Aurora lo perdió todo en una sola noche. Cinco años después, vuelve con cinco razones para no volver a rendirse.
La víspera de su compromiso, Aurora encuentra a su prometido en la cama con su propia hermana. Y sus padres, en vez de consolarla, eligen quedarse del lado de la hija «perfecta». Sin casa, sin familia y con el corazón hecho pedazos, acaba en un bar… y en los brazos de un desconocido: João Pedro de Andrade, uno de los hombres más ricos del país, frío, reservado y drogado sin saberlo.
Por la mañana, ella se marcha. Él despierta sin poder recordar su rostro.
Cinco años después, Aurora ya no es la joven que salió llorando de aquella casa. Es la dueña de una marca de joyas que se abre paso en el mercado y la madre de cinco pequeños genios: uno hackea computadoras, otro descubre malas inversiones en minutos, dos diseñan joyas y todos tienen más iniciativa que muchos adultos.
Hasta que el destino los pone frente a frente. João Pedro no deja de preguntarse por qué esa mujer le resulta tan familiar… y por qué esos cinco niños lo miran como si ya lo conocieran.
Entre secretos que creía enterrados, una hermana que no se resigna a perder y un pasado que vuelve a tocar su puerta, Aurora tendrá que decidir en quién confiar. Porque hay verdades que no se pueden esconder para siempre.
Traición, maternidad, lujo y un amor que empezó de la forma menos esperada.
Porque Aurora no volvió para pedir perdón. Volvió para demostrar quién es.
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Capítulo 3 — La noche que lo cambiaría todo
Aurora no sabía exactamente cuántas horas llevaba en ese bar.
El reloj del celular marcaba casi la medianoche, pero a ella le parecía que el tiempo se había detenido desde el momento en que abrió la puerta del cuarto de Lucas. La imagen de Lucas con Emilia seguía frente a sus ojos.
Se llevó el vaso a los labios otra vez.
—Otro —le pidió al mesero.
—Señorita, creo que ya tomó suficiente.
Aurora soltó una risa triste.
—Yo también lo creo.
Aun así, cuando él le puso la bebida enfrente, se tomó otro trago.
El celular vibraba sin parar. Mensajes de su madre. De su padre. De Emilia. Hasta de Lucas. No quería leer ninguno, hasta que una notificación apareció en la pantalla.
Lucas: «Tienes que entender que Emilia y yo estamos juntos.»
Aurora se quedó mirando esas palabras. Luego borró el mensaje.
—Se acabó —susurró.
No iba a llorar más por él. Esa noche no.
Se puso de pie, pero sintió que todo le daba vueltas y tuvo que apoyar una mano en la mesa.
—¿Se encuentra bien?
—Sí.
No era cierto, pero no quería admitirlo.
Pagó la cuenta y salió del bar.
Al otro lado de la calle había un auto negro estacionado. Dentro, en el asiento trasero, un hombre seguía sentado: João Pedro de Andrade.
Pasaba de los treinta y era conocido como uno de los empresarios más poderosos del país. Frío. Controlador. Intocable. Acostumbrado a analizarlo todo antes de tomar una decisión.
Pero esa noche algo andaba mal. La cabeza le pesaba y la vista se le nublaba. Horas antes había estado en una reunión y después se había tomado una copa que le ofreció alguien en quien confiaba. Poco después empezó a sentirse raro.
—Señor, ¿lo llevamos a casa? —preguntó el chofer.
João Pedro cerró los ojos.
—Sí.
Pero antes de que el auto arrancara, abrió la puerta. Necesitaba respirar.
Fue entonces cuando vio a Aurora cruzando la calle. Caminaba sin rumbo. Tropezó, y João Pedro la sujetó del brazo antes de que cayera.
—¿Estás bien?
Aurora levantó la vista.
—No.
La respuesta fue tan sincera que él se quedó callado.
—¿Necesitas ayuda?
Ella miró a aquel desconocido.
—Todo el mundo dice que va a ayudar.
—Yo no soy todo el mundo.
Aurora soltó una risa débil.
—Hoy descubrí que no puedo confiar en nadie.
João Pedro le observó el rostro. Había tristeza en los ojos de esa mujer, una tristeza que él conocía.
—Entonces no confíes en mí —contestó—. Solo acepta la ayuda.
Aurora no supo por qué esas palabras la hicieron bajar la guardia. Tal vez porque, por primera vez esa noche, alguien no intentaba convencerla de nada.
—No tengo adónde ir.
João Pedro dudó. Él mismo no se sentía bien.
—Vámonos de aquí.
Aurora subió al auto. Durante el trayecto casi no hablaron. Ella miraba por la ventanilla mientras las lágrimas le corrían en silencio por la cara. João Pedro veía cómo la ciudad se perdía tras el cristal.
—¿Cómo te llamas?
Aurora tardó en responder.
—Aurora.
—Aurora…
Repitió el nombre despacio.
Ella lo miró.
—¿Y tú?
João Pedro abrió la boca, pero en ese instante la cabeza empezó a dolerle con violencia. Se llevó la mano a la frente.
—João Pedro.
Aurora notó que tampoco él estaba bien.
—¿Estás enfermo?
—No sé.
El chofer los miró por el retrovisor.
—Señor João, tenemos que ir al hospital.
—No.
João Pedro cerró los ojos.
—Llévame a mi casa.
Aurora vio que estaba cada vez más confundido.
—¿Tomaste algo?
—No sé.
Le sujetó el brazo.
—¿João Pedro?
Él no respondió.
Unos minutos después, el auto llegó a una lujosa residencia. João Pedro bajó con dificultad y Aurora trató de ayudarlo.
—Necesitas un médico.
—Después.
Caminó unos pasos y se detuvo.
—No puedo pensar bien.
Aurora se preocupó.
—Entonces me voy.
João Pedro le tomó la mano.
—No.
Ella lo miró.
—¿Por qué?
Él no supo qué responder. Tal vez porque, en ese momento, aquella desconocida era lo único que le parecía real.
Aurora tampoco sabía por qué no se fue. Quizá porque estaba demasiado rota para volver a ningún lugar.
Esa noche, dos personas rotas acabaron encontrando refugio una en la otra. Y ninguno de los dos imaginaba que aquella noche tendría consecuencias para el resto de sus vidas.
A la mañana siguiente, Aurora se marcharía sin dejar dirección. João Pedro despertaría sin recordar casi nada: ni el nombre de ella, ni con exactitud lo que había pasado. Y, sobre todo, no podría recordar el rostro de la mujer que le cambiaría la vida.
Cinco años después, sin embargo, seguiría buscando a aquella desconocida, sin imaginar que ella volvería a su vida acompañada de cinco niños.