Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Sueños 1
Cuando abrí los ojos todo era diferente..
[Bien… o estoy muerta o Netflix subió el presupuesto.]
El techo tenía molduras. Molduras. Yo jamás he vivido en un lugar con molduras.. yo he vivido en lugares donde el techo tiene humedad con forma de continente.
Me incorporé un poco y miré alrededor.
Cortinas pesadas color vino. Muebles antiguos. Una cama tan grande que podía alquilar habitaciones dentro. Un espejo dorado que gritaba ..drama aristocrático...
—No me digas… —murmuré—. ¿Es esto una filmación? Porque si es así, quiero contrato.
En eso escuché el crujido suave de una puerta y entró una mujer vestida como salida de una novela del siglo XIX. Delantal blanco, cofia, postura impecable.
Yo la miré.
Ella me miró.
—¿Cómo se encuentra, lady Abigail?
[Perdón. ¿Qué?]
Giré la cabeza a la izquierda. A la derecha. Miré debajo de la cama por si había otra mujer aristocrática escondida.
—¿Quién? —pregunté.
La doncella frunció el ceño, preocupada.
—Usted, lady Abigail Stevens.
Mi cerebro hizo el equivalente mental de desconectarse y volver a encender.
[Lady. Abigail. Stevens.]
Yo me llamaba Sofía. Sofía con deuda estudiantil y talento para el sarcasmo, no Abigail con título nobiliario.
—Ajá… claro… —dije lentamente—. Y yo soy la reina de Inglaterra.
La mujer abrió los ojos horrorizada.
—¡No diga eso, milady!
Ah.
No era una filmación.
Porque si fuera una filmación alguien ya habría gritado “¡Corten!” y yo estaría pidiendo café.
La doncella salió corriendo a buscar al doctor, murmurando algo sobre “la fiebre” y “la caída”. Y yo me quedé sola en esa habitación absurda.
Miré mis manos.
Más finas. Más pálidas.
Sin el anillo barato que siempre usaba.
Sin la cicatriz del quemón de cocina.
Me levanté un poco, el cuerpo se sentía… distinto. Más ligero. Más joven. Sin ese dolor profundo que me había acompañado los últimos meses de mi otra vida.
[¿Mi otra vida?]
Me volvió el recuerdo como un golpe.
El hospital.
Las risas.
El estadio.
La mesa.
La última respiración.
—No me jodas… —susurré.
Y entonces me venció el sueño otra vez.
Pero no fue un sueño normal.
Fue como si alguien pusiera una película directamente en mi cerebro.
Vi a una niña pelirroja correr entre viñedos interminables. El sol teñía las hojas de verde brillante. El olor a uva madura y tierra húmeda llenaba el aire.
..Abigail Stevens...
Cuarta hija. Última. Todas mujeres.
La familia Stevens era conocida por sus viñas. Productores de vino respetados. Vivían cerca del ducado Sterling, lo suficientemente cerca como para que sus destinos se rozaran… pero no lo suficiente como para mezclarse.
Abigail era hermosa. Molestamente hermosa.
Alta. Cabello rojo como fuego al atardecer. Ojos verdes intensos. Piel clara. Igual que sus tres hermanas mayores, pero con algo más… algo inquieto.
La vi crecer.
A los doce años, escondida detrás de una columna enorme en un evento formal, mirándolo a él como si fuera una aparición divina.
El duque Jack Sterling.
Alto. Muy alto. De esos hombres que parecen hechos para intimidar puertas. Cabello oscuro. Mirada fría. Mandíbula peligrosa. Carácter de perro sin desayunar.
Guapísimo.
Y completamente indiferente.
Abigail lo amaba desde esa edad absurda en la que una cree que el primer hombre alto que ve es el destino.
Él jamás la miraba más de dos segundos.
Para él, era “la hija menor de los Stevens”.
Para ella… era todo.
La vi cumplir su mayoría de edad hacía pocos meses. Dieciocho años en este mundo antiguo. Sonrisas, vestidos elegantes, pretendientes educados que no le interesaban en lo más mínimo.
Porque ella solo tenía ojos para el duque.
Un hombre que la ignoraba con eficiencia profesional.
La vi escribir su nombre en un cuaderno. Lo vi arrugarlo cuando él pasó junto a ella sin siquiera saludarla.
Vi cómo se sonrojaba si él hablaba. Cómo practicaba conversaciones imaginarias frente al espejo.
Y entonces entendí.
Yo no estaba viendo una historia.
Estaba absorbiendo recuerdos.
Sus recuerdos.
El golpe en la cabeza.
Y ahora…
Yo.
Desperté de golpe.
Me incorporé en la cama, respirando fuerte.
—No, no, no… —me llevé las manos al rostro—. O sea, sí renací, perfecto, gracias universo… pero ¿en una novela de época? ¿En serio? ¿Con corsé?
Miré el espejo dorado.
La pelirroja me devolvió la mirada.
Hermosa. Ridículamente hermosa.
Yo.
Lady Abigail Stevens.
Me toqué el cabello.
—Bueno… al menos estoy guapa.
Una pausa.
Procesé lo más importante.
—Estoy viva.
Sin dolor. Sin enfermedad. Sin reloj corriendo en mi cabeza.
Viva.
Y joven.
Y rica.
Me dejé caer otra vez en la cama.
Suspiré mirando el techo ornamentado.
La puerta se abrió de nuevo y entró el doctor con la doncella.
Yo cerré los ojos, fingiendo debilidad.
Porque si algo aprendí en mi vida pasada es esto..
Primero observas.
Después actúas.
Y yo, definitivamente, había vuelto de la muerte para ganar..