Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°16
Pasaron un par de días desde la llegada de Isabella a la gran mansión. Aunque al principio todo le parecía enorme y desconocido, poco a poco comenzó a acostumbrarse. Ya no se perdía entre los pasillos y las habitaciones gigantes; ya no se sentía tan sola. Las sirvientas la saludaban cada mañana con sonrisas cálidas, y ella comenzaba a reconocer sus nombres y sus voces.
Pero lo que más le daba tranquilidad era la presencia del señor León.
Él no era como los adultos que había conocido antes. Aunque tenía una mirada seria, sus gestos con Isabella eran siempre amables y atentos. A veces se agachaba para hablarle a su altura, otras le acomodaba el abrigo sin decir nada, y siempre le preguntaba si había comido, si estaba cansada o si quería jugar un rato. No hablaba mucho, pero su silencio nunca era incómodo. Era un silencio que cuidaba.
Una mañana, mientras Isabella jugaba en la sala principal con unos bloques de madera que le habían traído, entró una mujer con rostro preocupado. Se acercó a León y le susurró algo al oído. El hombre frunció el ceño con seriedad.
—¿Qué pasa? —preguntó Isabella con voz curiosa, dejando caer uno de los bloques.
León la miró un momento, como dudando.
—Tengo que ir a trabajar —dijo finalmente—. Es algo importante... urgente.
Isabella bajó la mirada, pensó que la dejarían con alguna niñera o que la volverían a llevar al orfanato, pero entonces escuchó lo que menos esperaba:
—Vendrás conmigo.
—¿Con usted? —preguntó con sorpresa.
—No puedo dejarte sola —respondió con firmeza—. Pero necesito que te portes bien, ¿sí? No puedes hablar con nadie que no te presente yo. ¿Entendido?
Isabella asintió sin pensarlo. No importaba a dónde fueran, mientras no la dejaran atrás.
León se inclinó y le acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Buena chica —dijo suavemente—. Anda, ponte tu abrigo.
Ella salió corriendo en busca del abrigo que le habían dejado colgado en el perchero. No sabía a dónde iban ni por qué parecía tan serio el señor León, pero por alguna razón, sentía que a su lado estaba segura.
Y sin saberlo, ese día sería el primero en que Isabella vería, con sus propios ojos, un poco del mundo oculto al que pertenecía aquel hombre que, sin quererlo, se estaba convirtiendo en su refugio.
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El auto avanzaba por la carretera silenciosa mientras Isabella miraba por la ventana, fascinada con todo lo que pasaba frente a sus ojos. Era la primera vez que salía con el señor León, y aunque no sabía exactamente a dónde iban, estaba emocionada. Cada tanto, él la miraba de reojo desde el asiento del conductor, asegurándose de que estuviera bien abrochada y cómoda.
—¿Vamos muy lejos? —preguntó ella, rompiendo el silencio.
—No tanto —respondió León sin apartar la vista del camino—. Pero si tienes sueño, puedes dormir un rato.
—No quiero dormirme. Quiero ver todo —dijo con una sonrisa.
León asintió, y por un momento, se permitió una leve sonrisa también. Pero esa paz no duró mucho.
De repente, sin previo aviso, el auto frenó bruscamente con un chirrido seco. El cinturón de Isabella la detuvo con firmeza contra el respaldo, y sus ojos se abrieron como platos. Afuera, no se veía mucho. La carretera estaba rodeada de árboles, y la neblina comenzaba a cubrir el asfalto como una sábana delgada.
—¿Qué pasó? —preguntó Isa con el corazón latiéndole rápido.
León no respondió de inmediato. Su mirada se endureció, y llevó la mano lentamente hacia el interior de su abrigo, donde escondía algo. Se inclinó hacia Isabella, sin rastro de pánico, solo alerta.
—No te muevas, ¿entendido? Pase lo que pase, quédate en el auto —dijo con voz baja pero firme.
Isabella asintió, tragando saliva. Sentía cómo el ambiente cambiaba, como si el aire se volviera más pesado.
León abrió la puerta del auto con lentitud, bajó y cerró detrás de él. El silencio afuera era tan denso que Isabella podía oír el crujido de las hojas secas bajo sus zapatos. Se quedó quieta, como le había dicho. No entendía qué estaba pasando… pero supo, por instinto, que no era nada bueno.
Su respiración se volvió suave. Atenta. Y desde la ventana, lo buscó con la mirada… pero ya no lo veía.
