como a un objeto frágil.
No lo ignoraba como a algo incómodo.
Simplemente… estaba.
Para Elian, eso era profundamente desconcertante.
Había aprendido que la atención siempre tenía un precio. Que si alguien se acercaba demasiado, luego exigiría algo a cambio. Obediencia. Sumisión. Silencio.
Pero con Kael, los días transcurrían sin cobro oculto.
Y eso lo desarmaba.
Una tarde gris, Elian estaba sentado junto a la ventana, leyendo sin pasar realmente las páginas. Afuera, el jardín se mecía con el viento suave. Todo estaba en calma.
Kael apareció en la puerta.
—Voy a ausentarme unas horas —dijo con naturalidad—. Reunión con el consejo del Sur.
Elian levantó la vista de inmediato.
No lo hizo a propósito.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
—¿Volverá…? —preguntó.
La pregunta salió pequeña, casi infantil. Apenas terminó de decirla, Elian sintió vergüenza. Bajó la mirada, esperando la corrección. El gesto molesto. El reproche.
No llegó.
Kael lo observó con atención tranquila.
—Sí —respondió—. Volveré antes de que anochezca.
Nada más.
Nada menos.
Elian asintió en silencio.
Cuando Kael se fue, el castillo se sintió demasiado grande.
Elian intentó continuar leyendo. Luego caminó un poco. Se sentó. Se levantó. Cada sonido lo hacía girar la cabeza. Cada sombra lo ponía tenso.
No pasa nada, se repetía.
No pasa nada.
Pero el pecho le dolía.
No era pánico.
Era una espera incómoda.
Como si su cuerpo no supiera qué hacer cuando no estaba vigilando un peligro inmediato.
Cuando el sol comenzó a descender, el miedo empezó a filtrarse con más fuerza.
Y entonces escuchó pasos.
Reconoció el ritmo incluso antes de ver a Kael cruzar el umbral.
El alivio fue tan intenso que Elian tuvo que apoyarse en la mesa para no perder el equilibrio.
Kael lo notó al instante.
—Estoy aquí —dijo simplemente.
Esa noche, durante la cena, Elian apenas habló. Kael tampoco lo forzó. Comieron en silencio, sin tensión.
De pronto, Elian dejó los cubiertos.
—Cuando usted no está… —dijo en voz baja— mi cuerpo cree que hice algo mal.
Kael se detuvo.
—Eso no es culpa —respondió—. Es memoria.
Elian apretó los dedos contra la tela del pantalón.
—¿Se irá algún día? —preguntó.
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Kael no respondió de inmediato.
—No sin decírtelo antes —dijo finalmente—. Y no sin asegurarme de que estés bien.
No era una promesa eterna.
Pero era honesta.
Y Elian la creyó.
Esa noche, cuando regresó a su habitación, Elian se sentó en la cama sin acostarse. Observó el espacio a su alrededor.
Entonces lo entendió con claridad dolorosa.
No tenía miedo a dormir.
Tenía miedo a estar solo.
Y ese reconocimiento fue el primer paso hacia algo nuevo.