Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Un encuentro prohibido
La vi aparecer por la curva del mirador y el aire en mis pulmones se volvió fuego.
Victoria.
Esa manera de caminar, marcando el ritmo con cada golpe firme de sus tacones contra el asfalto, con el cabello moviéndose suavemente con el viento, como si supiera exactamente el efecto que tenía en mí.
Y lo sabía.
Llevaba un vestido que no dejaba demasiado a la imaginación, pero tampoco lo mostraba todo. Lo suficiente para volverme loco. Lo suficiente para obligarme a pensar en mis manos recorriéndola centímetro a centímetro.
Me quité las gafas de sol lentamente.
No por la luz.
Sino para que me viera.
Para que viera lo que me provocaba.
Nuestros ojos se encontraron incluso antes de que estuviera lo suficientemente cerca como para tocarla.
Ella no sonreía.
Pero su respiración no era estable.
—Llegas tarde —dije con voz baja, aunque sabía que había llegado antes que ella.
—¿Me estabas contando los segundos? —respondió, arqueando una ceja.
—Desde que te fuiste la última vez.
Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. El perfume que llevaba me golpeó directo en el pecho.
—No deberías decir cosas así.
—Y tú no deberías venir vestida así.
Sus labios se curvaron apenas.
—¿Así cómo?
Mis ojos bajaron lentamente por su cuello, su escote, la línea marcada de su cintura.
Volví a mirarla.
—Como si quisieras que pierda el control.
Su lengua humedeció su labio inferior, casi distraídamente.
—Tal vez quiero ver cuánto tardas en perderlo.
Eso fue todo.
No mediamos más palabras.
Se lanzó hacia mí, y esta vez no hubo suavidad.
Su boca encontró la mía con urgencia, con hambre acumulada. Sus manos se enredaron en mi nuca, tirando de mí con una necesidad que me atravesó completo.
Le devolví el beso sin reservas.
La sujeté por la cintura y la acerqué hasta que no quedó espacio entre nosotros. Su cuerpo encajaba con el mío como si estuviera hecho para eso.
Para mí.
Mi lengua reclamó la suya, profunda, dominante, y ella respondió sin retroceder. Todo lo contrario. Se presionó más contra mí.
Un gemido bajo escapó de su garganta.
Y eso casi me hace perder la razón.
Bajé mis manos con firmeza hasta sus caderas, apretando, sintiendo la curva perfecta bajo mis dedos.
—¿Siempre eres tan atrevido? —jadeó contra mis labios, con la respiración desordenada.
—No has visto nada todavía —murmuré, deslizando mis labios hacia su mandíbula.
—Jonathan…
—Dime que pare.
No lo hizo.
Sus uñas se clavaron ligeramente en mi cuello.
—Estamos en un mirador —susurró, aunque su voz estaba cargada de algo muy distinto al miedo.
—Entonces será nuestro mirador.
La levanté ligeramente, lo suficiente para que sus piernas buscaran instintivamente mis caderas antes de que ella misma pareciera darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Estás loco.
—Por ti.
La dejé de nuevo en el suelo, pero no me alejé. Mi frente rozó la suya.
—Viniste porque querías esto —dije en voz baja.
—Vine porque no dejo de pensarte.
Esa confesión me atravesó más fuerte que cualquier provocación.
—Dilo otra vez.
—No.
Sonreí.
—Cobarde.
Ella me empujó suavemente el pecho.
—No me provoques.
—Me encanta provocarte.
Mis dedos recorrieron lentamente la línea de su espalda, bajando hasta el inicio de su cintura. Sentí cómo su respiración cambiaba con cada centímetro que avanzaba.
—No sabes lo difícil que fue no escribirte toda la noche —admitió de pronto.
—Podrías haberlo hecho.
—Si lo hacía, habría venido antes.
La miré fijo.
—Y si hubieras venido antes… no te habría dejado ir.
Su mirada se oscureció.
—No me gusta cuando hablas así.
—¿Por qué?
—Porque me haces querer cosas que no debería querer.
Mi mano subió lentamente hasta su cuello, acariciando con el pulgar la piel sensible justo debajo de su oreja.
—Entonces no pienses en lo que deberías —susurré—. Piensa en lo que quieres ahora.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
—Quiero que me beses otra vez.
No esperé más.
La besé con menos control que antes. Con hambre real. Con deseo acumulado. Con esa mezcla peligrosa de querer dominar y al mismo tiempo perderme en ella.
Ella respondió igual de intensa.
Sus manos bajaron por mi torso, firmes, seguras, explorando sin timidez.
—Me vuelves imprudente —murmuró entre besos.
—Eso es lo mejor de ti.
—Si alguien nos ve…
—Que miren.
