Elena: Una talentosa restauradora de arte que perdió la confianza en su talento tras un accidente que le dejó una leve secuela en la mano derecha. Es perfeccionista, un poco retraída y está tratando de reconstruir su vida en un pueblo costero alejado del caos de la ciudad. podrá encontrar su rumbo en este lugar?
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CAPÍTULO 6: EL SILENCIO TIENE DEMASIADO QUE DECIR
El taller se sentía absurdamente grande sin la presencia de Julián. El silencio, que antes Elena consideraba su refugio, ahora le resultaba un invitado molesto que subrayaba el tic-tac del reloj de pared. Ya habían pasado dos días desde que Julián partió hacia la ciudad para enfrentar a sus fantasmas legales, y la única señal de vida que Elena había recibido era un escueto mensaje de texto: Llegué. Esto es peor de lo que recordaba. Hablamos pronto.
—Hablamos pronto es el código universal masculino para estoy al borde de un colapso pero no quiero que me veas llorar —sentenció una voz ronca desde la entrada.
Elena dio un respingo, casi tirando el frasco de esencia de trementina. En la puerta estaba doña Rosario, la vecina de la casa de al lado y dueña de Pincel, la cabra. Rosario tenía unos setenta años, una piel curtida por el sol como el cuero de un sofá viejo y siempre llevaba un sombrero de paja con flores de plástico, incluso cuando llovía.
—Doña Rosario, casi me da un infarto —dijo Elena, llevándose la mano izquierda al pecho—. Y por favor, no me hable de Julián. Solo es un... amigo que me ayuda con la carpintería.
—Sí, y mi cabra es una bailarina de ballet —replicó Rosario, entrando al taller sin permiso y husmeando entre los cuadros—. Escucha, niña. Ese muchacho tiene los ojos de alguien que ha construido castillos y los ha visto caer. Y tú tienes la mirada de quien está tratando de pegar un jarrón roto con pegamento de barra. No va a funcionar si no le pones un poco de fuego a la mezcla.
—No sé de qué me habla —mintió Elena, volviendo a su caballete.
—Hablo de que te has pasado dos días mirando la puerta esperando que él entre. Y mientras tanto, ese cuadro romántico sigue tan triste como cuando llegaste. Además, mi Pincel me ha dicho que se siente muy culpable por lo del otro día, así que te he traído esto.
Rosario dejó sobre la mesa un plato cubierto con un paño de cocina que olía divinamente a canela y azúcar.
—Son rosquillas de anís. Receta de mi bisabuela. Tienen el poder de curar la melancolía y, si te comes más de tres, te quitan hasta la vergüenza para confesar lo que sientes.
Elena no pudo evitar sonreír. La desfachatez de la anciana era el bálsamo que necesitaba. Tomó una rosquilla y el sabor dulce la transportó por un momento lejos de la humedad del taller.
—Gracias, Rosario. Supongo que sí... lo extraño un poco. Es raro tener a alguien que no te mire con lástima cuando te tiembla la mano.
—Eso es porque él también tiembla por dentro, aunque tenga esos hombros de armario empotrado —dijo Rosario, sentándose en un taburete—. Pero hablemos de ti. ¿Qué vas a hacer con ese brazo? ¿Vas a dejar que gane el conductor borracho o vas a empezar a pelear?
Elena bajó la vista.
—No es tan fácil. Mi carrera dependía de la perfección milimétrica.
—La perfección es aburrida, niña. Es una mentira que inventaron los que no tienen imaginación. El arte es emoción. ¿Por qué no intentas algo diferente? En lugar de restaurar lo viejo, ¿por qué no creas algo nuevo? Algo donde el temblor sea parte del estilo.
El comentario de Rosario se quedó flotando en el aire. Elena miró la tabla de madera de teca que Julián le había traído. Estaba allí, apoyada contra la pared, esperando.
Cuando Rosario finalmente se marchó, después de darle instrucciones detalladas sobre cómo domar a un hombre con ojos grises (que involucraba mucho ajo y paciencia), Elena se quedó sola con la madera de teca.
Se acercó a ella. Su mano derecha, como siempre, protestó con un calambre leve. Pero esta vez, Elena no la escondió. Tomó uno de los formones que Julián había olvidado y un martillo de madera. No sabía tallar, pero sabía de volúmenes por su formación en arte.
