Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Entrenamiento de la Heredera
Rose cerró las pesadas cortinas de terciopelo del ala oeste. Necesitaba privacidad absoluta. No confiaba en las cámaras de seguridad de la mansión, sospechando que los técnicos de Viktor aún tenían acceso a los servidores. Bella estaba sentada en el suelo, rodeada de pequeñas esferas de metal que Rose había sacado de un antiguo rodamiento.
—Escúchame, pequeña —dijo Rose, arrodillándose frente a ella con una seriedad que no admitía distracciones—. Esa fuerza que sientes no es un juego. Es como una ley: si no la controlas tú, ella te controlará a ti. Tienes que sentir el metal como si fuera una extensión de tus dedos.
Bella cerró los ojos, concentrándose. Las esferas empezaron a vibrar, elevándose unos centímetros del suelo. Rose observaba con orgullo y pánico. Sabía que John quería supervisar el entrenamiento, pero ella se había negado. John enseñaría a Bella a ser un arma; Rose quería enseñarle a ser una estratega. La rudeza de Rose se filtraba en su pedagogía: no aceptaba un "no puedo" de su hija.
—Más alto, Bella. Con precisión. No dejes que la rabia las mueva, usa tu voluntad —ordenó Rose.
De repente, una de las esferas salió disparada hacia un jarrón de la dinastía Ming, pulverizándolo. Rose no se inmutó.
—Inténtalo de nuevo. Hasta que no rompas nada que no quieras romper, no saldremos de aquí.
Mientras tanto, en su oficina, Rose había empezado a notar irregularidades en los informes trimestrales de Blake Industries. Como abogada corporativa, su ojo estaba entrenado para detectar "dinero fantasma". Viktor, en su papel de tesorero histórico de la Estirpe, estaba desviando activos hacia empresas fantasma en paraísos fiscales. No era un robo común; era un sabotaje financiero diseñado para dejar a John sin liquidez operativa justo cuando los clanes enemigos de la mafia empezaban a movilizarse en las fronteras de sus territorios.
—Ese maldito —susurró Rose frente a la pantalla de su laptop—. Está vaciando las cuentas de seguridad para que los guardias no reciban sus pagos. Está comprando su lealtad con el dinero de John.
La puerta se abrió y John Blake entró con su habitual zancada de un metro noventa. Su presencia llenaba la habitación, pero Rose no levantó la vista de sus hojas de cálculo.
—¿Qué has descubierto, Protectora? —preguntó John, apoyando sus manos sobre el escritorio, inclinándose hacia ella.
—Tu segundo al mando te está dejando en la calle, John —respondió Rose con una frialdad cortante—. Viktor ha movido casi doscientos millones de dólares en las últimas cuarenta y ocho horas. Está financiando algo grande. Y por lo que veo en estos registros de importación, ha estado comprando armamento de grado militar. No para la Estirpe, sino para mercenarios externos.
John apretó los puños, y Rose escuchó cómo el cuero de sus guantes crujía.
—Viktor cree que puede usar la codicia humana contra mí. No entiende que el poder no reside en el dinero, sino en el miedo que infundes.
—El miedo no paga las nóminas de tus soldados, Blake —replicó Rose, levantándose para quedar cara a cara con él. El contraste entre su calidez humana y la gélida aura de John era una chispa constante—. Si permites que este sabotaje continúe, para cuando Viktor dé su golpe de estado, tú serás un Rey sin ejército.
John la miró, y por un segundo, la admiración superó a la furia en sus ojos carmesí.
—Tienes razón. Por eso eres mi Protectora. Necesito que rastrees ese dinero y lo bloquees. Usa cualquier vacío legal, cualquier contacto en el Tesoro... haz lo que mejor sabes hacer: destruirlo en un estrado o en una oficina.
—Lo haré —dijo Rose, dando un paso hacia él, su rudeza transformándose en una advertencia—. Pero a cambio, quiero que me des acceso total a la "Bóveda de Sangre". Necesito saber qué hay realmente en el ADN de Bella. No confío en lo que me has dicho hasta ahora. Siento que me ocultas la mitad de la profecía.
John se tensó. La Bóveda de Sangre contenía los registros prohibidos de los Primeros Nacidos.
—Es peligroso, Rose. Hay verdades que una mente humana no puede digerir sin quebrarse.
—Soy la mujer que parió a tu hija y que te sacó de la cárcel, John. Mi mente es lo más fuerte que hay en esta casa —sentenció Rose.
Esa noche, mientras John salía a la ciudad para "negociar" con los capos de la mafia que aún le eran leales, Rose se quedó sola en la biblioteca, rastreando los hilos de Viktor. Sin embargo, no sabía que desde las sombras del pasillo, un par de ojos la observaban. Era uno de los informantes de Viktor, que ya había reportado que la humana estaba husmeando en las cuentas.
La orden de Viktor fue clara: "Si la abogada encuentra el rastro, asegúrense de que no llegue al amanecer. Pero traigan a la niña viva. Ella es la clave para la Prueba de Pureza"