Sus ojos brillaron.
—Te encanta el riesgo.
—Me encanta verte ceder.
Su respiración se cortó un segundo.
—No estoy cediendo.
—No —dije, rozando sus labios con los míos—. Estás eligiendo.
Y esa palabra la hizo estremecerse.
Sus dedos se aferraron a mi camisa, acercándome otra vez, sin espacio, sin distancia, como si el mundo alrededor hubiera desaparecido.
El viento soplaba, la ciudad brillaba a lo lejos, pero nada existía fuera de ese punto exacto donde su cuerpo y el mío se encontraban.
Y en su mirada ya no había duda.
Había fuego.
Y yo estaba listo para arder con ella.
La arrastré hacia la parte trasera de la camioneta. El espacio era reducido, oscuro, perfecto para el pecado. El vestido se deslizó de sus hombros como una invitación al caos. Cuando su piel quedó expuesta, blanca y radiante bajo la luz tenue, perdí el poco juicio que me quedaba. La empujé contra el asiento, abriendo sus piernas de par en par para situarme entre ellas.
—Mírame —le ordené, mi voz rompiéndose por la tensión—. Mira cómo me tienes.
Me deshice de mi cinturón con una mano mientras con la otra recorría su muslo, subiendo hasta que mis dedos se hundieron en su humedad. Estaba empapada, ardiendo. Introduje dos dedos de golpe, hundiéndolos profundamente, y Victoria arqueó la espalda, soltando un grito que rebotó en los cristales de la camioneta.
—¡Dios, Jonathan! ¡Más... dame más! —suplicó, con los ojos nublados por el placer.
—Pídemelo bien, nena—mascullé, aumentando el ritmo de mis dedos, frotando su clítoris con una presión implacable mientras mi pulgar jugaba con su entrada—. Dime qué es lo que quieres que te haga.
—¡Quiero que me hagas tuya, hazme tuya! —gritó, clavando sus uñas en mis hombros, rompiéndome la piel.
No esperé más. Saqué mi miembro, rígido y palpitante, y me posicioné en su entrada. La miré fijo a los ojos, disfrutando de su vulnerabilidad, y me hundí en ella de una sola estocada, violenta y total. El sonido de nuestra carne chocando fue como un disparo. Victoria soltó un alarido de puro éxtasis, sus paredes vaginales estrujándome, dándome la bienvenida a su centro de una forma que casi me hace correrme al instante.
Empecé a embestirla con una fuerza bruta, rítmica, animal. Cada vez que mis caderas golpeaban las suyas, el coche se balanceaba. No había delicadeza aquí, solo hambre. La tomé del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello, donde empecé a dejar marcas, succionando su piel hasta que supe que mañana tendría que ocultarlas.
—¡Eres mía! —le rugí, acelerando el ritmo hasta que mis movimientos se volvieron frenéticos—. ¡Dime de quién eres!
—¡Tuya! ¡Soy tuya, Jonathan! ¡Más fuerte! —chillaba ella, fuera de sí, con la cara empapada de sudor y placer.
El morbo de tenerla así, entregada, gimiendo mi nombre como si fuera un dios, me llevó al límite. Mis embestidas se volvieron más cortas, más rápidas, buscando el punto exacto donde ella se deshacía. La sentí colapsar; sus músculos internos empezaron a espasmarse alrededor de mí en una succión eléctrica que me drenó el alma.
—¡Ahora, Victoria! ¡Vente conmigo! —exclamé mientras sentía mi propio orgasmo estallar desde la base de mi columna.
Me corrí dentro de ella con una fuerza que me dejó sin aliento, llenándola, marcando mi propiedad en lo más profundo de su ser. Mis pulmones ardían y mi corazón martilleaba contra mis costillas como si quisiera escapar. Me desplomé sobre ella, aspirando el olor a sexo, sudor y perfume caro que llenaba el habitáculo.
Victoria me rodeó con sus piernas, todavía temblando, aferrándose a mí como si fuera su único anclaje al mundo. Le aparté el pelo húmedo de la frente y la besé con una mezcla de triunfo y deseo renovado.
— Eres... increíble —Digo, mientras la abrazaba, y la respuesta vino en un suspiro profundo, un "tú también" que sellaba lo que habíamos compartido: un deseo salvaje, un placer carnal, un fuego que nos consumiría cada vez que estuviéramos juntos.
—Te dije que no te detendrías —susurró con la voz rota.
—Y esto es solo el principio —le respondí, sintiendo cómo, a pesar de haber acabado, mi cuerpo ya empezaba a reaccionar de nuevo ante su tacto—. Prepárate, porque no vamos a salir de esta camioneta en mucho tiempo.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