Comenzó a golpear. Al principio, sus movimientos eran torpes y el dolor la hacía detenerse cada pocos minutos. Pero entonces, recordó lo que Julián le dijo: Es energía que no sabe a dónde ir.
En lugar de luchar contra el temblor, intentó fluir con él. Cada vez que su mano vibraba, ella dejaba que el formón hiciera una muesca orgánica en la madera. No buscaba una línea recta; buscaba una textura. La madera de teca era dura, resistente, como Julián. Y el proceso de herirla para crear algo hermoso se sentía extrañamente catártico.
Pasaron las horas. El sol se ocultó y las sombras del taller se alargaron. Elena estaba sudando, tenía virutas de madera en el pelo y le dolía la espalda, pero se sentía más viva que en todo el último año. Estaba creando una figura abstracta, algo que recordaba a una ola chocando contra una roca, o quizás a dos personas sosteniéndose en mitad de un vendaval.
De repente, su teléfono vibró en la mesa. Era una llamada. El nombre Julián apareció en la pantalla y a Elena le dio un vuelco el corazón.
—¿Hola? —respondió, intentando que su voz no sonara agitada.
—Elena... —La voz de Julián sonaba agotada, derrotada—. He salido de la oficina del fiscal hace media hora. Ha sido un desastre. Han sacado fotos del edificio... fotos de las víctimas. Me han hecho sentir como un criminal de nuevo.
—No lo eres, Julián. Lo sabes. Tú no compraste esos materiales —dijo ella con firmeza, apretando el formón en su mano.
—Lo sé, pero la ciudad tiene una forma de recordarme que aquí no soy nadie más que un titular de periódico. Estoy en un bar cerca del hotel. He estado a punto de pedir un whisky doble y mandar todo al diablo.
Elena guardó silencio un segundo. Podía imaginarlo allí, solo en un bar oscuro, con sus hombros anchos hundidos por el peso de la culpa ajena.
—No lo hagas —dijo ella en un susurro—. No pidas ese whisky por las razones equivocadas. Si quieres beber algo, que sea cuando vuelvas aquí, para celebrar.
—¿Celebrar qué? —preguntó él con una risa amarga.
—Que hoy he usado la madera de teca que me trajiste. He empezado a tallar algo. Me duelen las manos, Julián. Me duelen de verdad, pero es un dolor bueno. No es el dolor del accidente, es el dolor de estar haciendo algo otra vez.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Elena pudo oír la respiración de Julián, que parecía haberse calmado.
—¿Estás tallando? —preguntó él, y ella pudo notar una pequeña chispa de luz en su tono—. ¿Con tu mano derecha?
—Con las dos. Somos un equipo un poco desastroso, pero lo estamos logrando. Así que tú también tienes que ser un equipo con tu abogado y ganar esta batalla. Porque cuando vuelvas, quiero que veas lo que he hecho. Y quiero que me ayudes a terminarlo.
—Elena... —él hizo una pausa, y su voz se volvió más profunda, más íntima—. Gracias. No tienes idea de cuánto necesitaba oír eso. Mañana tengo la última declaración y luego... me largo de aquí. Volveré en el último autobús.
—Te estaré esperando en el café de Marta —dijo ella, sintiendo que sus propias mejillas se calentaban.
—Estaré allí. Y Elena... —él bajó la voz—. No dejes de tallar. No dejes que el mundo te diga que tus manos no sirven. Yo he visto lo que pueden hacer.
Colgaron. Elena se quedó mirando el teléfono unos instantes, con una sonrisa tonta dibujada en la cara. Se giró hacia su pieza de madera. No era perfecta, estaba llena de irregularidades, pero era suya.
Esa noche, mientras se limpiaba el polvo de madera del rostro, Elena se dio cuenta de algo. El 14 de febrero le había quitado el pasado, pero el hombre de los ojos grises y la cabra de Rosario le estaban devolviendo el futuro. Y aunque el drama legal de Julián aún no terminaba y su mano seguía siendo un misterio médico, por primera vez la superación no era solo una palabra bonita en un libro de autoayuda. Era el sudor en su frente y la esperanza de un autobús llegando al pueblo al anochecer.