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El señor León volvió al auto pocos minutos después. Isabella, aunque sentía miedo, también estaba llena de curiosidad. Lo observó con atención desde su asiento: no tenía manchas, ni golpes, ni siquiera estaba despeinado. Era como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué pasó? —preguntó ella con voz bajita.
—No era nada, linda. Ahora volveremos al camino —respondió León, sin quitar la alerta de su mirada.
Isabella no preguntó más, pero su instinto le decía que algo sí había pasado.
Cuando llegaron a destino, Isabella vio a dos hombres vestidos completamente de negro, con gafas oscuras y algo en las manos que le resultaba vagamente familiar. No recordaba qué era, pero sabía que lo había visto antes, en algún libro o quizá en la televisión del orfanato.
—Buenas tardes, jefe —dijeron ambos hombres al unísono, con respeto.
León solo asintió y continuó caminando. Entonces se detuvo un momento y, volviéndose hacia Isabella, le dijo con tono muy serio:
—Isabella, quiero que estés cerca de mí. ¿De acuerdo?
Ella obedeció sin decir palabra, caminando a su lado, pero sin dejar de mirar a su alrededor con atención. Observaba cada rincón, cada gesto, cada objeto extraño que pasaba por su vista. Era una niña, sí, pero una muy despierta. León se dio cuenta, pero no dijo nada… al menos por ahora.
De pronto, un grupo de hombres se acercó apresuradamente.
—Señor León, tenemos una urgencia —dijo uno de ellos.
León los miró con frialdad.
—Hablen.
—Señor… hay una niña aquí. Tal vez deberíamos dejarla con a—.
No alcanzó a terminar la frase. León lo interrumpió de inmediato:
—La niña se queda conmigo. Y punto.
Isabella no reaccionó. Solo siguió caminando, callada, atenta. Sus ojos lo registraban todo.
—Bueno, señor… encontramos a un intruso. Lo tenemos aquí —dijo con seriedad uno de los hombres.
—Vamos —ordenó León.
Caminaron por un pasillo largo, silencioso, lleno de personas vestidas de negro. Había muchas puertas, salas con ventanas oscuras y vigilantes en cada esquina.
Isabella caminaba junto a León, pero no podía evitar mirar lo que llevaban algunos hombres. Al ver un objeto metálico, alargado y brillante en manos de uno de ellos, preguntó inocentemente:
—Señor León… ¿para qué son esas cosas que llevan ellos? —dijo, señalando una pistola.
—Eh… Isa… —León dudó un segundo, nervioso.
Pero antes de poder evitarlo, Isabella estiró su mano y tomó una de las armas del cinturón de un hombre que pasaba junto a ellos.
—¡Isa, baja eso ahora! ¿Sí? Déjalo en el suelo —dijo León con tono urgente, temiendo que ninguna de las armas tuviera el seguro activado.
Isabella miró el arma con calma. Luego, como si lo supiera desde siempre, movió una pequeña pieza con el pulgar.
—Creo que es más seguro así, ¿no, señor? —dijo con naturalidad.
Todos en el pasillo se detuvieron a mirarla. Los hombres de negro, acostumbrados al peligro, no podían disimular su sorpresa. Y León… estaba fascinado.
—¿Cómo sabías eso? —preguntó, intrigado.
—Mi papá no tenía tiempo para jugar… así que yo leía muchos libros. Me encantaban estas cosas. No sé cómo se llaman, solo sé esto… lo del seguro, y nada más —respondió con un dejo de tristeza—. ¿Usted sabe usar una? —añadió, de repente entusiasmada.
León asintió, todavía procesando lo que había visto.
—¿Me enseña? No quiero tener una propia… solo quiero saber cómo se usan… por favor —dijo, insistente, con los ojos brillando de emoción infantil.
Antes de que León pudiera responder, llegaron frente a una gran puerta metálica. Uno de los hombres se adelantó y la abrió.
—Isabella —dijo León, arrodillándose para quedar a su altura—. Quédate aquí, justo en este lugar. No te muevas, no hables con nadie, ¿sí?
—¿No puedo mirar?
—No —respondió él con firmeza—. Ya has visto suficiente por hoy.
Isabella asintió en silencio. León la miró una última vez y entró en la sala. Las puertas se cerraron tras él, y el pasillo volvió a quedar en silencio… aunque, dentro de la cabeza de Isabella, todo seguía siendo un torbellino de preguntas.
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